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En tormentosa sesión del INE chocan partidos y consejeros
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Astillero: Película ya vista

Astillero, Pacto por México

A rranca la temporada de teatro en los foros del Instituto Nacional Electoral (antes, Instituto del Fraude Electoral, ahora estrenando marquesina) con la garbosa salida de escenario de siete partidos políticos artística y temporalmente indignados por las marrullerías de los villanos amancebados, el rico hacendado PRI, la pérfida y ambiciosa cabaretera de cine apellidada Verde y la recién recuperada amante de segunda mesa conocida como Lady Panal.

El septeto circunstancial produjo el primer momento de suspenso en esta serie, que terminará en junio (aunque podrían agregarse episodios, según se vea la respuesta del respetable y de los patrocinadores), en protesta por el ostentoso desdén de los capataces electorales (miembros de la banda de Los consejeros) a la apasionada pretensión de Los Siete de que el imperioso hacendado de apellidos Revolucionario Institucional deje de manejar a su contentillo la tienda de raya electoral y que sosiegue a sus caballerangos dedicados a promover al patrón y a sus amigotes (en un desplegado, el heptágono que tiene a la cabeza a Chuchos y Maderos denuncia algo tan sabido que incluso éstos, los directivos del sol azteca y el blanquiazul, participaron en su diseño: la existencia de un bloque de consejeros que favorece al PRI-gobierno, con sus cuotas a los “opositores”. Eso sí, en ensoñación telenovelera, hacen votos, ejem, porque el INE regrese a sus “principios rectores”, signifique esto lo que signifique).

Luego de dos horas de parlamentos, los tramposos personajes autodenominados Los consejeros decidieron sacar del orden del día y dejar para más delante la decisión que ya parecía enfilarse a cierto tipo de arreglos para frenar el uso del dineral, los programas y los recursos en general de los gobernantes (segmento éste bajo amplio dominio del antedicho cacique PRI) y la imparcialidad de los funcionarios en los procesos electorales (se aceptan risas grabadas en estos momentos, aunque no todas provengan de la especialista en doblajes, Chayo Dobles). Dignos e indignados, los siete actores secundarios se levantaron de la mesa (más específicamente, de sus asientos frente a la gran mesa de sesiones) y dejaron en solitario al trío de las maldades (PRI, PVEM y Panal) y sus consejeros desalmados.

La disidente rutina efectista no altera la narrativa institucionalizada ni el final previsto (estos desplantes equivalen a las tomas de tribuna en las cámaras legislativas y a otros recursos visuales que de tanto repetirse infructuosamente acaban en planos chuscos). El productor de la obra, la joven promesa del espectáculo llamada Lorenzo Córdova, no cedió al ausentismo, reanudó la función con los presentes e incluso advirtió a los faltistas que no se está en el INE en un salón de té del siglo XIX. Faltó decir al aromático consejero presidente Córdova que en el bravío Tea RoomInn(e) del México peñista de la corrupción y la violencia se puede dar tranquilamente gato por liebre y tisana o infusión de cualquier tipo por té, sea éste negro, verde o blanco y venga en bolsita, hebras u hoja suelta (la etapa superior del revolucionario de Starbucks es el serlo de Teavana). Los scones, crumpets, pastas o galletitas para acompañar la elegante bebida comicial servida en porcelana presupuestal pueden ser marca Sedesol y venir electoralmente etiquetadas como Cruzada contra el Hambre o disfrazadas de televisiones digitales contra apagones tecnológicos o elegantemente convertidas en tarjetas de plástico compradoras de votos al contado o a varios sexenios de plazo.

Pero a fin de cuentas, se está frente a una película ya vista y vuelta a ver (el INE como Blockbuster en decadencia, ni siquiera como Netflix). Los poderosos se imponen, la oposición en conjunto se opone, luego se divide (en el muy gallardo grupo de ayer de Los Siete iban el PAN y el PRD, afamados especialistas en las fintas obstructoras para negociar juntos o por separado lo que a sus camarillas directivas convenga, con entendimientos postreros a gusto y conveniencia del tricolor dominante y dadivoso, pactista engolosinado) y al final la imposición original acaba consumándose con mucha inversión, con uso abundante de recursos públicos y dinero oscuro proveniente de nadie-sabe-todos-saben de dónde, costos políticos marginales y mucho escándalo a cargo de los actores de reparto, lo que ayuda al público a albergar la esperanza de que las siguientes temporadas de esa farándula aceptada serán mejores e incluso podrían ofrecer algunos desenlaces menos previsibles. Y votaron felices.

Un ejemplo apabullante de esos finales anunciados (el elefante en la sala al que nadie ve o quiere ver) está en las pantallas de los cines mexicanos antes de que comience la exhibición de la película por la cual el público paga su nada barata entrada, compra acompañamientos gastronómicos a precios totalmente desproporcionados y es obligado a ver comerciales que incrementan la riqueza de los exhibidores (la familia Ramírez en primer lugar, como dueños del imperio Cinépolis), entre ellos los de absoluto cinismo en cines que asesta el negocio de las cuatro mentiras (ni partido, ni verde, ni ecologista, ni de México) con cápsulas mentirosas en las que se da por cambiada la realidad del país a partir de que el PVEM consiguió ciertos arreglos de la letra legal que no pasan de allí, cómplices y beneficiarios, esos anunciantes ofensivos, de la contaminación de empresas a las que promueven y chantajean, cirqueros políticos con fauna reciclada, promotores de muerte pero no de justicia, ahora empecinados en “presumir” sobre vales de medicinas cuando justamente los principales dueños de esa falacia partidista tienen relaciones familiares y de negocios con ese rubro de los medicamentos, en notable primer lugar con el doctor Simi y sus maquilas de calidad rebajada. Ésa es la realidad electoral mexicana: restregar a los ciudadanos su pasividad frente a cineminutos por los que en todo caso se pagarán multas infinitamente menores a la ganancia electoral recibida. Violar leyes, arrollar con dinero: cinismo y no sólo en cines. ¡Hasta mañana!

Julio Hernández López
Julio Hernández López
Autor de la columna Astillero, en La Jornada; director de La Jornada San Luis.