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Astillero: Syriza, Podemos, México

Astillero, Pacto por México

E l triunfo de Syriza, ayer en Grecia, y las notables expectativas de Podemos, en España, colocan bajo la lupa el papel en México de los partidos y las elecciones como mecanismo de corrección de las desviaciones institucionales graves.

A diferencia de lo que ha sucedido en varios países latinoamericanos, sobre todo en su cono sur, y de lo que hoy sucede en los europeos mencionados en el párrafo anterior, el diseño del sistema político mexicano alienta pocas esperanzas sensatas de mejoría de los asuntos públicos por la vía del voto y su conteo.

En el plano estructural, ese sistema político inhibe calculadamente la auténtica participación ciudadana y mantiene a las cúpulas partidistas como garantes de una continuidad con pretensiones de eternidad que reserva a la clase política los sitiales definitorios y convierte los ciclos electorales en protocolo insulso. La legalidad electoral, elaborada por la misma clase política a través de su vertiente legislativa, sirve para mantener las cosas tal cual, con innovaciones menores y tramposas, como, por dar dos ejemplos, las consultas populares luego no autorizadas y las candidaturas ciudadanas llenas de candados que las hacen inviables.

En ese callejón institucional sin salidas para el descontento popular, el PRI y el partido de las cuatro mentiras, el Verde Ecologista de México, tienen la mesa servida para alzarse en junio próximo con otro triunfo aritmético fundado en el uso y abuso de dinero público y privado, a pesar de los pésimos resultados de la gestión del priísmo, con el no entendedor Peña Nieto como emblema de la ineficacia y la corrupción, y a pesar de las abundantes muestras de corrupción y condición palera del autodenominado PVEM. Aun con Ayotzinapa, Tlatlaya, la Casa Blanca, el tren chino, la casa de Ixtapan de la Sal, más lo que se acumule en estos días, el PRI (con sus aliados a remolque, los verdes y el Panal desgordillizado) está en condiciones estructurales de conservar e incluso tal vez incrementar la mayoría en San Lázaro, mantener la gran mayoría de las gubernaturas en juego y poner pie firme en el DF.

Para enfrentar al priísmo no hay opciones vigorosas. El otro partido que ha ocupado la Presidencia de la República, el de Acción Nacional, se mueve entre la recolección de migaja pactista con un Gustavo Madero adherente de Los Pinos y el despecho del calderonismo que ha visto a Margarita Zavala ser desdeñada y a Felipe el funerario amagar con la creación de su propia plataforma partidista. En el flanco izquierdo los votos se van a dividir entre un PRD donde chuchos y amalios dan espectáculo de decadencia voraz, y Morena, donde la imposición de candidaturas únicas le está generando un desgaste prematuro, aunque todo hace suponer que en las urnas tendrá como principal triunfo inmediato el rebasar en cuantía de votos al sol azteca. El PT y Movimiento Ciudadano tampoco significan nada, subrayada por las circunstancias su condición de partidos regionales pero con privilegios nacionales, en busca de alianzas que les permitan conservar los porcentajes mínimos para que el negocio siga adelante.

Pero, más allá de las trampas históricas del PRI y de la insuficiencia de las opciones opositoras, la inviabilidad electoral está sellada en México por la anulación, domesticación o debilitamiento de la conciencia cívica mediante la ostentosa demostración implacable de que, conforme a las reglas vigentes de la contienda electoral, nada trascendente se logrará, convertida la oposición (sus expresiones más o menos genuinas) a la condición final de soporte, voluntario o involuntario, del mismo sistema que una y otra vez aplica los mismos métodos, aunque en cada oportunidad se ensayen variedades de forma, para que se consigan los mismos resultados que son la predominancia de los grupos ya encaramados en el poder y el siempre marginal rejuego convalidador de los opositores.

En ese contexto hay quienes, con preocupación honesta, consideran que expresar en negativo y eficazmente el voto (no anularlo) le hace el juego al PRI, como si durante décadas ese sufragio ejercido positivamente no hubiera tenido el mismo resultado de consolidar esquemas de poder antipopulares, sean a nombre del PRI o del PAN en Los Pinos, como si se hubiera avanzado en algo en aquellas entidades donde la oposición ha ganado, con excepción analizable en detalle del lapso de AMLO en el DF.

Un Instituto Nacional Electoral demostradamente continuador del esquema de fraude al gusto de los poderes, un tribunal electoral también al servicio de las élites (ambos, instituto y tribunal, constituidos a partir de cuotas repartidas entre partidos bucaneros, de tal manera que consejeros y magistrados obedecen a los grupos que al repartirse el pastel los llevaron a sus excesivamente bien pagados puestos), una legalidad evidentemente susceptible de violaciones múltiples (el Verde y sus anuncios en pantallas de cine, Metrobús capitalino, televisión, radio, revistas e Internet, para dar ejemplo de cinismo, mentira y virtual impunidad, pues les resulta más redituable ganar posicionamientos propagandísticos tempranos, aunque luego paguen multas ridículas o reciban amonestaciones fofas), un PRI pertrechado tras solidarismos clientelares y ríos de dinero sucio (tanto el proveniente del saqueo de los erarios como el de poco dudosa procedencia privada) y una oposición incapaz de presentar proyectos novedosos y llamativos, anclada en el reciclaje de sus cuadros cansinos, hacen que Grecia y España, Syriza y Podemos, se vean a una enorme distancia y que hoy sea válido preguntarse en México si tiene sentido el voto, si hay posibilidades reales de cambiar al sistema mediante comicios, si hay lugar para la esperanza cívica en el entramado partidista e institucional actual.

Y, mientras hoy se cumple un mes más sin los 43 estudiantes de Ayotzinapa, entre mentiras institucionales cada vez más irritantes y una protesta social que no cede al paso del tiempo, ¡hasta mañana!

Julio Hernández López
Julio Hernández López
Autor de la columna Astillero, en La Jornada; director de La Jornada San Luis.