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Atención de ocasión

Óscar G. Chávez

M ientras las lluvias atípicas que han afectado a la ciudad durante las últimas semanas ponen de nueva cuenta al Ayuntamiento en evidencia, aunque queda claro que son problemas heredados de anteriores administraciones, otros problemas comienzan también a aquejar a la administración municipal.

Destacan entre éstos la proliferación, y escasa atención, de baches; el incremento de basura en distintos puntos de la ciudad, derivado de una pésima recolección por parte de la empresa que tiene a su cargo la concesión de la misma y por otro la nula operación de los inspectores de aseo público que permiten que los vecinos de cualquier colonia conviertan cualquier espacio en el destinado a acumularla en espera del servicio.

De la misma manera comienza a quedar de manifiesto la incapacidad en materia de reordenamiento de ambulantes; al margen del tiempo, del beneficio de la duda, y del voto de confianza otorgado por los comerciantes establecidos del centro histórico, pareciera que la dirección de Comercio municipal se empeña en postergar las acciones contra los vendedores ambulantes que han invadido y convertido el espacio en tierra de nadie.

De las deudas heredadas; de los laudos laborales perdidos; de las liquidaciones pagadas a algunos miembros de la anterior administración; de la falta de interés para colaborar en las investigaciones encaminadas a sancionar a funcionarios de las administraciones labastidista y garciavaldecista, mejor ni hablar. Problemas que son más que obvios, el gobierno municipal no está en condiciones de abordar, ni dedicar posteriores empeños a su atención.

Pareciera que con la lluvia de declaraciones que el alcalde ha venido haciendo a los medios de comunicación sobre el estado de la administración pública municipal, no busca más que justificar sus no actuares al tiempo que –como siempre– busca a un culpable anterior.

Mario García no fue un dechado de virtudes, cierto, todos sin embargo, sabíamos –y quizá Gallardo con mayor razón– la patética situación del Ayuntamiento; no obstante así decidió Gallardo participar en la rifa del tigre. Inválido que a estas alturas señale una serie de puntos que a manera de agravantes a su antecesor, pudieran funcionar a favor de sus no acciones.

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Dentro de los parámetros de las acciones de los gobiernos municipal y estatal, se acercan dos que prometen ser interesantes en función de la cantidad de ciudadanos que se benefician a partir del funcionamiento de las mismas: la atención a cementerios municipales, por parte del gobierno de la capital, y la rehabilitación de la calzada de Guadalupe –avenida Juárez dirían los furibundos hermanos de compás y escuadra–, según dichos del secretario de Desarrollo Urbano estatal.

Hechos loables, desde luego, pero que desafortunadamente sólo se dan en los momentos del año en que se aproximan las festividades que se desarrollan en los respectivos entornos. El resto del año, y esto puede aplicarse a cualquier espacio público, permanecen en el olvido y a merced de la indiferencia de las autoridades y en constante peligro frente al vandalismo y desapego ciudadano que parte de la idea del estado benefactor obligado a procurarlo en todos los aspectos.

Los panteones municipales de diciembre a octubre se encuentran en el olvido total; miles de seculares tumbas descuidadas y en manos de la delincuencia casi frente a los ojos de los directores de esos espacios; saqueos y vandalismo a monumentos funerarios, ataques y asaltos a dolientes que visitan a sus difuntos, selváticos matorrales, acumulación constante de basura; desaparición de ofrendas florales; aguadores que se han apropiado de criptas y mausoleos para establecer en ellas sus bodegas personales.

Veamos el caso concreto de los mausoleos de la familia Meade y de las religiosas del Sagrado Corazón, anegados siempre por el alto nivel de los mantos freáticos; solo abulia municipal hay frente a ellos. De igual forma se ha permitido que una serie de horrendos adefesios que rayan entre lo carnavalesco, dantesco, grotesco y pintoresco, alternen indiscriminadamente con los monumentos históricos de las antiguas secciones. Ignorancia e imbecilidad a la par por parte de los encargados de los cementerios.

Sin embargo lo importante es que en estas fechas los visitantes encuentren los espacios como deberían estar el resto del año, si no impecables al menos en un margen de orden y limpieza.

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El caso de la calzada de Guadalupe no es muy distinto, aunque ésta se ha convertido en un paseo cotidiano para un sinnúmero de residentes del centro histórico y de los dos barrios contiguos a la mencionada rúa. Aun así el mantenimiento sólo se le proporciona en las cercanías de las festividades guadalupanas.

Los dichos de Leopoldo Stevens me alteran un poco el entendimiento y me hacen pensar en que algunos de los monumentos que se encuentran sobre la calzada pueden correr peligro en caso de ser otorgada la obra a manos equivocadas.

No olvidemos que durante el sexenio de Horacio Sánchez, al realizarse ciertas mejoras a los alrededores del Santuario, algún arquitecto vándalo, limítrofe, y sin ningún respeto por las seculares labras, tuvo la brillante idea de perforar la caja reguladora del flujo de aguas hacia la obra hidráulica de la calzada, para poner en funcionamiento una fuente propia de cualquier pueblo perdido en el altiplano potosino, por su casi inexistente flujo de agua. Orina en mayor cantidad un gorgojo.

La misma caja reguladora, supongo por iniciativa del mismo idiota arquitecto, fue puesta en peligro por el absurdo terraplén adoquinado, que se colocó sobre el arroyo vehicular inmediato a ésta, al menos en tres ocasiones acabaron estampados en ella camiones urbanos y uno que otro vehículo particular.

Ése finalmente es el destino de las obras públicas mal realizadas, que bien pudiéramos asociar con la cuarteta que el vulgo parlero y decidor de la Ciudad de México en el siglo XVIII dedicara a un virrey: Para su eterna memoria levantó el virrey Marquina, una pila en que se orina, y aquí se acaba la historia.  Misma suerte que por atención popular correrá el recuerdo de muchos de nuestros políticos: mingitorios públicos.