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Aura de ‘pornstar’

Luis Ricardo Guerrero Romero

Tannen es el tipo de mujer que pocos hombres anhelan enamorar, sin embargo, hay muy cerca de su casa algo parecido a un vecino ambulante que día tras día la pretende con celo. El muy singular joven de los tamales quien con sugerente elegancia y sensualidad cada mañana al punto de las 8:00 am desnuda un par de tamales al ser observado por la joven Tannen al salir ella de casa.

Toma uno, suavidad al tacto cual pecho adolescente al ser desprendido de su primer bra, encuera ese cuerpo huasteco y deja caer al suelo el hilo que sujetó las prendas verdes aromáticas, caliente sabor a banano. Toma el siguiente, mientras Tannen lo sigue viendo con curiosidad. Se traga en una bocanada todo el olor a tamal calientito, lo coloca esta vez en una cama blanca suave como la nieve y allí en tres, cuatro, cinco movimientos, desprende al tamal de todo su atuendo, sexy traje militar. Toma un cubierto y lo penetra. Lo parte y deja caer sobre éste un espesor blanco, cremoso, lácteo que lubrica el cuerpo del tamal, fetiche del sexo deseado y oculto que el joven tamalero confiesa frente a la casa de Tannen. Ella lo observa con deseos, su mente le sugiere mil ideas asociadas que podrían llevarse a cabo entre el tamal y la parte yerta del tamalero incansable.

La maestra Tannen no puede más y ni todas epanadiplosis, sentencias, comparaciones, antítesis, oxímoron, paradojas, lítotes o gradaciones, pueden ayudarle a darle estructura al ejercicio matinal que el hombre encuerador del tamal logra darle para pensar. Una vez más, otra mañana en la que Tannen ante las sugestivas insinuaciones del chico tamal olvida la metonimia, la imagen o la alegoría; las figuras como las metáforas, paranomasia, parábola, símbolo y sinécdoque quedaron atrás, ante el juego de un tamal desnudo y un tamalero con aura de pornstar.

Es difícil decir que pensamos algo nuevo, algo original, ni las más actuales religiones son originales, siempre hay algo detrás, es decir, ni el joven tamales se escapa de esto, pues de algún lado obtuvo la habilidad para seducir con sus tamales. Pensar en el aura de este febril tamalero puede orillarnos a visualizar un contorno azul y rojo caprichoso que rodean el cuerpo de una persona agitada.

Pero hecho aquí es el aura, y para ello recordemos ese mito heleno que Grimal recupera al decir que, Aura era la veloz mujer de la cual Dionisio se enamoró y que éste al implorar a Afrodita sus favores hiciera que Aura le diera dos hijos, aunque ella nunca lo aceptó, por eso desgarra a sus gemelos y se lanza al mar. Después de esto Zeus la convierte en fuente. De allí que, quien va a la fuente va al origen, a su aura. Aunado a lo anterior distinguimos que el sustantivo aura viene del griego αυρα: soplo, brisa (espíritu). Todos en ese sentido tenemos un aura. En el latín no se ubica la palabra aura como tal, sino más bien, diadema: “Me vestía de justicia, y ella me cubría; como manto y diadema (soplo divino) era mi rectitud”, dice Job: 9,14. (Recordemos la trascripción jerónima).

Ya más en nuestro tiempo aura es un concepto afortunado para la filosofía de Walter Benjamín, es el carácter original de una obra de arte. La cosificación humana, la masificación de la obra, se deslinda del aura; la obra de arte, según su contexto, péndula entre el pastiche y el kitsch, o un fetiche tamal. Aquella mítica aura-fuente es la que da principio, pues emana desde el origen —hic et nunc (aquí y ahora)— la requiere una obra para ser auténtica. A esto del aura le podemos sumar la intención del color en la obra. Asimismo, Vasconcelos en su Estética puntualiza: “los colores no son formas ni esencias, sino arreglos de la sustancia [auras] creados por nuestra sensibilidad […] coincidencias emotivo-físicas de sujeto sensible y objeto radiante”. Apuntamos que el aura es como un ente interpretativo y de significado no anodino. Ni el budismo e hinduismo lo viven de forma sencilla. Por qué el occidental habría de creer que no se debe pensar el aura y su color, como el aura del ansioso tamalero.