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Ausencia terminal

Óscar G. Chávez

A usente es la palabra empleada por oposición a presente; presente, queda claro que no sólo implica el tiempo verbal que transcurre al momento del ejercicio del acto, sino también es el ejercicio de estancia en un espacio determinado.

En esta última acepción el acto presencial implica trascendencia en la medida que el individuo que lo realiza permite ser visto o ejerce lucimiento de su persona. La presencia no sólo queda manifiesta a partir de la referida circunstancia de ocupación espacial, va más allá; la extensión de la persona y su presencia también quedan manifiestas a partir de acciones que sean logradas a nombre de la misma. En este sentido ningunas otorgarán mayor presencia y revestimiento, e incluso proyección que aquellas que sean logradas en aras del bien común.

Santo que no se ve no se venera, señala el popular dicho para aludir a aquellos que por descuido voluntario o involuntario tienden a desaparecer de las escenas públicas en pequeña o gran escalas. Frase que en la mayoría de los casos ha sido aplicada para referirse a aquellos políticos que haciendo mansión en la soledad, por amarguras y frustraciones, salen de la escena pública y experimentan etapas de paulatino retiro.

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Recuerdo inapreciables tiempos en que las reuniones cafeteras eran actividad cotidiana; el permanente interlocutor, amigo de proverbial e inagotable charla, al tiempo que afilaba su quirúrgico sarcasmo lingüístico, miraba con nostalgia el balcón central de Palacio de Gobierno desde el sitial en el que presidía las reuniones en la secular casona habilitada como café al que se dan cita aquellos versados en el arte de la política potosina.

Nadie escapaba a las adulaciones, críticas, vituperios, que como pocos realizaba aquel amigo transfigurado en pitoniso de reporteros y periodistas, gremio al que él mismo pertenecía, en ejercicio de una de sus múltiples facetas, que lo mismo le habían llevado por el arte que por distintos pasillos conventuales mientras buscaba la paz que aunque quizá mucho anhelaba, por la misma naturaleza de su ser le era negada.

Al tiempo que con la diestra trazaba indistintamente, sobre servilletas u hojas de máquina dobladas por la mitad, líneas que acababan en bocetos de crucifijos, esqueletos, floreros, o peces, y con la izquierda acariciaba pausada pero de forma constante, el abultado tórax que ocultaba muy parcialmente bajo la camisa abierta por la inoperancia forzada de cuatro botones contados del cuello hacia abajo, sus ojillos perversos tras la armazón cuadrada de los anteojos se centraban en el mencionado balcón y con sonrisa entre inocente y demoniaca exclamaba: tan fácil que sería que Fernando saliera al balcón y se pusiera a cantar: Barry, Barry, si te vienen a contar cositas malas de mí…

Luego, con aire entre indulgente y pontifical sentenciaba: pobre Fernando, tan bien que pintaba su gobierno, para acabar así, sin venir ya a Palacio; ya se acabó, y se está dejando acabar… pobre.

La pluma continuaba con los barrocos trazos, la mano sobre el pecho en permanentes caricias; carcajadas festivas de los interlocutores ante las anécdotas de tiempos pasados sobre los gobernantes y sus consortes. Un periodista –su viejo y cercano amigo–, de forma acertada lo llamó el último renacentista; último ultrabarroco, diría yo.

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El caótico, catastrófico y casi doblegado por posesión demoniaca, estado que guarda la administración municipal y por consiguiente el Ayuntamiento potosino, se ve incrementado de una manera muy negativa por las ya casi cotidianas ausencias de Mario García Valdez, el promisorio alcalde que pudiendo haber alcanzado las glorias académicas y políticas, entregó el cargo a las obscuras fuerzas del pasado y se doblegó ante las verticales disposiciones del poder central.

El estado que guarda al día de hoy la ciudad no es otra cosa que un reflejo que el que proyecta el ejercicio municipal por completo. No sólo es la figura del alcalde, sino también regidores y directores de áreas que no dieron en ningún momento ni ancho ni largo en el desempeño de sus funciones.

Anarquía, baches, basura, penurias económicas, protestas laborales por retraso en pagos a sus empleados, cancelación de servicios médicos a los mismos, parque vehicular en insufrible estado; palpables asomos de corrupción; espacios enteros secuestrados por el comercio ambulante; acciones en contra y por encima de la ciudadanía; favoritismos a empresarios inmobiliarios; abulia e indiferencia. Resumen de las únicas constantes en este lamentable trienio municipal.

Pareciera que el descalabro sufrido durante la selección del candidato a gobernador, menguó por completo el ánimo del ex rector investido de alcalde. Sin embargo no fue la ahora castigada ciudadanía la que posibilitó su descarte en la contienda de su partido, fue el mismo partido el que decidió la exclusión de esa carta. Disciplina ante todo, recomendarían los priístas de antiguo troquel. Troquel que no conoció Mario García por haber incursionado tarde y en otros tiempos en la política; troquel que a él no aplica, por escoger otro camino para alcanzar sus metas.

Hoy pareciera que nada de lo fijado en un inicio se alcanzó a lograr; hoy pareciera que todo en el Ayuntamiento son penurias y reveses; hoy pareciera que lo único presente en esta corte de los milagros son las desilusiones y las ausencias. En los recuerdos la presencia del ausente: tan bien que pintaba su gobierno, para acabar así, sin venir ya a Palacio; ya se acabó, y se está dejando acabar… pobre.