Rotarán puestos en la Policía Vial para evitar corrupción
12 enero, 2016
¡Acaten la recomendación!
12 enero, 2016

¿Autodefensas en San Luis Potosí?

Óscar G. Chávez

Quizá el artista mexicano que mayor admiración me merece no sólo por la carga simbólica y emotiva contenida en su obra, sino también por su trayectoria como ser humano, apegada siempre a la convicción y apasionamiento que le caracterizaron a lo largo de su vida, es David Alfaro Siquieiros.

No es gratuito, al menos para mí, frente a figuras de estas proporciones desvincularme de los lineamientos de la formación académica que nos sugieren dimensionar desde la óptica de la imparcialidad a este tipo de personajes. Sin embargo, cómo no admirar a un Siqueiros que incorporado a las filas del constitucionalismo combatió al usurpador Huerta y alcanzó el grado de coronel; cómo no ver en lo alto a quien plasmando la esencia de México en grades murales, se ocupó de mostrar al pueblo mexicano la epopeya y alcances de su historia.

Imposible no recordar al Coronelazo Siqueiros, combatiente que en las Brigadas internacionales luchó en los frentes de batalla a favor de  la República española, en contra del fascismo que amenazaba un proyecto de democracia. Tampoco es posible hablar de él sin recordar sus constantes estancias en el penal de Lecumberri, luego de participar activamente en una lucha a favor del sindicalismo y los derechos de los sectores populares. Eran los años de las represiones lópezmateistas.

En octubre de 2014 escribí, en este mismo espacio, sobre la forma en que se llevó a cabo el proceso que culminó con el excarcelamiento del pintor el 13 de julio de 1964. Echo mano de dos de los párrafos de aquel texto:

“Julio Scherer García, el biógrafo y asiduo visitante a su celda, narra fragmentos de la estancia del artista en algunos de sus libros; uniformado con el paño azul oscuro del reglamento y una gorra que empezaba y terminaba en pico […] Vehemente, retador, Siqueiros se burlaba del Presidente de la República… y del Presidente de la Suprema Corte de Justicia […] A los dos los tenía por cobardes. El 19 de abril de 1964 pedía a López Mateos que encuentre la mejor manera que yo pueda reiniciar mi tarea en el menor tiempo posible. El indulto llegó; el artista continuó su obra.

Scherer –joven e idealista– de manera acre y violenta cuestionó su transigencia: le reclamé la traición a su carácter, a un modo imbatible de ser […] Y ahora le pedía indulgencia al poder que despreciaba. […] –Pidió perdón, usted. Don David. […] Usted, don David, sin avisarle a nadie. / –¡Cállese, le digo!/  –Fue un paso en falso. No tenía derecho. / –Usted no resistiría un día en la cárcel. A la hora de estar aquí ya estaría lamiéndole [sic] las botas a los mayores de las crujías. / –O antes de la hora, don David, y no las botas sino los güevos. Pero yo nunca reclamé un pedestal para mí. Usted, sí. Se chingó, don David.

El actuar del viejo pintor era comprensible, deseaba alcanzar la libertad; hubo de claudicar entonces a sus acciones frente al poder, mostró el lado frágil del individuo frente al aislamiento, anhelaba pintar el cielo de un extremo a otro y pintaba pedazos de cielo en una celda como caja de zapatos.

* * * * * *

El motivo del anterior recuento deriva de las críticas que algunos sectores radicales tanto de izquierda como de derecha, han formulado a partir de las declaraciones realizadas por el médico michoacano José Manuel Mireles, líder e impulsor de los modelos de organización ciudadana con fines de seguridad o grupos de policías comunitarias, denominados autodefensas.

En este caso concreto resulta difícil emitir una opinión certera sobre los motivos que llevaron a Mireles a expresar un arrepentimiento por la forma en que malinterpretó la Constitución, por desobediencia civil, por haber faltado al respeto a las instituciones mexicanas, formales y no formales.

Aventurado sería señalar que estos dichos tienen como finalidad el alcanzar un acuerdo con la autoridad federal o la negociación de algún amparo que le permita obtener su libertad, y pese a que Mireles demostró en repetidas ocasiones ser hombre íntegro y de una pieza, debemos considerar que las cárceles mexicanas, y supongo que más las de alta seguridad, doblan a cualquiera.

Pensar en un Mireles encarcelado por interpretar según sus leales saber y entender el tema de la seguridad poblacional reservada de manera exclusiva al estado –por ser el garante de la misma frente a la ciudadanía– pero que de acuerdo a su modelo ha presentado resultados favorables para los residentes de su región, me lleva a pensar la posibilidad de ver tras las rejas a toda esta serie de fraccionadores que alterando las trazas urbanas de las ciudades, construyen espacios amurallados frente a la imposibilidad del estado por garantizar la seguridad de sus ciudadanos.

Ciertamente la justicia no puede tomarse por manos propias, ni las leyes deben ser interpretadas de acuerdo a nuestras necesidades, pero por qué en vez de perseguir y encarcelar a los integrantes de las autodefensas, no normarlas y someterlas a un funcionamiento extra regular, sujeto a la autoridad del estado.

Pensamos en este cómodo entorno del centro de la República que estos sucesos son exclusivos del entorno de tierra caliente, pero volvamos los ojos a lo inmediato, y consideremos que en la zona huasteca el surgimiento de este tipo de modelos organizacionales puede darse de un momento a otro.

El municipio de Tamazunchale es un indicador de los rumbos que, en aquella región, están tomando las cosas en materia de seguridad; los avisos colocados por el consejo [sic] ciudadano de comunidades en los que se señala el cansancio frente a las permanentes tropelías policiacas, son precisos: Ya basta de abusos.

Ese señalamiento es un mensaje más para el gobierno de Carreras, que refuerza los dichos sobre la equivocación de haber encomendado la seguridad a la legión militar tamaulipeca; sin embargo, lo que verdaderamente debería poner en alerta a los responsables de la seguridad interna del estado, es el surgimiento de ese concejo ciudadano de comunidades. Recordemos que los poderes fácticos normalmente logran lo que los formales no, incluido el jaque a las instituciones.