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Bataille o de la amistad, que es libre e infinita

Ma. del Pilar Torres Anguiano

Para Óscar G. Chávez

Cambio 450 amigos de Facebook por uno verdadero. Me encontré esta frase, que me pareció un tanto emo, en una especie de meme haciendo referencia a la paradoja de la amistad en las redes sociales, en las que la dinámica se automatiza y la tecnología se convierte en un medio que aparentemente niega la interpersonalidad, pero permite una comunicación eficaz e inmediata. ¿Eso es amistad?

La polémica en torno a la amistad en las redes sociales viene por la idea de que algunos las consideran una simulación de relaciones personales en donde cada quien recrea otra versión de sí mismo a partir de pedazos de información personal, fotografías retocadas y comentarios sobre lo que hacemos y lo que nos gusta; o más bien, sobre lo que nos gusta que los demás vean de nosotros. Por su naturaleza, las redes fomentan que se expanda nuestro alcance y propician que elevemos el número de amigos y seguidores, solicitando así la aceptación de gente que no conocemos, pero con la cual podemos llegar a entrar en contacto, incluso más que con la familia y amigos reales, haciendo posible lo que para todos los pre-millennials era impensable. La filosofía personalista entiende a la persona como una intersubjetividad dialógica. Habría que preguntarnos si esta condición dialógica está realmente presente en las relaciones de amistad que se establecen en las redes sociales. Después de todo, la técnica no es sino una extensión de la mano humana.

Etimológicamente la palabra amigo viene del latín amicus, y se refiere a un sentimiento de afecto puro, desinteresado y recíproco. En Grecia antigua, la palabra philia comprendía tanto al amor como a la amistad y se refiere a una relación de sociedad entre iguales, fundada en aprecio y confianza mutua. Como todos sabemos, la mujer era considerada inferior, por lo que no era considerada agente del verdadero amor; sin embargo Sócrates, en el Banquete, nos dice que fue de una mujer, Diótima, de quien aprendió los principios más profundos sobre la philia, a través de la belleza poética del mito. En la visión de esta filósofa y sacerdotisa, la philia es un anhelo por la inmortalidad y no es necesariamente algo delicado, sino rudo e, incluso, mezquino por la imperfección humana. Ese sentimiento es hijo de la circunstancia y la necesidad. Además, distingue dos tipos de philia: la física y la espiritual, de las cuales la espiritual da luz a ideas y pensamientos que, de suyo, son inmortales.

En la era del vacío, Gilles Lipovetsky dice que el narcisismo es “la expresión gratuita, la primacía del acto de comunicación sobre la naturaleza de lo comunicado, la indiferencia por los contenidos, la reabsorción lúdica del sentido, la comunicación sin objetivo ni público, el emisor convertido en principal receptor”. Así entienden los críticos a la amistad en tiempos de las redes sociales: como un acto de narcisismo, originado desde la soledad de un smartphone y en donde lo que interesa no es conocer al otro, sino construir una identidad. ¿Qué tipo de comunicación se logra establecer? No es una relación normal pero, después de todo, ¿cuál sí lo es?

Debe concederse que los críticos en algo tienen razón: el hecho de tener un gran número de amigos virtuales no es indicador de amistad verdadera. Pero, por otro lado, pienso que también hace falta desmitificar un poco el concepto de amistad, como algo perfecto eterno e inmutable. Tal vez los amigos no son necesariamente para siempre. Ello sería perfecto, pero la realidad es que las personas pueden ir y venir en nuestras vidas; de hecho, lo hacen. Se puede recuperar o retomar una amistad perdida por el paso del tiempo porque las relaciones crecen, evolucionan y se modifican. En su condición existencial, devienen. Como las personas mismas, cambian.

Recuerdo a mis amigos de la adolescencia, pero el recuerdo de la amistad no es la amistad en sí misma y no podemos esperar que resurja automáticamente con solo volver a verse, hay que alimentarla. Hay que reconocerse, reconquistarse, resignificarse. Sobre todo, tomando en cuenta que ya no somos esos, los que fuimos antes de ser nosotros, diría el poema de Benedetti. Por otra parte, las amistades también pueden terminar por muchas razones. Tampoco es justo echar sobre sus hombros del amigo la carga de: “no me defraudarás nunca”, pues algunas veces actuamos por instinto, sin pensar consecuencias; las prioridades cambian, somos personas libres. Los amigos son dos personas libres que caminan juntos, sólo eso. La amistad es libertad.

Hay un ensayo que se titula “La amistad”, escrito por el filósofo francés Maurice Blanchot, dedicado a la memoria de su amigo, el también filósofo, George Bataille. En ese escrito, Blanchot valora el concepto de amistad, destacando lo lejano que se afirma en la proximidad del amigo. Dice Blanchot que “La amistad, esa relación sin dependencia, sin episodio y en la que, no obstante, cabe toda la sencillez de la vida, pasa por el reconocimiento de la extrañeza común que no nos permite hablar de nuestros amigos, sino sólo hablarles, no hacer de ellos un tema de conversación (o de artículos), sino el movimiento del convenio de que, hablándonos, reservan, incluso en la mayor familiaridad, la distancia infinita, esa separación fundamental a partir de la cual lo que separa, se convierte en relación”.

Blanchot centra la esencia de la relación de amistad en la paradoja de la ausencia, rompiendo con el mito de fundar a la amistad en la univocidad. No. Lo que nos separa, dice, se convierte en relación. Los amigos también son los que están en la lejanía. La amistad es también identidad en la diferencia, choque de contrarios, dialéctica hegeliana. Así entendida, no es un terreno de coincidencias sino algo muy humano a la que se confluye únicamente desde la libertad de una existencia y sus posibilidades múltiples. No es fácil encontrar un verdadero amigo en las redes sociales, pero ciertamente tampoco lo es encontrarlo en la vida de allá afuera.

Algunos se enorgullecen de tener los mismos desde la infancia y otros de hacer nuevos amigos con gran facilidad. Puede surgir de cualquier parte, de cualquier lugar. En la escuela primaria, en un asiento de la sala de espera de urgencias del IMSS, o compartiendo tuits sobre filosofía novohispana. De pronto uno puede encontrarse con que ya éramos amigos y no lo sabíamos. Debemos renunciar a la pretensión de querer conocer totalmente a nuestros amigos. Quiero decir que a los amigos hay que aceptarlos también en la relación con lo desconocido y el alejamiento. Aquello que se ha dado por llamar amistad verdadera, puede ser esa relación sin dependencia y sin cargas en donde, no obstante, cabe toda la sencillez y espontaneidad.

Decía Bataille que en la amistad, que es libre e infinita, no sólo lo que une sino que también,  paradójicamente, lo que separa se convierte en relación. Puede ser que aquello que nos une y al mismo tiempo, lo que nos separa sean toda esa serie de categorías virtuales que construimos en la web. Sea lo que fuere, quiero expresar públicamente mi compromiso de convertirme en esa persona culta, interesante, divertida y cool que mis redes sociales intentan exhibir.

@vasconceliana