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Belleza: libertad y desafío

La belleza es un modo de ser de la verdad”
Martin Heidegger.

Pilar Torres Anguiano

Hace muchos años coincidí en una reunión social con un pintor de gran prestigio. Me emocionaba la idea de conocer a alguien importante, pero no sabía de qué podría yo hablar con él. De manera torpe le hice una pregunta trillada: ¿en qué piensa cuando está pintando? Amablemente, respondió que buscaba la belleza a través de sus creaciones y que para lograrlo la técnica importa, pero lo fundamental es ser libre a la hora de crear. Me gustaban los museos y contemplaba las obras, aunque sin entenderlas. Sospechaba que lo perteneciente a ese mundo, estaba revertido de un halo de misterio que lo hacía intocable; las galerías de arte, museos, salas de conciertos y exposiciones me parecían templos sagrados prácticamente exclusivos para iniciados. Años después, en la universidad, hubo una primera aproximación a la estética, esa rama del árbol de la filosofía dedicada a la esencia y la percepción de la belleza. Así supe que aquello por lo que le pregunté al artista, se conoce como intencionalidad y tiene tantos planteamientos e interrogantes, como artistas y espectadores.

Coincido con quienes sostienen que la intencionalidad de la obra pertenece al artista, quien inicia un proceso de comunicación que el espectador completa. El largo proceso que implica la búsqueda de la belleza es siempre inacabado, por lo que algo de ella permanece oculto. Por ello, a veces la intencionalidad resulta incognoscible, incluso para el propio artista.

Frederich Schiller (1759-1805), en las Cartas sobre la Educación Estética del Hombre, dice que sólo la libertad es el fundamento de lo bello y que la técnica es importante porque sirve para suscitar la representación de la libertad, y en ese sentido, contribuye al encuentro con la belleza. Es decir, la belleza es un asunto eminentemente humano, tanto así que podríamos afirmar que el arte es algo que ni los dioses pueden crear. A la belleza se llega a través de la libertad.

Para Platón, el alma es de origen divino y fue expulsada del mundo de las ideas; está encerrada en un cuerpo del que hay que liberarla. Así, en el ser humano existe una escisión. Una barrera que separa la inmortalidad de su alma de la finitud de su cuerpo. Esta increíble mezcla heterogénea constituye lo humano del hombre y algunas cuestiones, como el arte y el amor, nos recuerdan que, en ese sentido, a Platón nunca se le pudo superar.

Platón se mueve dentro de un esquema, heredado de Pitágoras, en quien algunos autores, como José Vasconcelos, encuentran el verdadero origen de la estética. Poseemos un sentido innato y permanente de la belleza, de la armonía y del ritmo que hay en el cosmos, un a priori estético, le llamaba José Vasconcelos y veía, como los pitagóricos, la esencia de la belleza en el orden, en la medida, en la proporción, en el acorde y en la armonía.

Se dice que Miguel Ángel, el genio renacentista, consideraba que cada bloque de mármol tenía un alma, una obra de arte encerrada en su interior (como el alma en el cuerpo para Platón). Así, oculto en aquel monolito se encontraba el David y la tarea del escultor era liberarlo, quitando los sobrantes, hasta dar con la piel.

Pero más allá de la concepción clásica, el arte también se concibe desde muchas otras maneras: como un juego burgués, como un fin en sí mismo; o incluso, como un elemento decorativo, sin mayores complicaciones. La fenomenología, esa corriente filosófica del siglo XX representada por Edmund Husserl, nos muestra que cuando tocamos un objeto, cambia su significado y se esclarece su sentido, pero siempre hay algo que no se logrará entender, que debe permanecer oculto. Así, la estética juega un papel fundamental para comprender el mundo. Y es que el arte, en la medida que interpreta la realidad, sirve como espejo de la época e incluso como vehículo de denuncia social y de transformación humana.

Si bien es cierto que, para algunos, el de los artistas es sólo un oficio más, todavía hay personas a quienes les gusta (nos gusta) pensar que las musas visitan a los artistas para inspirarlos, y que aunque son sólo hombres o mujeres, en ellos se expresa fielmente la complejidad de la naturaleza humana que es divina y profana al mismo tiempo.

Dicen los griegos que el arte imita a la naturaleza. Imita sus procesos y sus elementos. Imita también al propio ser humano y así la mímesis del artista es ensayo de libertad. Pero en el siglo XX, Picasso los corrige: algunos artistas copian a la naturaleza, pero los genios roban.

Así, los artistas, desafiantes, se lanzan sobre el mundo para capturar su belleza. Adueñársela. Arrebatársela. Después de todo, los titanes también desafiaron a los dioses y Zeus, como castigo, los fulminó y de sus cenizas nació la raza humana. La tendencia al desafío, a la intervención de las cosas, a la transformación de lo real, a la transgresión de lo dado por naturaleza, está en las entrañas del hombre.

@vasconceliana