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Brotes de sueño

Después de tres semanas repletas de trabajo, entre el ir y venir a las entrevistas y coberturas especiales aquí en Veracruz, los ojos se llenan de sueño. Es una suerte de calidoscopio onírico, sólo es posible desear descansar y ya, que no hablen de otra cosa sino únicamente de dormir. Es posible dormir quizá tres días seguidos sin parar, aunque para ello se requiere no haber comido antes, para que el llamado natural no obligue ir al baño. Es posible dormir, pero no es tan viable para quienes han sido escépticos.

Esto de tener tanto sueño y no poder dormir se debe exclusivamente a un factor: mi viaje a Catemaco, el cual fue inspirado por haberle puesto atención y respeto a la idea que Cioran emitía: “Soy un simple accidente; ¿por qué tomármelo todo tan en serio?”. En verdad no creí que pasara y pasó, inclusive está pasando en este momento, y todos los que me leen aún no lo saben. Lo que sí saben es reconocer a un hombre que se consagra a las ciencias ocultas y viaja por planos distintos para lograr mantenerse en el puesto mayor de brujería. Sí, en efecto, me refiero a Enrique Marthen Berdón, quien ahora mismo mientras lees su nombre te voltea a mirar con eterna curiosidad de saberte tan humano, tan lleno de sufrimiento. Sin duda no lograr soñar es una clase de sufrir peculiar, quien no sueña está destinado a vivir con los ojos secos, con una visión reseca del universo. De allí que con atinada razón el filósofo nipón Daisaku Ikeda apuntara en su libro que es a partir del “sánscrito, [en donde la palabra] sufrimiento se le llama duhkha, término que denota un estado de conflicto y de discrepancia entre lo que deseamos y lo que nos ofrecen las cosas y personas a nuestro alrededor. Esto deriva de la naturaleza transitoria de todos los fenómenos: la juventud y la salud no duran eternamente; tampoco nuestra existencia perdura por siempre. Aquí, según el budismo, reside la causa última del sufrimiento humano”. Pero ahora el sufrimiento está en los ojos que no se logran cerrar para dormir, a causa de la incredulidad con brotes siempre nuevos de sueños, o sea que, los ojos se nos llenan de sueño, pero no hay modo de ejecutar el sueño a causa de la desfachatez.

Todos los que acudieron a Catemaco a burlarse discretamente de lo que allí se rumora hacen, están en la misma situación, con un brote de sueño en los ojos, pero sin lograr concretar un segundo de descanso. Ya no queremos este brote del desear dormir, pero sólo el sacrificio humano los eximirá de ello.

Lamentable es la situación de este grupo de pseudo periodistas, quienes, embestidos por su desconfianza ante las ciencias ocultas pagan con sueños nuevos, a modo de un brote que no descansa.

Aunque pasando a otro escenario, hablar sobre un brote es hablar de lo siempre nuevo. Por ejemplo, el brote del sueño de los ahora embrujados, o el brote de una planta, el brote de una epidemia. El brotar, un quehacer que debería ser constate en todos los humanos. Decimos pues que, brotar es surgir siempre, es nacer, es novedad cada día. Tales ideas de lo nuevo, lo incipiente en la naturaleza, fueron plateadas por la civilización helénica para referirse a un racimo, el racimo es eso que en su conjunto se ve brotar, ya así tenemos en el acusativo griego: βοτρυς (botrus): racimo, pues lo que nace siempre es un racimo de tal o cual cosa.

Esta palabra helénica al acomodarse en nuestro lenguaje, además de pasar por el filtro de la cultura y su acepción, pasó por los fenómenos del lenguaje denominados metaplasmos, en este caso fue la metátesis la que provocó el cambio de botrus a brotus> brote. Conservando la idea de lo que nace constante, como el sueño de los reporteros, los cuales ayudados con morfina ahora descansan y sueñan que fueron a Catemaco, y sueñan que son periodistas, y sueñan que pueden soñar a brotes, aunque sólo hayan estado en mis alucinaciones.