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Cadáveres verbales

Ignacio Betancourt

Evidentemente el leguaje, la palabra (hablada o escrita) está viva, puede volverse joven o hacerse vieja, gritar o enmudecer según las circunstancias sociales; nada más cambiante que las palabras. Sin embargo, la inmensa mayoría de políticos actuales repiten y repiten cadáveres verbales, frases que de tanto ser usadas (como engaño) han muerto y su significación, su sentido, sólo produce expresiones en estado de putrefacción, o por lo menos se han petrificado, es decir: vuelto inútiles por haberlas convertido en un disco rayado que sólo agobia y exaspera. La objetividad sobre una realidad cambiante no es compatible con el insano deseo de mantener indefinidamente condiciones inhumanas, siempre en demérito de una población que debe asumirlas como eternas. Verbalizar con demagogia la infame continuidad de quienes medran al amparo de la más deslumbrante corrupción. No pueden sostenerse para siempre los peores sobre una demagogia que ha perdido eficacia (de manera acelerada en épocas recientes).

Hace algún tiempo escribí una fábula, sin ninguna intención política, simplemente recreando la anécdota de lo que le ocurrió a un conocido, sin embargo, al paso del tiempo, como es una construcción de palabras ha incorporado una significación que no supuse. Hoy parece que la fábula se ha politizado, ustedes dirán. Va el texto:

Un vecino tenía como mascota una enorme tarántula negra, la conservaba dentro de una caja de vidrio con arena y piedras. La alimentaba con insectos de todo tipo: grillos, cucarachas, hormigas, chapulines, llegaban todos vivitos y coleando pues debían estar vivos debido a que las tarántulas no comen insectos muertos. Como es de suponerse, no era fácil la tarea de tenerla alimentariamente satisfecha. Pero un buen día ocurrió algo que facilitó al vecino la minuciosa tarea de conseguir su comida.

Sabiendo que su mascota requería de insectos vivos, alguien le regaló un puñado de cucarachitas (también conocidas como tascalcuanes o juanes), de inmediato el vecino llevó el obsequio a la caja de vidrio y con beneplácito descubrió que eran del agrado del arácnido. Además días después pudo observar, con gran complacencia, que la buena suerte lo favorecía pues una de las cucarachitas estaba embarazada, por lo tanto la tarántula podría tener alimento fresco de manera permanente y él se libraría de la constante y complicada búsqueda de insectos vivos.

Para satisfacción del vecino y su mascota, los juanes comenzaron a reproducirse y los primeros días casi servían de alimento con gusto. Más a través de sucesivas generaciones fueron identificando a la tarántula como un enemigo peligroso y entonces aprendieron a esconderse. Ya no se dejaban capturar tan fácilmente, se ocultaban y huían de una tarántula que por más que se afanaba en devorarlos algunas ocasiones se veía frustrada. Desde sus provisionales escondites los juanes lo observaban todo con atención (mientras movían sus antenitas).

Al paso del tiempo la abundante población de tascalcuanes descubrió que la tarántula cambiaba de piel cada seis meses, y debía dejar pasar una o dos horas para que su nueva piel se endureciera, tiempo en que la devoradora se volvía blanda como gelatina. Fue así que las cucarachitas descubrieron la fugaz vulnerabilidad de su depredadora. Entonces, un buen día (para decepción del vecino) ya no hubo mascota pues los juanes en montón se comieron a la enorme tarántula negra mientras cambiaba de piel. Moraleja: Todos los seres vivientes/ son capaces de aprender,/ y si ponen atención/ resuelven la situación.