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Callar y obedecer: premisa cultural del torancismo

Óscar G. Chávez

A Miguel Ángel Rivera,
artista de escándalos y amigo de décadas.

H ace cuarenta años, el 30 de octubre de 1974, falleció en la Ciudad de México Ignacio Morones Prieto, gobernador del estado del estado de Nuevo León de 1949 a 1952, y  secretario de Salud federal de 1952 a 1958, durante el sexenio de Adolfo Ruiz Cortines, quien al ungirlo en ese cargo, lo definió como otro Benito Juárez.

Morones Prieto nació en Linares, Nuevo León, el tres de marzo de 1899; hijo de Ignacio Morones Hernández y Teresa Prieto. Cursó sus estudios básicos y el bachillerato en su estado, de donde se trasladó a cursar la carrera de medicina a la ciudad de San Luis Potosí, titulándose en 1923. Se desempeñó como catedrático de la escuela de medicina de la Universidad de esta ciudad, luego de realizar estudios de especialidad en La Sorbona, en París. El 29 de marzo de 1940 fue nombrado rector de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí; en este cargo que desempeñó hasta 1944, logró gestionar la construcción del hospital-escuela que luego llevaría su nombre.

Gracias al padrinazgo político de Gonzalo N. Santos, llegó a la gubernatura de Nuevo León, y por el apoyo brindado a Ruiz Cortines durante su campaña a la presidencia de la República, fue invitado a colaborar como su Secretario de Salubridad y Asistencia, donde inició una fuerte campaña contra el paludismo. Durante la sucesión presidencial de 1957, se perfiló en conjunto con el mazacote Gilberto Flores Muñoz, secretario de Agricultura y ex gobernador de Nayarit, y con el secretario de Gobernación, Ángel Carbajal Bernal, como uno de los favoritos para la presidencia.

Sin embargo la jugarreta política del zorro de Ruiz Cortines, quien por separado hacía creer a cada uno de los anteriores que era el bueno, acabó eligiendo al tapado de los Elegantes, que en realidad eran Delicados, Adolfo López Mateos su secretario del Trabajo. Eran los mejores tiempos del viejo PRI.

Nunca durante aquellos años de presidencialismo vertical, de autoritarismo omnipresente e indisolublemente ligado a funcionarios públicos de primer nivel, el pueblo fue considerado para participar en alguna decisión de estado. A semejanza del déspota ilustrado que fue el virrey Carlos Francisco de Croix, se hizo manifiesto al pueblo mexicano que nacieron para callar y obedecer y no para discurrir ni opinar en los asuntos de gobierno.

Transcurrieron los años y evolucionaron las formas de autoritarismo que posibilitaron la caída del partido de estado; vino la alternancia partidista en las directrices políticas de la nación. San Luis Potosí no fue ajeno a estos avatares y también tuvo un corto periodo de alternancia; sin embargo en ambos casos, el nacional y el local, volvió el mismo PRI, el de siempre. Pareciera ahora, no obstante, que aunque se han refinado formas y métodos, el autoritarismo imperante es cada vez mayor.

La política cultural potosina emanada de una opaca Secretaría de Cultura, a la que al parecer le resultan desproporcionadas ambas denominaciones, es un ejemplo concreto del autoritarismo al que me refiero líneas atrás. No es exclusivo de esta gestión, de elemental justicia es señalar que se arrastra desde el sexenio anterior, aunque en ésta viene de la mano con la profunda ausencia de directivos y con una incapacidad total de sensibilidad y gestión en lo que a relaciones con diversos sectores ciudadanos se refiere.

La muestra más cercana es el torpe diálogo que ha sostenido en el asunto del centro cultural Mariano Jiménez, y aunque han reconocido fallas en la comunicación por parte de nosotros [secretaría], se siguen empeñando en señalar que no se puede consultar cada proyecto de cultura, pues por el tiempo acabaríamos sin realizar ninguno.

Ciertamente las decisiones resolutivas de los proyectos culturales no pueden consensuarse en lo individual con cada uno de los actores influyentes que integran la pluralidad potosina, sin embargo deberían considerarse opiniones especializadas en cada uno de los proyectos que se pretenden emprender. En este sentido observaremos que la mayoría de las acciones emprendidas en la materia, han pasado desapercibidas por la mayoría de los potosinos y las que merecen tomarse en cuenta por su nivel de difusión o aparentes resultados, han enfrentado fuertes críticas, no sólo de detractores, sino hasta de mismos integrantes de esa institución.

El caso del Colectivo de Colectivos, surgido a raíz de la oposición al desmantelamiento del centro cultural Mariano Jiménez, pone en evidencia las decisiones verticales y unilaterales surgidas dentro de la secretaría y demuestra que no necesariamente van encaminadas, según percepciones de diferentes sectores, a beneficiar el desarrollo cultural de la entidad. Es digna de encomio por el contrario, la actitud de los atrincherados en el referido centro, quienes al parecer han logrado conservar la vocación del espacio cultural.

El nebulosismo cultural que nos embarga, es el resultado de la falta de pluralidad que el actual gobernador ha impulsado desde su postura irreflexiva y arbitraria, y viene a ser reforzada con el hecho que no exista una obra magna en materia cultural, dentro de esta administración que cada vez hace más innegable su profundo desprecio por el sentir ciudadano. Y mientras algunos con cierta nostalgia extrañan al vate Fonseca, otros consultan diariamente calendario, contando con ansiedad los días que faltan para que –aunque no chille– expire este sexenio agónico, desahuciado desde su nacimiento.

#RescatemosPuebla151 

JSL
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