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Candelaria y la marmota

María del Pilar Torres Anguiano

Hay cosas que nada más con tocarlas, sangran; ésta es una de ellas. Así le dice un afamado pintor a la periodista que intenta escribir un libro sobre la vida de su entrevistado. El pintor se negaba a hablar de una de sus obras: el retrato de una mujer desnuda, cuya vida estuvo rodeada de tragedia. Cuando comienza su relato, inicia propiamente la película de María Candelaria. El pintor no quiere revivir la historia porque sabe que, sin importar el tiempo transcurrido, sigue viva porque al hablar de la pintura de aquella india desnuda, de alguna manera vuelven a ocurrir las injusticias que –absurdas o no– ocasionaron la tragedia de su protagonista. No sé si intencionalmente, pero el Indio Fernández sugiere esa idea del tiempo como algo que está más en la conciencia que en la realidad. Dicen que María Candelaria fue un regalo de cumpleaños de Emilio Fernández a Dolores del Río, y que fue escrita en una noche de fiesta, en servilletas de papel.

Sinceramente, esa es la primera Candelaria que me viene a la mente cuando alguien menciona el nombre. Yo sé que a esa y todas las Marías Candelarias las llamaron así por la virgen; también que su festividad es más antigua que la mexicanísima costumbre de los tamales. Pero así son las asociaciones de ideas. A la conciencia no le importa el tiempo lineal. Además de lo mencionado, el 2 de febrero me remite a esa tradición popular estadunidense del día de la marmota y a la película The groundhog day, cuyo título se tradujo en México como El hechizo del tiempo (odio las títulos que les ponen en México a las películas gringas). Como sabemos, el protagonista es un reportero encerrado en un ciclo de tiempo que repite el mismo día una y otra vez. Ese día es precisamente aquél en el que según la tradición popular, una marmota “indica el fin o la continuación del invierno”. Esa condición de estar condenado a vivir el mismo día una y otra vez, hace que el protagonista atraviese por periodos de hedonismo, negación, comedia, frustración, ira, pensamientos suicidas, hasta que encara su situación y se replantea sus prioridades y sentido de la existencia.

Así pasa con los recuerdos, con las vivencias, la historia de la humanidad, con la temporalidad en general. Pensar al tiempo como algo lineal es algo que funciona didácticamente; pero existencialmente, la cosa es distinta. De la misma manera, cada que alguien vuelve a abrir un libro y escuchar una historia, ésta vuelve a vivir. Todo lo anterior nos lleva a la concepción filosófica del tiempo como algo cíclico o espiral.

La historia se repite, nada es que no haya sido ya, dicen los filósofos estoicos. Y el verbo decir está en presente porque, aunque sucede en el año 301 a.C., las ideas son atemporales y de alguna manera los estoicos –o cualquier filósofo– lo siguen diciendo cada vez que alguien filosofa al respecto. El caso es que para el estoicismo el tiempo como comúnmente lo concebimos es una apariencia ilusoria. En cambio, el tiempo que llamamos real es de naturaleza cíclica. Así plantean una repetición del mundo en donde éste se extingue para volver a crearse. Bajo esta concepción, el mundo volvería a su origen: el fuego, y una vez quemado, se reconstruiría para que los mismos actos ocurrieran una vez más en él.

Plotino, el filósofo neoplatónico, dice en las Enéadas que “es necesario concebir la naturaleza del tiempo como un alargamiento progresivo de la vida del alma; este progreso consiste en cambios uniformes y parecidos los unos con los otros; se opera silenciosamente gracias a la continuidad de la acción.”

Henri Bergson, en el siglo XX habla del concepto de duración, el cual se refiere al tiempo de la conciencia dada en la intuición. Esto significa que cada instante está presente en la conciencia, que el pasado es lo que abandonamos del presente y que cada instante dura en el sentido en el que coexiste con el flujo de la conciencia unificada. Tal vez por eso, cuando relatamos alguna de nuestras historias, confundimos entre un año y otro, entre un antes y un después, porque en la conciencia, los instantes son eternos. El tiempo humano es una realidad que no pertenece a la materia y que siempre vuelve.

El eterno retorno es una visión circular del tiempo en la que hay un principio y un fin, que vuelve a generar a su vez un principio. Para Nietzsche, no son nuevas combinaciones, sino los mismos acontecimientos. Nietzsche plantea que no solo los acontecimientos se repiten, sino también los pensamientos y las ideas; y esta repetición es infinita. En su obra Así hablaba Zaratustra, descubre esta visión del tiempo y el protagonista queda desmayado por la impresión. Siete días después, Zaratustra despierta como el maestro del eterno retorno de lo mismo… y es que solo a través de la comprensión del tiempo, logra despertar del estado de trance en el que está. La historia de la humanidad se repetirá siempre, pero –dice el filósofo en su locura genial– aunque el hombre vuelva a ser mono, nuevamente se dará cuenta de lo que es el eterno retorno y nuevamente despertará.

Metafórica y materialmente, el eterno retorno está presente en historia, literatura y cuentos infantiles, en filosofía y psicología. Es imposible no pensar en el ciclo sin fin del Rey León. Herman Hesse lo muestra en Siddharta cuando se repite la historia del protagonista con su padre en la de él y su hijo. Toda la mitología hace referencia a elementos universales que, más allá del tono fantástico, se repiten en la vida cotidiana (preguntemos a los psicólogos sobre el complejo de Edipo).

En general, al eterno retorno se le considera solo desde el punto de vista cronológico, en el sentido de repetición de lo sucedido –como en la película de la marmota– pero Nietzsche lo revela como el catalizador de uno de los conceptos más trascendente de la filosofía moral: obra de modo que, en un horizonte de infinitos retornos, no temas a elegir algo tomando en cuenta que -si uno tuviera que volver a vivir toda su vida de nuevo- pudieras hacerlo sin temor. Eso es libertad.

Yo por ejemplo, volvería a estudiar filosofía, aunque nunca fui brillante. También, volvería a cometer la mayoría de mis errores (otros, de plano mejor no). Pero sobre todas las cosas, elegiría una y otra vez, pasar esas tardes en la sala con mi papá viendo María Candelaria o Macario… o ver el super bowl con mi hermano, aunque vuelvan a ganar los Patriotas y el odioso de Tom Brady. Ver las injusticias cometidas contra María Candelaria (y hacia su marranita), ocasionaron uno de los primeros derramamientos de bilis en mi vida. Cada vez que la veo me vuelve a ocurrir, no sé si sean cosas del eterno retorno, o de la película Hechizo del tiempo.

Por cierto Phill, la marmota, hoy anunció seis semanas más de invierno, así que tápense.

@vasconceliana