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Cansancio y fuego

Óscar G. Chávez

A Elizabeth Perales Meraz, por las cartas del ayer;
por la conciencia vertida en sus palabras del hoy.

  Domingo 8 de junio [1692], infraoctava de Corpus, a las cuatro de la tarde, pasó cantidad de indios e indias con una difunta –que decían haberla muerto a palos en la Alhóndiga un mulato y un mestizo repartidores de maíz, de que había mucha falta como también de trigo– a las casas arzobispales a quejarse, como otras veces, de semejantes vejaciones, y según se dijo, la familia del señor arzobispo los despidió sin más consuelo que decirles recurriesen a Palacio. Hiciéronlo así; negáronles los soldados la entrada por no estar en él SS.EE. [sus excelencias] a la sazón, con lo cual se fueron en tropel apresurado por la calle del Reloj [hoy República de Argentina] con la difunta al barrio de San Francisco de Tepito, de donde era, de la gobernación de los indios de Santiago Tlaltelolco. Después, pocos más de veinte indios siguieron la instancia de entrar en Palacio, tirando piedras a sus puertas y balcones: opúsoseles con valor el alférez de la compañía de Palacio con espada y rodela, siguiéndole nueve soldados que se hallaron solos en el cuerpo de guardia, y rechazaron a los indios hasta el cementerio principal de esta santa iglesia Catedral, donde, reforzados de más de otros doscientos, enviaban a diluvios las piedras sobre los pocos soldados dichos, quitándole de una pedrada la rodela de la mano al dicho alférez, que recobrándola a costa de otras, ganó el Palacio con pérdida de dos soldados, y sin tener forma de otra resistencia que la de cerrar las puertas. Lo hizo así, a las cuales instantáneamente aplicaron fuego los indios, hallándose aparejados de su materia en la abundancia de esteras de junco que acá llamamos petates, pez y yesca y carrizos […]

Así narra en su diario, parte del tumulto de la Ciudad de México ocurrido el 8 de junio de 1692, Antonio de Robles, abogado, presbítero y canonista del arzobispado de México; la relatoría de los hechos parece apegada a lo que ocurrió en realidad; Carlos de Sigüenza y Góngora, testigo presencial directo de aquel motín dejaría la crónica –similar a la anterior– Alboroto y motín de México el 8 de junio de 1692. A los testimonios anteriores debe agregarse el poco conocido de Thomas de la Fuente y Salazar, notario secretario del cabildo eclesiástico de la Catedral de México; su relatoría manuscrita se encuentra resguardada en el Archivo General de la Nación dentro de los expedientes Templos y conventos pertenecientes al fondo del Regio Patronato Indiano.

Periodista, literato y cronista –dice Josefina Muriel– dan puntual y detallada noticia de la explosión social que más impresionó a la capital durante los tres siglos del virreinato; y aunque con ligeras diferencias los tres coincidirán en señalar el motín como un castigo divino. Inundaciones, desastres agrícolas, epidemias de sarampión y el eclipse solar del año anterior a los hechos, se sumaron a la escasez de maíz que afectó de una forma grave al grueso del pueblo, la plebe, en palabras de los anteriores. Las mujeres, carentes de la materia prima para elaborar la indispensable tortilla, enfrentarán a los soldados en distintas partes de la capital; encargados de abastecimiento de la alhóndiga apalearon a una de las inconformes. La golpiza derivó en su muerte y en el detonante que degeneró en el incendio de los palacios de los virreyes y del Ayuntamiento, y en el saqueo de comercios. El virrey conde de Galve permaneció ausente, refugiado en el convento grande de San Francisco.

La remembranza de los sucesos anteriores, vienen evidentemente a colación de lo ocurrido el pasado ocho de noviembre, cuando un grupo de manifestantes que escindió de la manifestación pacífica que protestaba en la plaza de la Constitución de la ciudad de México, realizó pintas a los muros de Palacio Nacional y prendió fuego a la puerta principal.

Las singulares condiciones que propiciaron la llegada total de este reducido grupo de inconformes a uno de los recintos más vigilados y de mayor seguridad en el país, derivó en distintos comentarios que inmediatamente se polarizaron a favor y en contra de actores y actos. Así, mientras para algunos líderes de opinión el acto que calificaron de salvaje y carente de toda conciencia histórica, por atentar contra el monumento y su simbolismo; para otros representó una mínima muestra del descontento que impera en la sociedad, producido no sólo por los sangrientos hechos de Ayotzinpa; las declaraciones y cansancio del procurador y la suma de execrables sucesos que han sido noticia en los últimos días.

Pintas retiradas y portón restaurado fueron respuestas del día siguiente; tuvo solución eso, ¿pero los 43 de Ayotzinapa quién los devuelve?, fue uno de los comentarios vertidos en redes sociales.

Sin analizar si los autores de los hechos fueron o no infiltrados, vale la pena considerar a ciencia y conciencia la respuesta de una sociedad cansada –mucho más que su procurador– de una serie de atentados contra su elemental dignidad. Una sociedad cansada de gobernantes atrabiliarios, corruptos, despóticos y propiciadores de un estado psicótico que deja a merced de violencia y muerte –prodigada por caciquillos de quinta surgidos al amparo del poder– a gran parte de sus gobernados. Una sociedad cansada de asesinatos, desaparición de restos mortuorios, investigaciones inverosímiles en manos de un procurador que en atención a su cansancio debería dejar el cargo en manos de quien posea la vitalidad de la que él carece; y que sin cortapisas externa públicamente a unos padres embargados por la tragedia y a una sociedad también cansada de la ineficacia de sus funcionarios. Una sociedad cansada de corruptas licitaciones –asignaciones– de obra pública, enriquecimientos inexplicables a quienes son cercanos a la casa presidencial; edificaciones de costo estratosférico en posesión de la esposa de un primer mandatario que se ausenta del país en estos momentos de inestabilidad. Cansa vivir cansado.

Aquí es donde se debe señalar que estos movimientos, derivados de una represión permanente y de una rabia contenida por largos periodos, al combinarse con una opinión pública y con una sociedad organizada, posibilitarán el rompimiento del freno que hasta ese momento había ejercido el estado sobre sus gobernados. Los movimientos sociales, surgidos en medio de los torrentes ocasionados por las aguas broncas, difícilmente podrán ser contenidos por dique alguno; no existirá para ellos mejor encauce que la respuesta inmediata a sus exigencias de solución. Éstas no han aparecido hasta el momento y por el contrario, se alejan cada vez más de las posibilidades y capacidades de un estado cuyo principal rector se muestra ausente presencial y geográficamente.

En ninguno de los estallidos sociales que pueda recordar en este momento, se ha hecho presente entre el colectivo la importancia de respetar o considerar el salvamento del testimonio histórico de algún periodo; en distintas ocasiones –incluso– el mismo estado se ha convertido en gestor y artífice de considerables lesiones patrimoniales. Basta recordar las destrucciones de templos y conventos durante las reformas juarista y lerdista; las demoliciones arquitectónicas derivadas de la revolución de 1910; ¿alguien habrá considerado buscar culpables de la destrucción del reloj chino de Bucareli, durante la decena trágica?

Los desafortunados dichos del ex presidente Calderón en materia humana, son aplicables también al objeto histórico: daños colaterales, que en la mayoría de las ocasiones derivan de una ausencia total de capacidad de control sobre de violencia que ataca a los representantes humanos y materiales de la autoridad impugnada. El elemento es el símbolo del poder represor o de su incapacidad de responder a las exigencias de las masas actuantes en el estallido social, por tanto será este el recipendario de la indignación del colectivo. Ciertamente habrá quienes manifiesten su conciencia y respeto por los símbolos en cuestión, pero consideremos que ninguno de ellos estará en posibilidades de contener la violencia manifestada por los actores.

Hoy nos encontramos frente a un Instituto Nacional de Antropología e Historia que en un saduceico actuar presentará denuncias contra aquellos que atentaron contra el patrimonio, pasando por alto el ominoso silencio que ha guardado y que con sus acciones se convierte en cómplice del daño patrimonial, frente a casos como el de los Walmart de Teotihuacan y San Pedro Mártir o a la sistemática destrucción de uno de los espacios urbanos más antiguos de México, Cholula. Nada más se puede esperar de una institución de apariencias en esencia, y de inoperancia en substancia, que un actuar acorde a las necesidades del estado al que le sirve de estructura.

Dentro de mi particular opinión que no es de aprobación, pero tampoco de enérgica condena, por ameritar un detenido análisis de factores; los hechos contra el Palacio Nacional, sede fáctica de la imagen presidencial, no restan mérito a las manifestaciones en medio de las que ocurrieron, ni tampoco importancia a la esencia del asunto: el descontento social frente a la podredumbre existente en las esferas gubernamentales y que cada día se manifiesta y hace pública, ya sin ningún recato o apariencia; donde ya hasta la esposa del mandatario (alejada de corruptelas en algunos sexenios), se encuentra empantanada. En su Astillero de ayer, Julio Hernández lo resume de una manera precisa: La mujer del César no sólo ha de ser casta en sus negocios, sino parecerlo. Ni lo es, ni lo parece.

La protesta y atentado contra los símbolos, al margen de la enorme indignación que deja a muchos, y del agrado que generó en otros, permitió el surgimiento de un elemento iconográfico que resume de una manera total la situación del país: una puerta que arde en llamas y un balcón presidencial vacío. México arde de indignación frente a la ausencia de su gobernante.

#RescatemosPuebla151

JSL
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