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Caos social (y mental)

Ignacio Betancourt

La estruendosa carencia de eficacia no es el único padecimiento de los actuales gobiernos, pues entre otros males también padecen de una mayúscula carencia de imaginación para realizar sus deplorables designios. Se han limitado a destruir o dejar que se destruya todo aquello que les estorba para realizar sus encubiertos propósitos. Ejemplos de lo anterior sobran, sólo señalaré dos o tres: la destrucción de Pemex para favorecer “legalmente” a quienes entregó la riqueza petrolera del país; los ataques al magisterio nacional para intentar imponer su llamada “reforma educativa”; y evidentemente, la inducida putrefacción de las policías federales, estatales y municipales, para poder justificar la militarización del país.

Frente a diagnósticos tan graves como las expectativas del crecimiento económico nacional para este año: 1.9% (siendo muy optimistas), cifra muy por debajo de países como los centroamericanos que estarán creciendo cerca de 4 por ciento en promedio, al actual gobierno mexicano lo único que se le ocurre para hacer frente a los gravísimos problemas nacionales, de toda índole, es incrementar brutalmente las inversiones para compra de armamento, aumentar el número de soldados y policías y elaborar las más punitivas leyes en contra de la ciudadanía crítica. Por qué la opción represiva en lugar de generar empleos, aumentar salarios, fortalecer todo tipo de educación, mejorar los sistemas de salud, garantizar la seguridad de la ciudadanía, propiciar oportunidades para una mayor movilidad social, estimular realmente la producción y el consumo de todo tipo de mercancías, etc, etc, y etc. Algún imbécil y poderoso sigue convencido de que a balazos y cárceles todo habrá de resolverse. Tarde van a darse cuenta los funcionarios (tal vez demasiado tarde) de lo que es necesario para modernizar un país que traiga la equidad a las mayorías y ponga un freno a la conspicua y lamentable impunidad de quienes se han apropiado del país.

Nunca voy a olvidar la ostentosa afirmación de uno de los abundantes ciudadanos que a fuerza de entender lo tramposo como lo inteligente confunden deshonestidad con sentido común; dicha persona afirmó con la más absoluta convicción que: “solamente los pendejos no son corruptos”. A ese grado de caos social (y mental) hemos llegado en el país de Benito Juárez e Ignacio Ramírez. Sería muy oportuna una mesa redonda, o una serie de discusiones públicas con todo tipo de participantes: políticos, académicos, amas de casa, estudiantes, campesinos, jóvenes, ancianos y niños, desempleados; en donde se pudiera reflexionar en voz alta acerca de en qué consiste ser inteligente ¿habrá una inteligencia para destruir? O la inteligencia ¿sólo se requiere para hacer lo mejor para muchos? Obviamente cada quien opinará según le ha ido en la feria, pero precisamente de esa diversidad de puntos de vista podrá salir un acuerdo mínimo en torno a justificar la necesidad de los corruptos, o de propiciar su urgente abolición. Sin embargo, y pese a ser sabido por muchos (muchísimos) que nunca los problemas sociales se han resuelto a balazos y macanazos (en ningún lugar ni en ninguna época), se insiste en usar el ejército en contra de la ciudadanía (crítica o complaciente) en lugar de emplearlo para cumplir la ley. No hacen falta cárceles, hacen falta escuelas; no hacen falta nuevas leyes, hace falta respetar las leyes existentes; no hacen falta militares en las calles, hacen falta empleos y opciones laborales para las mayorías; no hace falta la impunidad de miles de funcionarios de todos los niveles, hace falta un mínimo de honestidad en quienes dicen gobernar. Nada ocioso resultaría pensar que los limones que están sobre la mesa son tan caros debido a las agresiones del crimen organizado y la complicidad gubernamental. Si el conocido índice Bloomberg indica que la miseria se ha profundizado en México puesto que al terminar 2016 llegó al número 38 en una lista de 65 países, muy válido será preguntarse las razones de tanto deterioro; seguramente algo tienen que ver una devaluación de nuestro peso en 60% durante el actual sexenio, una inflación que ya supera el 5% al iniciar el año, e indudablemente la eficaz asociación entre gobierno y delincuencia.

Magnífica la manera en que la empleada de la Secretaría Cultura, María de Jesús Almendárez, celebró el pasado martes 8 de marzo el “Día de la mujer”: denunciando ante el gobernador (quien llegaba al teatro de la Paz precisamente para homenajear a las mujeres en su día) que por denunciar el haber sufrido acoso sexual fue congelada y colocada “en un sótano de la Secretaría de Cultura”. Ella le dijo al gobernador Carreras que “aún así, no me voy a quedar callada, todo lo que me llegue a pasar a mí o a mi familia, hago responsable al gobernador, como ya lo he dicho a las autoridades”. No sólo es un desastre el funcionamiento de la Secult bajo la dirección de Armando Herrera, quien ya había dado muestra (hace algunos meses) de su vocación policiaca al permitir la utilización de grupos de choque contra los ciudadanos y contratar delincuentes como funcionarios para reprimir a colectivos independientes, que se atrevieron a impedir la desaparición del Centro Cultural Mariano Jiménez; además, el actual secretario de Cultura se presta para reprimir a los trabajadores que se atreven a denunciar las atrocidades que deben padecer como empleados al servicio del gobierno del estado, lo anterior se puede inferir de manera evidente al conocerse la noticia de que en la misma secretaría de Cultura se tiene confinada en un sótano (en sus horas de trabajo) a una trabajadora agredida sexualmente por un funcionario que muy probablemente disfruta a plenitud su boyante impunidad (que para eso existen los Juan Manueles Carreras y los Armandos Herrera).

Del poeta nicaragüense (nacido en Guatemala) Carlos Martínez Rivas (1924-1998), ahora que acaba de celebrarse el 8 de marzo, va el fragmento de un poema en donde a salvo de “prejuicios feministas” para el poeta la mujer ocupa lugar protagónico. El texto se titula El paraíso recobrado: (…) Más allá de los cumpleaños y de los pequeños obsequios/ a los que cuidadosamente les borramos el precio./ Más allá de la cadena de oro y el anillo dados a guardar a alguien/ para mientras nos bañamos en la piscina./ Más allá de las radiantes fotografías, en grupos,/ tomadas en la playa, debajo del verano.// Más allá de todo eso./ Más allá de la nube y el relámpago./ Más allá de las constelaciones. En los aires finales./ Y más allá todavía. Más allá del mismo aire,/ es decir,/ en el aire de tu aire que es mi aire.// De escala en escala, todo ha ido desapareciendo./ Ahora ya no queda nadie, nada. Sino el espacio y un hombre y una mujer.// La nueva creación apoyada en nosotros./ La tierra es otra vez la tierra./ El hombre es otra vez un hombre./ La mujer es de nuevo una mujer.// Y tú tienes la palabra.// La mujer es anterior a la vida./ La mujer es anterior a Adán./ La mujer es anterior a la mujer./ Porque antes, mucho antes/ de que Eva naciera del costado del hombre,/ cada árbol, cada flor, cada fruta,/ toda la Creación era una mujer.// Tú tienes la palabra. Separa la luz de las tinieblas/y ordena los mares y los ríos/ porque el espíritu de Dios empolla sobre las aguas. (…)