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19 diciembre, 2014
En sus marcas…
19 diciembre, 2014

Caricaturesca abundancia de uniformados

Ignacio Betancourt

Y a lo decía el poeta César Vallejo: hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!/ Golpes como del odio de Dios. Y sí, en verdad pareciera que algún dios (con saco y corbata) golpea furibundo los años y los meses de una ciudadanía ya harta de los abusos de federaciones, estados y municipios, de una población hasta ahora incapaz de construirse un momento de tranquilidad y de seguridad en ningún lugar de este país, pese a ser causante cautiva.

Es en esta época tan insoportable cuando la vida cotidiana se vuelve espejo de una realidad más amplia, hostil y duradera, y en cualquier calle asoma su cara lo atroz, por ejemplo: el pasado domingo quien caminara por el Centro Histórico de la ciudad podía encontrar en vivo y a todo color una metáfora de lo que ocurre en el país respecto a la seguridad y a la normalidad social. Sobre la calle de Zaragoza cualquier paseante podía constatar la abundante presencia policiaca, grupos de ocho o diez policías (charlando animadamente) cada una o dos cuadras como si eso pudiera generar confianza y no indignación por la proverbial impunidad de lo instituido; la ciudad se atiborra de policías mientras abusos, secuestros, asesinatos y robos se incrementan pese a la caricaturesca abundancia de uniformados. Esa es la solución que un gobierno en irreversible proceso de descomposición propone a la ciudadanía.

En cuanto a la normalidad social ésta podría ilustrarse con la actuación de una estudiantina femenil al costado de la catedral en ese mismo domingo, la fallida alegría del grupo de muchachas vestidas de negro, involuntariamente de luto y con un gorrito rojo como el de Santa Claus entona canciones festivas mientras invisiblemente crece en torno al dominical grupo la más boyante impunidad; desde la estudiantina una rolliza joven se adelanta y frente al conjunto hace piruetas mientras golpea su mano contra el pandero (como llevando el ritmo de un enmascaramiento), mientras cerca de tamaña espectacularidad (en el Palacio de Gobierno) la delincuencia de cuello blanco se arregla la corbata para mirar complacida el aumento en la estadística de secuestrados. Podría afirmarse que la abundancia de policías aspira a funcionar mediáticamente cual sinónimo de seguridad (aunque parte de los policías puedan actuar además como delincuentes), y de la espectacularidad de las estudiantinas femeniles convertidas en sinónimo de festiva normalidad (como si ese impostado jolgorio pudiera ocultar las desventuras).

En México, casi 24 mil personas se encuentran en calidad de desaparecidas, de esta cantidad 9 mil 790 corresponden a denuncias presentadas en los dos primeros años del gobierno federal (del Estado de México). Para contextualizar las estadísticas de la impunidad cito dos casos, el del hermano del normalista Alexander Mora Venancio quien en días pasados leyó una carta dirigida a Peña Nieto durante un mitin realizado en el municipio de Tecoanapa, Guerrero: Señor presidente, quiero que me digas de frente a mí, sin agacharte, que olvide a mi hermano, que supere este dolor como si nada. Quiero ver si tienes valor para que le digas a mi padre que olvide a su hijo; el otro caso se refiere a lo que declaró a la reportera Sanjuana Martínez de La Jornada una mujer policía de Nuevo Laredo, la agente fue violada por un militar de nombre Juan Esteban Montiel Migliano habilitado como su jefe y quien permanece libre pese a la denuncia. Ella dijo a la reportera: No puedo dormir, sufro de angustia, me como las uñas, tengo fuertes depresiones, cojeo y pierdo fuerza en el cuerpo. Sus escoltas me persiguen. Lo único que quiero es que si me hacen algo, que mis hijos me puedan enterrar.

Bien quedan los versos del milenario Libro de Job en el Antiguo Testamento para aludir al presente de los mexicanos (sólo al presente, pues muchos vamos por un mejor futuro), cito un breve diálogo en el que Job le dice a Yavé: El hombre nacido de mujer vive corto tiempo y lleno de miserias, brota como una flor y se marchita, huye como sombra y no subsiste, y aún tal le persigues con abiertos ojos y le citas a tu tribunal.

Y nombrando a otro asunto, respecto a la situación del Centro Cultural Mariano Jiménez y su asamblea permanente de colectivos de la sociedad civil y grupos artísticos diré que se mantiene abierta la mesa de diálogo con la Secretaría de Cultura, aunque ésta persiste en imponer un llamado proyecto modernizador que implica la desaparición del centro tal como hasta ahora se mantiene, de acuerdo a su vocación social y artística; la Secult hasta el día de hoy ha sido incapaz de presentar de manera formal el proyecto que unilateralmente pretende imponer pero no ceja en su intento de vulnerar al Colectivo de Colectivos (que actualmente decide de manera colegiada sobre el funcionamiento del Centro), filtrando provocadores y pretendiendo utilizar a la burocracia incrustada laboralmente en el Mariano Jiménez para dificultar la organización de los colectivos, que hasta hoy han logrado impedir el atropello contra el Centro y contra su movimiento independiente de todo grupo político o partido. Habrá que estar atentos a lo que los autoritarios (con aureola de impunidad) intenten hacer en esta vacaciones o iniciando el año; la vigilancia de la sociedad civil, su acompañamiento, será factor esencial para el desarrollo de este promisorio proyecto ciudadano.

Y para estos tiempos aciagos de la república dolida, un poema del peruano César Vallejo (1892-1938) tomado de su libro Poemas humanos escrito en los años treinta del pasado siglo XX, va el titulado Hoy me gusta la vida mucho menos…: Hoy me gusta la vida mucho menos,/ pero siempre me gusta vivir; ya lo decía./ Casi toqué la parte de mi todo y me contuve/ con un tiro en la lengua detrás de mi palabra.// Hoy me palpo el mentón en retirada/ y en estos momentáneos pantalones yo me digo:/ ¡Tanta vida y jamás!/ ¡Tantos años y siempre mis semanas!…/ Mis padres enterrados con su piedra/ y su triste estirón que no ha acabado;/ de cuerpo entero hermanos, mis hermanos,/ y, en fin, mi ser parado y en chaleco.// Me gusta la vida enormemente/ pero, desde luego,/ con mi muerte querida y mi café/ y viendo los castaños frondosos de París/ y diciendo:/ Es un ojo este, aquel; una frente ésta, aquella… Y repitiendo…/ ¡Tanta vida y jamás me falla la tonada!/ ¡Tantos años y siempre, siempre, siempre!// Dije chaleco, dije/ todo, parte, ansia, dije casi, por no llorar,/ que es verdad que sufrí en aquel hospital que queda al lado/ y está bien y está mal haber mirado/ de abajo para arriba mi organismo.// Me gustará vivir siempre, así fuese de barriga,/ porque, como iba diciendo y lo repito,/ ¡tanta vida y jamás! ¡Y tantos años,/ y siempre, mucho siempre, siempre siempre!