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Carnavales dionisiacos y Drag Queens

María del Pilar Torres

En mi traslado diario al trabajo, que es en el centro de la ciudad, paso por un barrio típico, de calles angostas. Es la ruta más rápida según waize, la aplicación a la que me he vuelto adicta. Sin embargo, tiro por viaje, hay calles cerradas; ya sea por las distintas ferias de los distintos santos, por mítines políticos, por procesiones o por familias a quienes se les hizo buena idea cerrar la calle para sus bodas, XV años o velorios. En esta ocasión la causa del cierre de calles era el carnaval, pero nada de esto lo reporta el waize. No alcanzan estas líneas para describir la ira que se apodera de mí en esos momentos. ¿Qué puede hacer una pobre oficinista a contra reloj frente a las tradiciones populares? La fiesta es la fiesta, ni hablar.

No hay quien no se deje llevar, al menos una vez, por ritos y tradiciones colectivas. Las fiestas cumplen diversas funciones en una sociedad, una de las principales es celebrar y al mismo tiempo justificar el orden social, dice Michel Foucault. Esta legitimación puede ser de manera emotiva, exagerada o inclusive, inconsciente. Todas las festividades tienen un formato ritual preestablecido; en ellas se celebran los valores, los modelos, la identidad, el origen y las creencias. Para la antropología cultural se consideran dos formas básicas de fiestas. Las primeras son las fiestas conmemorativas, en las que se celebran valores o instituciones sociales como las fiestas patrias, las religiosas, el día de la madre o el día de muertos (mi favorito). Las segundas son las fiestas de inversión, como los carnavales, en las que lo que se celebra es justo lo contrario a lo que se celebra en las fiestas conmemorativas. Aquí el orden y el discurso se invierten dando paso a la parodia, la sátira, la improvisación, la desmesura. De ahí los términos propios de todo carnaval: la quema del malhumor, la coronación del rey feo, las comparsas y las máscaras… el transformismo que celebra la diferencia.

El origen de estas fiestas está en Grecia antigua, en honor a Dionisio (dios del vino). Las celebraciones dionisiacas, descritas por Aristóteles, se efectuaban durante la primavera, cuando el clima era propicio para la llegada de muchos visitantes a Atenas. Se sacrificaba un perro o una cabra para que su sangre fortaleciera la tierra y garantizar así las cosechas. Un carro, con la figura de aquel dios, recorría las calles. La gente lo seguía, cantando, bailando y bebiendo. El éxtasis dionisiaco se expresaba en grandes orgías, en cantos colectivos que exaltaban la reconciliación con el estado natural del hombre. Se incluían representaciones teatrales y bailes de máscaras que propiciaban el olvido momentáneo de las jerarquías sociales y categorías morales.

Estas costumbres se difundieron por toda Europa en tiempos del imperio romano de occidente. Con el tiempo, se sincretizaron y en la edad media empezaron a conocerse con el nombre de carnaval. El término procede del latín carnem y levare, que significa “dejar la carne”, haciendo referencia al ayuno y abstinencia prescritos durante la cuaresma, a la cual precede. Así, en esos días se hace todo aquello que los buenos cristianos no podrán hacer en esos cuarenta días (algo así como cuando uno va a comerse un pozole, de despedida, antes de ponerse a dieta). A pesar del sincretismo, o precisamente por él, está asociado con los países de tradición católica. Todo comienza el jueves, al caer el sol y termina el martes o martes de carnaval (merdi graso, en francés) justo antes del miércoles de ceniza.

En México, las fiestas estaban prohibidas para los indios, quienes decidieron imitar estas celebraciones, pero en tono irreverente. Se fabricaban sus propias máscaras, asemejándose a personas de piel rosada, de barba y bigote, narices afiladas y ojos claros (como los españoles). Ese es el contexto en el que surge el carnaval mexicano, con los personajes conocidos como “Chinelos”, con un disfraz deliberadamente grotesco.

El disfraz tiene un poder simbólico e innegable de provocación. Es mucho más que simplemente parecer lo que no se es; uno se disfraza también para explorar otros modos de ser. En este rubro, pienso especialmente en las Drag Queens, quienes hacen de la transformación y la extravagancia carnavalescas, un arte. El origen del término drag es incierto, algunos lo sitúan en el teatro isabelino, en el que los actores se vestían de mujeres. Otros afirman que es un acrónimo de dressed as a girl (vestido como una chica). Si bien el Drag Queen es básicamente un hombre disfrazado de mujer, que lleva a cabo un espectáculo para entretener al público, este tipo de personajes están asociados a distintas cuestiones: el disfraz tiene un componente transgresor y de parodia de la sociedad heteronormada. Detrás de una actuación de un Drag Queen hay fantasía, provocación, y ambigüedad –como en el carnaval. Recordándonos que la identidad del ser humano es compleja, plástica, infinita.

Dice Marshal Mc Luhan que “el medio es el mensaje”. En carnaval, o fuera de él, el mensaje del disfraz implica desmantelar la hoy insuficiente definición del hombre como animal racional, para dar paso a un giro dionisiaco que nos permita descubrir que eso que llamamos alma, es más cercana al instinto y a la pasión, de lo que pensamos.

La categoría dionisiaca, para Nietzsche representa la embriaguez, la sensualidad, el éxtasis. Por lo anterior, la música, la danza y todas sus manifestaciones serían las artes dionisiacas, en tanto que promueven la exaltación colectiva.

No solo los carnavales y las Drag Queens son dionisiacos, José Vasconcelos afirma que los mexicanos también lo somos. Por eso hacemos fiesta de todo. Seguramente también por eso cerramos las calles. Dionisiaca o no, esta noche iré a ver un espectáculo con algunas de las mejores Drag Queens del mundo. Estoy entusiasmada.

@vasconceliana