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Caso IPN, política contra el tiempo de canallas

Rogelio Hernández López

P eriodistas, pongamos algo de optimismo a los tiempos de crispación. Repensemos hechos noticiosos de luz y sombra del 19 y del 20 de noviembre con mente fría y el hígado en reposo.

El miércoles 19 será memorable por la canalización de la disputa por el Politécnico Nacional. Habían pasado otras nueve horas de negociaciones. A las 0:40 horas del 20, veía en Canal 11 que las partes tenían concluidos siete de ocho acuerdos posibles y un nuevo director general –Enrique Fernández Fassnacht–. Se me espantó la modorra y me invadió una leve sonrisa –¡Eso es hacer política!”– pensé. Y, salté a buscar uno de mis libros consentidos: En defensa de la política de Bernard Crick –que les recomiendo ampliamente–. Sonreí más, como si me hubieran invitado a una fiesta de gente amiga.

Es inevitable que los periodistas de política, o de cultura, o de deportes o de lo que sea, se dejen abducir por momentos emotivos. Si los instantes son de concertación como el del Poli nos permitimos reflejar la satisfacción de los otros; si los tiempos son de conflictos violentos, de ira colectiva, muchos periodistas se transforman en filiales de alguna de las partes o francamente en voceros sin contrato. Lo que es peor, algunos se estacionan en esos sitios no permitidos al periodismo profesional y además, con malas prácticas intencionales (mala leche que le dicen) atizan la pasionalidad colectiva para hacerla más torpe y ciega, lo que facilita el tránsito a los tiempos de canalladas. ¿O no?

El arte del acuerdo

Por interés periodístico y cercanías emocionales, he seguido con singular detenimiento la crisis del IPN desde el 17 de septiembre, cuando se inició el primer paro en la Escuela Nacional de Ingeniería y Arquitectura (ESIA-Z). He llevado nota de las formas y contenidos de sus movilizaciones, pero en especial he tenido que echarme cada una de las mesas de diálogo. Y, el comportamiento de las partes del conflicto, especialmente los jóvenes, me ha ido sorprendiendo gratamente.

Debo referir que desde 1992 me fui convirtiendo en una especie de manifestólogo desde el periodismo (reportero de las manifestaciones políticas) que hasta midió con peritos y notarios públicos cuánta gente cabe en el Zócalo e hizo una base de datos de las causas de protesta. No soy experto en conflictos pero tengo las referencias necesarias para saber que cuando se masificó la inconformidad estudiantil del Poli, por actitudes engreídas de la directora, comenzó a funcionar la política.

Por un lado, los estudiantes construyeron rápidamente una estructura organizativa inusual al saber que eran catalizadores de la inconformidad colectiva; trazaron una estrategia de movilización para presionar, pero pacíficamente –seguramente con la asesoría de politécnicos de otras generaciones– y además lograron contener vocaciones violentas de dentro y fuera. Pronto ganaron reconocimiento como interlocutores. Todos lo notamos.

Por el otro lado, el instinto de poder del priísmo hizo que el primer acto del gobierno federal fuese de alta política, en el sentido académico del término. Por eso el secretario de Gobernación salió al templete de los muchachos, reconoció a su movimiento como interlocutor y dio paso a la negociación en público (mesa de diálogo), hasta televisada.

Bernard Crick, el teórico inglés en Defensa de la política, reivindica las formas e instrumentos de gobierno y de otros actores en contienda para dialogar, acercar a los divergentes con astucia, con tolerancia, prudencia y flexibilidad hasta llegar a acuerdos, evitando al máximo la última instancia, que es la violencia.

La política debe observarse como instrumento de un conjunto de actitudes y prácticas para mantener la convivencia social en paz, para el arreglo entre individuos con intereses, ideas y proyectos muy variados y con fuerzas de distintas magnitudes. La conciliación debe ser el objetivo central de la política –dice Crick–, para que las partes contrarias acepten, así sea temporalmente, un cauce determinado para alcanzar nuevos órdenes, especialmente entre gobernantes y gobernados. Hacer política así, es un arte

Por eso mi buen humor al testificar que, entre alegatos por discrepancias de algunos términos, la Mesa de los 15 y 15 en Zacatenco había arribado a siete de ocho acuerdos. El fin de esta etapa podría postergarse un poco más porque, según los anuncios, los acuerdos se firmarían al lunes siguiente (24 de noviembre) y el diálogo podría tensarse cuando se abordase el punto 8 de la agenda: la representatividad de todas las partes para instalar el Congreso Nacional Politécnico, pero más específicamente el peso que tendrían en él, tanto el nuevo director general, como el movimiento estudiantil, que no quiere perder la presencia que ganó como interlocutor. Sólo un accidente político impediría que el conflicto entrase a su segunda etapa: institucionalización del diálogo y tránsito a otro Politécnico. Y, sin violencia. ¡Arriba la política!

¿En tiempos de canallas?

Me gusta lo ocurrido en el conflicto del Poli y más cuando lo contrasto con el clima nacional de crispación por los sucesos de Ayotzinapa, Guerrero. Este 20 de noviembre se mostró, en su punto más álgido la efervescencia político social en casi todo el país, pero especialmente en la ciudad de México. Se entreveraron, en un solo crisol, cientos de miles de inconformidades por motivos distintos; enojos, miedos pero también estrategias para lograr correcciones o para provocar dimisiones o hasta para una presunta revolución. Entre todas las fuerzas hay algunas que incluyen métodos violentos en todos los terrenos, incluido el mediático, donde pululan engaños y mentiras. El clima es propicio para engendrar canalladas.

Se han escrito muchas obras sobre el comportamiento humano envenenado por pasiones extremas y actitudes alejadas de éticas o normas básicas de convivencia pacífica. La estadunidense Lillian Helman escribió una crónica sobre el terrible acoso, contra artistas e intelectuales, ejercido por el macartismo, que diluyó márgenes de legalidad y derechos en EU. La llamó Tiempo de canallas; luego, en aquel país el periodista Tom Wolf, jugó con el título al reflejar un tipo de periodismo de cínicos que flageló incluso a sus propios colegas: Periodismo canalla.

En México, no hace mucho, en los años 70 hubo climas así. El ex rector de la Universidad Autónoma de Sinaloa, Jorge Medina Viedas, lo reflejó en un texto:

Era “la etapa del Estado ocupado ya desde Gustavo Díaz Ordaz por un PRI en sus peores esencias dictatoriales; finge diálogo y reprime brutalmente. En el poder reina la provocación, la intriga. La corrupción llega al desenfreno (…) Son los años de la derecha abiertamente desafiante, que opera generando rumores e invenciones: vacunas esterilizadoras, sexoestranguladores en las calles, escasez de alimentos, de gasolina, golpes de Estado. (…) Son los años de la resaca de los estudiantes del movimiento de 1968, convertidos en activistas de la sociedad civil. A una parte de la izquierda que abrevó en él, se le deja la resignación y el resentimiento. Fragmentada y dividida engendra algunos grupos que optan por la guerrilla… La izquierda canalla mata y tortura a policías viejos e indefensos… Tiempos sin ideales, sin ideología, sin ética que los distinga, tiempo de canallas. Y de cínicos”.

El periodismo y los periodistas no somos ajenos a eso. En tiempos así necesitamos reivindicar parámetros profesionales. Somos quienes ponen los espejos, los que podemos fortalecer a los sin voz, denunciar los excesos del poder, la corrupción, el abuso de quien sea, la incompetencia, pero profesionalmente. Sin embargo, hay colegas que vociferan verdades a medias, circulan imágenes engañosas, acusan sin pruebas. En Twitter y Facebook, los llamados comunicadores sociales circulan rumores, mentiras y muchos periodistas se suman alegremente olvidando su naturaleza profesional. Evitemos que la canallesca invada al periodismo. Para canallas, con los políticos se tiene suficiente.

asuntos de protección y legislación para el ejercicio del periodismo.