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‘Chapulineo’ entre votantes

Ignacio Betancourt

El problema en el país no sólo es que los partidos políticos se hayan envilecido, sino que además una buena parte de los electores también ha sido corrompida. El proceso de saneamiento es en verdad complicado pues no basta con suprimir a la partidocracia, sino además habrá que pensar en cómo reeducar a los votantes. Pienso que la terapia social para la ciudadanía no es otra que la participación más activa, pues al darse cuenta de que sus problemas no se los resolverá ningún funcionario (más bien causa de sus problemas) sabrán que solamente la participación de todos puede conseguir el cambio que urge.

La constante compra de la voluntad misérrima, generación tras generación, ha vuelto algo natural la dádiva a cambio del voto. Y efectivamente, el “chapulineo” no nada más se da entre los candidatos en busca de hueso sino también entre los votantes, quienes no buscan partido ni ideología sino un mejor pago por el voto (quizá intuyen que de los partidos no vendrá ninguna solución), una torta más grande, un refresco más fresco, una lámina para su casa, una fruta, algo que luego de las elecciones les será cobrado al mil por ciento con desatenciones y atropellos sin cuento; tarde percibe el vendedor del voto que le han tomado el pelo, aunque luego, casi como por seguridad lo olvida y se dispone a repetir la acción.

Así pues, la desmemoria no sólo ocurre entre los candidatos a algún hueso, también se da entre los ciudadanos más desinformados o de plano ignorantes, y entre aquellos que piensan “que solamente los pendejos no son corruptos”, como para mi azoro lo escuché de un burócrata de cuerpo y alma.

¿Cómo es que la honestidad se vuelve tontería? ¿Cómo se llega a tales excesos? ¿Qué tiene que ocurrir en el corazón (y en el país) de un ciudadano para que suponga a la corrupción como prueba de una actitud inteligente? Cuando el corrupto por corrupto se concibe superdotado para la sobrevivencia y no un rescoldo de ser humano sin más finalidad que el enriquecimiento a como dé lugar, se da un aviso de la degradación ética a la que ha llegado una sociedad. Ciudadanos y políticos son capaces de las peores vilezas con tal de concretar sus deplorables fantasías, ¿se debe llegar sin miramientos al crimen, al abuso más brutal, al cotidiano engaño con tal de conseguir un hueso?

Ahora que el “chapulineo” es boyante entre los adictos al presupuesto nacional pienso en el grotesco espectáculo en el que con uñas y dientes se compite hasta la muerte por seguir disfrutando individualmente de los dineros públicos. Es un clima aterrador en el que todos resultan enemigos, se recurre a las tretas más sucias y a toda clase de marrullerías. Cuando hacia finales de 2013 el Congreso modificó el artículo 59 constitucional permitiendo la reelección inmediata de senadores, diputados federales o locales y presidentes municipales (salvo la presidencia y las gubernaturas), se dio el banderazo para la intensificación de la guerra final entre los adoradores del hueso. Por ejemplo actualmente en el Estado de México (cuna del Grupo Altacomulco y Peña Nieto) la tercera parte de los alcaldes busca repetir en el cargo, y para no quedarse atrás, en el estado de Michoacán las dos terceras partes de los legisladores compiten por mantenerse nuevamente cobrando por inimaginables complicidades. Habría que recordarle a muchos que de ninguna manera, pasar de la demagogia a la mentira explícita significa mejoría (excepto para la impunidad). ¿Cómo creer a un corrupto cuando dice que repudia la corrupción?

Con estos rollos no se está convocando a la moralina, es simple y sencillamente la expresión de una vergüenza ciudadana por el comportamiento de políticos y aspirantes a la actividad política y la permisividad de algunos ciudadanos ante esos afanes; la más extrema miopía imponiendo su oscura visión.

De otra manera no se confundiría el robo con el éxito, ni se supondría inteligente al más corrupto para la obtención del sagrado hueso; condición inmejorable para todos los excesos respecto a la sustracción de los recursos públicos de los mexicanos. El sentido común de funcionarios y funcionaretes se transfigura y entonces se mata y se destruye persiguiendo la ilusión más enfermiza. ¿Qué es lo que está a punto de ocurrir cuando hasta la Arquidiócesis se atreve a señalar a lo electoral como una “simulación”?, por otro lado, ¿será tan grave existir fuera del presupuesto?