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Chatos y gallardos, curros y pelados

Óscar G. Chávez

Fue en el año 452 cuando Atila con sus huestes de hunos pusieron sitio a la ciudad eterna, Roma, prestos para su invasión. Ya habían sucumbido a su paso una buena cantidad de villas romanas, relativamente fácil fue para los bárbaros avanzar sobre una ciudad que representaba la capital del mundo y en la que no encontraron mayor resistencia armada. El emperador Valentiniano emprendió la huida y se ocultó en la ciudad amurallada de Ravena.

Cuando caiga Roma, caerá el mundo, rezaba el viejo adagio; es fácil imaginar el aterrador momento en que los habitantes de la vieja capital del imperio más extenso de los tiempos vieron la inminencia del apocalipsis descrito por el visionario Juan desde la isla de Patmos. No era para menos, Roma capital del mundo conocido, capital del imperio; sede del papado y por tanto del asiento terrenal de la espiritualidad católica del mundo, estaba a punto de ser saqueada y profanada.

Nada ocurrió sin embargo. Fue el papa León I quien acompañado de un grupo de cardenales, príncipes de la iglesia, y de la corte vaticana, en las riberas del río Po hizo frente a las fuerzas del fiero protomongol, y tras una entrevista que duró poco tiempo, el azote de Dios y sus huestes, emprendieron la retirada hacia Mantua, para de ahí dirigirse hasta Panonia.

Nunca se supo que palabras mediaron entre Atila y el príncipe de la iglesia, lo cierto es que lo dicho por el pontífice permitió la salvación de Roma –por un tiempo, ya que luego sucumbió ante los embates de Genserico el vándalo–, y el inicio de la decadencia del reinado de Atila.

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Fueron los meses posteriores al 20 de noviembre de 1910 abundantes en desasosiegos y calamidades; en San Luis Potosí, la renuncia del gobernador José Mariano Espinosa y Cuevas, dio como resultado que la Legislatura potosina nombrara como interino a José Encarnación Ipiña, rico hacendado de ideas de vanguardia, filántropo y visionario; artífice y promotor de la primera ley de repartimiento de haciendas.

Ipiña ya en su calidad de gobernador recibe la noticia de que las tropas revolucionarias de Cándido Navarro avanzaban sobre la ciudad de San Luis Potosí. Grande debió ser el desasosiego de los potosinos quienes recordaban, al menos por tradición, el saqueo de que fue objeto la ciudad en el mes de noviembre de 1810, cuando las tropas insurgentes dieron sitio a la ciudad y se desencadenó la violenta orgía.

Ipiña mediante intercambio de mensajeros logra que Navarro se detenga en las goteras de la ciudad; avanza con algún grupo de vecinos hasta allá y tras intercambio de razones, en el que se dice medió el ofrecimiento de la cantidad de dinero que el jefe revolucionario pretendía recabar por el saqueo, logró que éste desistiera de sus salvajes propósitos. Algunos cronistas de la época referían que el total de la cantidad propuesta, provino en su totalidad del peculio del hacendado.

Entrevistas entre civilizados y bárbaros, entre curros y pelados, que han permitido definir el curso de la historia a partir del rumbo de las ciudades.

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En días pasados tuvo lugar un encuentro similar, en esta ciudad, desafortunadamente los medios de comunicación no le dieron la difusión debida, y su trasfondo simbólico pasó desapercibido casi por completo. Me refiero a la sostenida entre el alcalde de la capital, Ricardo Gallardo, y el empresario inmobiliario Carlos Gerardo López Medina, gran lotificador del poniente potosino, actividad a la que debe su fortuna y al parecer el más grande deudor de contribuciones catastrales en la ciudad.

Más allá del hecho que refleja, por un lado, la voraz miserabilidad del lotificador exhibido hace algunos meses por el periodista Victoriano Martínez mediante el portal electrónico Proyecto Tábano, y de manera cercana por algunos miembros de la actual legislatura, quienes ante las penurias económicas por las que atraviesa la alcaldía, conminaron a su titular a que actuara y se le obligara a cubrir sus adeudos. Por otro lado, estamos de nueva cuenta frente a un edil de corte servil y calculador, aunque de carácter impositivo en apariencia, que buscando un acercamiento e incluso congraciarse con uno de los más representativos personajes de las élites potosinas, utilizó como pretexto el adeudo para posibilitar un encuentro con el acaudalado evasor.

Más allá de que se hubiera llegado a un acuerdo sobre el pago, que seguro no se dio, ni se dará, el mensaje por parte del Chato López es claro, los alcaldes se acercan a mí en el momento que yo lo decido; es el señor feudal el que determina en qué momento los siervos se acercan a él y se digna a responder su saludo.

Es claro también que Gallardo pretendió utilizar a la figura de López Medina para demostrar su osadía y su valor frente a quien nadie, o al menos ninguno de los últimos alcaldes, tuvo el valor para buscar y solicitarle el pago de los adeudos contraídos con el Ayuntamiento de la capital. De cualquier forma, la realidad es que la entrevista ocurrió porque López Medina lo quiso, no porque fuera importante para él el conocer al alcalde, ni mucho menos regularizar su situación de adeudos o disfrutar los beneficios del buen fin.

El mensaje fue al alcalde a quien hizo ver que es él quien decidirá en qué momento pagar, si es que lo tiene a bien decidir, el adeudo recaudatorio; también es claro que mediante la entrevista ha marcado su distancia y control con y sobre el alcalde; no habrá un nuevo acercamiento a menos que él así lo decida. Vuelven a ser notorios los calificativos de curros y pelados, y el estrato que cada uno de ellos ocupa dentro de la sociedad.

Que cada quien otorgue a cada cual el papel que ocuparon los protagonistas de esta entrevista: alegoría de poder y vasallaje. Chato poder, gallardo vasallaje.