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Cínicos, antipoetas y deconstructores

María del Pilar Torres Anguiano

“Llore, si le parece. Yo por mi parte, me muero de risa”.
Nicanor Parra.

¡Salte! ¡Ya me tienes ‘hasta acá’! Así le gritó un profesor de preparatoria a un muchacho, mientras aventaba con una mano su libro de literatura universal y con la otra golpeaba el escritorio (el profesor, no el alumno). Después se disculpó con el resto de la clase por ‘el exabrupto’, diciendo que no soportaba el cinismo de aquel joven.

Para el Diccionario de la Real Academia de la Lengua, la palabra cínico es un adjetivo propio de una persona que actúa con falsedad o desvergüenza descaradas. También se refiere a una escuela filosófica que nació en Grecia, de la división de los discípulos de Sócrates. Esa acepción es la que ocupo (como dicen en el norte) para referirme en esta ocasión a unas cuantas personas. Antístenes, Diógenes, Menipo y Nicanor (los primeros del siglo IV a. C. y el último de 1914 a 2018 d.C.) también eran cínicos, aunque no del mismo modo que aquel muchacho, cuyo nombre tengo en la punta de la lengua.

El término está relacionado con kyon, que significa ‘perro’, debido a que los filósofos de la escuela cínica se identificaban con algunas de las características atribuidas a los perros, sobre todo, su sencillez y despreocupación. No estoy segura de que sea el mismo grado de identificación que tienen hoy los millennials con sus perrhijos. De algunos cínicos, como Menipo, se decía que su objetivo era hacer sátira sobre las doctrinas contrarias. Pero los cínicos no se quedaron en la antigüedad. Afortunadamente, todavía andan por ahí, satirizando sobre los excesos de la racionalidad. En un mundo obsesionado, tanto con la corrección política como con la imagen y la opinión pública expuestas en las redes sociales, los cínicos son necesarios. Nos vienen muy bien. Uno de ellos, Nicanor Parra, de Chile, deconstruye con su humor negro las diversas significaciones de lo establecido. Deconstruye la poesía y crea la antipoesía.

Deconstruir, esa palabra posmoderna que a los filósofos aristotélico-tomistas tanto saca de quicio, designa a una realidad innegable: la necesidad de la razón de volcarse contra sí misma y sus propios excesos. Lo esencial del deconstruir no es desarmar o destruir, sino descubrir cómo quedan expuestas las distintas significaciones de un mismo objeto; obligarlos a hablarnos y a que den cuenta de su realidad. Paradójicamente, deconstruir es querer comunicar lo difícil que es comunicarse. Se deconstruye para encontrar el significado y encarar el absurdo. El origen de lo absurdo, dice Camus, radica en la tendencia humana de querer fundamentar todo. En el vicio de perseguir constantemente un principio de razón, pensar que todo debe tener una causa que lo explique racionalmente. Necesitamos fundamentarlo todo. Inclusive, las personas nos acostumbramos a pensar que cuando juramos, tenemos que hacerlo siempre en nombre de algo más (por Dios, por la madre; o si no, que un rayo que nos parta) porque nos pensamos suficientes. Mejor encaremos el absurdo de nuestra situación y burlémonos, como algunos cínicos, bajo la premisa de que ningún objeto o situación debe ser rechazado para hacer poesía. Ninguna palabra es indigna del lenguaje poético, pues la poesía está más allá de ellas, de la misma manera que la belleza y la libertad anteceden al intento racional por explicarlas.

En ese contexto surge Nicanor, el antipoeta que logra decir lo máximo con lo mínimo. El término se explica por sí mismo, intentar hacerlo sería un chiste mal contado.

Así, la antipoesía es deconstructiva y se revela contra el abuso de la racionalidad y de los cánones poéticos, proponiendo lo contrario: afrontar la imposibilidad de que todas las cosas tengan un sentido. Solemos postular a priori que todas las cosas tienen un sentido y causa final; teleología, en términos técnicos. Pero para algunos, el sentido es algo alegórico. Nicanor Parra, cínico, deconstructivo y antipoeta, se vuelca contra la dictadura de la razón para plantear la multiplicidad de significados en su obra. Se da cuenta de que un poeta no puede imponer su visión del mundo a sus lectores, porque leer es diseminar cosas al infinito y porque un texto tiene en potencia tantas lecturas y significados, como lectores. Más aún, nunca una lectura abarcará el sentido de la obra, hay que ir renunciando a eso. Él provoca y que cada quien lea como quiera. Juega con el absurdo.

La propia existencia humana incorpora al mundo la categoría del absurdo porque tanto la realidad como la naturaleza, a la que tanto apelamos como criterio de certeza, es inabarcable. Saludos a los que dicen que tal o cual cosa no debe permitirse porque “es antinatural”. Para todo antipoeta que se respete, no existe “lo natural”.

Si la verdad es adecuación del entendimiento con la realidad, y la poesía busca comunicarla, entonces sin un toque de absurdo, la poesía está incompleta. Nicanor asume esa cualidad irreductible y su antipoesía no nos da las respuestas lógicas o estéticas que esperamos, pero sí las que necesitábamos sin saberlo. Porque hay vivencias que solo la poesía puede narrar.

Así era el antipoeta: inclasificable, lírico y burlón. Directo, coloquial, subversivo, franco. Exasperante. Crítico e incoherente. Genial y encantador. Provocador y siempre creativo.

Mientras enuncio las características de Nicanor, me doy cuenta de que en algún momento tal vez dejé de hablar de él, pensando en alguien que también las tenía, casi todas. Alguien que precisamente hoy estaría cumpliendo años, pero ya no, porque partió a otro mundo, deconstruyendo un poco el mío.

@vasconceliana