Letra muerta
5 Febrero, 2015
Urban en el Congreso
5 Febrero, 2015

Circo de focas

Óscar G. Chávez

A l menos hasta el sexenio de José López-Portillo y Pacheco fue espectáculo común y recurrente, observar una tributación desmedida de loas al titular del ejecutivo durante sus comparecencias ante el Congreso de la Unión. Intervención de cualquier tipo en la más inimaginable de las tribunas, bastaba para que fuera recibido o despedido en medio de apoteósicas diatribas y alabanzas a su alta dignidad.

La vieja tradición priísta obligaba a conceptualizar al primer mandatario dentro de un nivel vertical que lo colocaba en la cúspide de la escala. No sólo era el primer priísta de la nación, era también la encarnación del poder omnímodo sintetizado en su persona y en su investidura.

La lenta pluralización partidista en las cámaras legislativas, generó que paulatinamente muchos de las pautas protocolarias de sexenios anteriores se fueran diluyendo frente a la diversidad de ideologías que no necesariamente se identificaban con las de la mayoría del partido oficial.

Todavía es digna de recuerdo, y quedará inserta dentro de los rituales de lo cómico, la delirante acometida de aplausos que se le obsequiaron a José López-Portillo, luego de golpear el atril y derramar su patriótico llanto frente a la amenaza lanzada contra los infames saqueadores del país. Era el primero de septiembre de 1982; ¡Ya nos saquearon, no nos volverán a saquear!, sentenciaba al tiempo que juraba defender el peso como un perro.

Los sexenios subsecuentes, los de Miguel de la Madrid, Carlos Salinas y Ernesto Zedillo, aunque contaron con una fuerte carga de reconocimientos y ovaciones durante sus intervenciones, también enfrentaron de manera recurrente la crítica de la oposición partidista. Quizá el más alto nivel de impopularidad fue el alcanzado por De la Madrid, luego de verse superado por la desorganización enfrentada ante el terremoto de 1985.

Carlos Salinas en 1994 de una manera cínica, acorde al nivel del partido oficial en su momento, y en evidente incomodidad, exclamó ante los dichos perredistas: Ni los veo, ni los oigo. Más su complacencia fue completa al escuchar los aplausos atronadores de sus corifeos, como colofón a su frase.

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Salvo los sexenios presidenciales de Lázaro Cárdenas y su sucesor Manuel Ávila Camacho, los subsecuentes, inaugurados por Miguel Alemán Valdés, fueron tiempos de culto absoluto hacia el titular del ejecutivo. Alabanzas, fastuosismo y oropeles, rondaban permanentemente al titular de la presidencia; no había acto público por breve que fuera, en que cualquiera de los concurrentes no aprovechara la ocasión para presentar sus respetos a aquel que durante un sexenio constituiría la máxima figura de la vida nacional.

Alemán, el iniciador de corruptelas e instaurador del guarurismo, llevó su megalomanía a sobrepasar los límites de la realidad. Su nombre su impuesto a calles y avenidas, no sólo en la ciudad de México, sino también en diversos puntos del país; su país en su momento.

Que todos los mexicanos tengan un cadillac, un puro y un boleto para los toros, fue una de las frases acuñadas por Alemán, quien absorto contemplaba las colosales esculturas que le eran levantadas en algunas de las obras por él inauguradas, durante aquel sexenio en que los políticos se hacían millonarios y los millonarios políticos. Mención especial, por sus dimensiones, merecen la de Ciudad Universitaria y la de la presa Miguel Alemán, en Temazcal, Oaxaca. La primera –de siete y medio metros de altura–, obra de Ignacio Asúnsolo, fue dinamitada en tres ocasiones, la última de ellas –que puso por tierra la representación del togado– en 1966. La segunda aún en pie, admirada ocasionalmente por visitantes extraviados, luce descuidada, agrietada y en el total abandono; permanece olvidada como ese punto de la geografía mexicana.

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Echeverría y López-Portillo, siguieron a Alemán en los desmedidos cultos a la personalidad; el primero quiso proyectarla más allá de su sexenio y más allá de las fronteras de México. Soñaba con liderar los países del tercer mundo –quizá emulando al mariscal Tito frente a los países no alineados–; soñaba con la presidencia de las Naciones Unidas. Nada quedó de aquel folclórico sexenio; la caída personal de Echeverría fue un resumen de su mandato; ambos hoy en el olvido. San Jerónimo, lugar donde aguarda la muerte y espera la indulgencia de la historia.

López-Portillo, su sucesor y heredero en las glorias de una nación acostumbrada a doblegarse ante la omnipotente figura presidencial; mostró desde el inicio de su mandato que él sería el único protagonista del sexenio. Dio la espalda a su antecesor y marcó una total distancia. La atención que dio a su figura personal, contrastó notablemente con la que brindó a la nación que conducía por borrascosos mares; el timonel fue derrotado por la tormenta.

Durante ese sexenio era común observar a los funcionarios emular los actuares de su presidente; la atlética figura de López-Portillo acostumbrada al extenuante ejercicio físico, no dudaba en saltar de templetes de más de dos metros de altura. Huesos lesionados y fracturas dejaba tras de sí. Serviles burócratas lastimados en su orgullo y en su humanidad.

Desplome estrepitoso luego de la conclusión de su encargo presidencial. Acabó sus días en la mansión que se hizo construir, y a la que el decir popular bautizó como la colina del perro. Ladridos y mofas a su paso.

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Formado en la vieja tradición priísta, ajeno a las necesidades renovadoras de su partido, y del país, la autocrática figura de Enrique Peña Nieto ha hecho evidente en reiteradas ocasiones la necesidad de alimentar su deformada u obtusa mentalidad que no alcanza a comprender las manifestaciones de repudio a su persona.

Su ausencia total de sentido de raciocinio y entendimiento ha estado presente en la totalidad de sus actos gubernamentales. La bandera nacional como mero símbolo decorativo en medio de un discurso gris y deslucido, al que dio como lamentable corolario un sincero y lamentable: Ya sé que no aplauden, puede considerarse como un resumen general de su periodo presidencial.

Para él el país y sus habitantes –sus gobernados–, no representan otra cosa que el escenario en que su gobierno de actuares se desarrolla. Desposado con una actriz, pésima por cierto, supo desempeñar hasta el momento de su llegada a la presidencia el papel que les fue fabricado por la televisora oficial. Actores al fin, están acostumbrados a los aplausos que hoy reclaman de una forma lastimera y que no hace otra cosa que evidenciar su bajo nivel de popularidad.

El problema central de las personalidades construidas para afianzarse entre un público de clase media, dominado totalmente por los medios televisivos, es su alejamiento total de la realidad existente en su entorno. El personaje no ha tenido la capacidad de comprender que su papel, el que le fue fabricado para alcanzar la presidencia de la República, ha concluido y debe desprenderse de él.

Necesitado de aceptación, recurre a la recreación de espacios televisivos en donde las cámaras le llevarán a los hogares que le otorgaron el voto que le permitieron alcanzar el triunfo. Sin embargo ha arrastrado en sus histriónicos afanes a su contraparte femenina, que lejos de proporcionarle resultados positivos, no ha hecho sino empantanar la ya de por sí desprestigiada investidura presidencial

La presidencia imperial, definida de una manera precisa por Krauze, ha desaparecido y ha dado paso a un lamentable vodevil, en que los aplausos no son la recompensa esperada por sus actores. El rechazo de sus espectadores es más que evidente; no existe ya un marcador que pueda mostrar cierta aceptación por parte de sus gobernados. Sólo sus cercanos le manifiestan adhesión y esperan la llegada del momento en que pueda recuperarse del fatal descenso. No hay segundas oportunidades; no en este sexenio.

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Quizá nunca se consideró que luego del sexenio de Vicente Fox, la figura presidencial pudiera alcanzar tal nivel de impopularidad y desprestigio como el que se ha generado ahora. Lamentablemente ha sido generada por el mismo presidente y por su más cercano grupo de colaboradores.

La parafernalia necesaria para los actos oficiales ha pasado a segundo término; la imagen central la ocupan personajes de los que se espera cualquier error para ser exhibido y expuesto ante la opinión pública. Es una muestra del nivel de rechazo y desaprobación al que se ha llegado a partir de acciones torpes en totalidad y a la ignorancia total por parte de sus asesores de imagen, si es que éstos existen.

La solicitud y la necesidad de aplausos, son el resumen de la psicología del titular del ejecutivo. Un personaje que necesita afianzar su persona y atrofiada mentalidad en el reconocimiento público; no es por demás el comentario vertido por un individuo carente de personalidad e inseguro de sus actos, es la orden vertida ante la ausencia del alimento que le permita afianzar su ego.

Quizá le vendría bien que en futuras declaraciones ante medios de comunicación, el escenario fuera montado en algún circo acuático en el que la mayor totalidad de asistentes estuviera integrado por mamíferos marinos de la familia de los pinnípedos, focas en lenguaje coloquial. A las que luego de las magistrales intervenciones presidenciales y tras ejecutar sus circenses aplausos, se les pudiera retribuir con una gran cantidad de pescado a manera de recompensa.

Ya los ladridos vertidos contra un ex presidente quedaron en el pasado; sigue en el turno otro a quien se recordará con fócidos aplausos una vez que concluya su encargo. La necesidad del elogio al gusto del egolátrico poder.

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Va una obligada y cordial felicitación a Jaime Nava Noriega por su primer artículo publicado el día de ayer en La Jornada San Luis. El primero de muchos, esperemos.