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Competencia de cínicos

Ignacio Betancourt

Pese al inevitable desencanto que habita en buena parte de los mexicanos, debido a los horrores que de las más diversas maneras se hacen presentes, aún existimos muchos que tratamos de entender el por qué la perseverancia de lo insoportable se mantiene tanto tiempo. Por qué los más justos reclamos son ignorados y el comportamiento de casi todos los poderes termina invariablemente en una burla sangrienta, como eficaz manera de reiterar el casi absoluto poder de la impunidad. Pareciera que los funcionarios compiten por mostrar quién es el más cínico, quién el más prepotente, sin embargo, todos deberíamos tener presente que nada es eterno y que lo terrible del hoy no puede serlo por tiempo indefinido. Devastado el país por la infamia de los depredadores, lo atroz afecta pueblos y ejidos, organizaciones e individuos, pese a ello sabemos que tal brutalidad no puede durar para siempre.

Mejor pensar en la finitud de lo horrible y en nuestro colectivo compromiso para suprimirlo. Hoy más que nunca se requiere una actitud dispuesta a no dejarse aplastar por el aplastante presente (me lo digo a mí mismo para resistir). En un país en donde toda la parafernalia gubernamental (grandes empresarios y burócratas oficiales) se dedica a depredar de las maneras más inimaginables a esa población que por miseria humana o por miseria espiritual o por miseria neta, la mayoría de las veces sólo se limita a soportar toda clase de abusos; a pesar de todo vale la pena no olvidar que aún es posible cambiar al país.

En este contexto, donde el agandalle institucionalizado es costumbre en la cotidianeidad más insultante (con una ciudadanía permisiva y a ratos cómplice) es donde el actuar ciudadano debe incidir y sin distinción de clase social, hacer respetar los más elementales derechos humanos, los mismos que el predominio del horror institucionalizado prácticamente ha desaparecido. Ahora parecieran sólo existir la clase de los depredadores y la clase de los depredados. ¿De qué lado estaremos?

¿Cómo entender, por ejemplo, el que legalmente la transparencia no exista entre los poco sindicatos mexicanos que aún sobreviven al esplendor capitalista? Una muestra innegable lo es el hecho de la oficialización del sindicalismo de protección patronal y la generalización del outsoursing. El investigador del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM Alfredo Sánchez llama un “monstruo legal” a la Reforma Laboral (que “discretamente” instrumente el gobierno federal) porque sólo hace más opaca la actuación de los gremios corporativos empleados por el estado y además vuelve imposible la representatividad real de los trabajadores. ¿Para eso la población paga a diputados y senadores quienes solamente se dedican a obedecer perrunamente lo dispuesto por el señor presidente de nuestra desdichada república? Ahora “legalmente” se permitirá el despido de cualquier trabajador sin justificación alguna (salvo la de las propias leyes patronales), además de establecer para el pago de las indemnizaciones (cuando las haya) no el salario que se recibía al retiro del empleado, sino sólo se entregará lo equivalente a la “unidad de medida y actualización”, lo cual disminuye brutalmente la liquidación.

Afortunadamente la realidad es siempre más imaginativa que la más desmesurada imaginación; por la prensa nos enterarnos de que una de las madres de los cuarenta y tres estudiantes de Ayotzinapa secuestrados por el estado mexicano, falleció. Se llamaba Minerva ¡Bello Guerrero! El azar nos habla de un Guerrero y resultan promisorios los apellidos porque es una forma de reiterar desde el misterio, que el combate contra la más increíble de las depredaciones gubernamentales habrá de continuar; lo azaroso resulta más verdadero que toda la demagogia vertida inmisericordemente a diestra y siniestra. Dice la organización de los padres de hijos desaparecidos que la señora Minerva murió porque: “el tiempo les está cobrando factura, por el desgaste físico y emocional” que les produce la ya larga desaparición de sus hijos, y es verdad, pero la fallecida madre del estudiante de Ayotzinapa se apellidaba: Bello Guerrero.