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Condominio arrabalero

Luis Ricardo Guerrero Romero

En los suburbios vendo condominios. En áreas también periféricas, pero con plusvalía vendo depas, así la gente está acostumbrada. Ser un corredor de viviendas, un vendedor de casas ha sido una experiencia extraña. Hace no muchos días, vendí en la zona del Pedregal un depa modesto, pero con el lujo de la ubicación, los jóvenes que se interesaron por ese espacio al parecer estaban muy doctos, hijos de familias de abolengo, caras limpias, manos tersas, ropa de colores vivos, zapatos y reloj de marca. Eran por así decirlo, una bonita pareja de muñecos, él con una mirada impactante, ella, con una sonrisa decorada con brackets. El pago fue en una sola exhibición. Estaban felices de haber adquirido su cachito de hogar. Su depa, pegado a otros depas, para ellos no era un condominio, sino una residencia. Sí, sé que el tamaño entre un departamento nice y otro de interés social es muy distinto, pero en fin están todos amontonados, no hay una modesta privacidad.

Hoy ese lujoso depa está deshabitado, resultó que la sonrisa alambrada era una scort en secreto, y el joven de la mirada impactante al descubrir la vida de puta de su amada, optó por matarse.

Pero en esa misma semana vendí por otros lares una “casa condominio”, el lugar causaba temor a los habitantes, la colonia era algo “especial”, pero el dinero no alcanza para todos por igual. Causaba terror saber que al llegar a esa casa habrá escasez de algunos servicios básicos, verse interrumpido de las actividades por las tareas de otros sujetos que invaden tu privacidad con cada grito, cada fiesta, cada licuado matutino que alimenta a los niños de la primaria y destruye la paz personal.

Sería terrible y tenebroso subir y bajar escaleras lúgubres e imaginar que los jeroglíficos evolucionaron a las bardas con agresivas manifestaciones de pandillerismo en donde las letras indescifrables se unen a un mutado de humores de cada hogar ensamblado uno encima del otro.

El destino de muchos cubos caseros es la fatalidad del abandono por la falta de servicios, los disturbios que se dejan oír tras pared, la incomodidad de tener 70 años y subir escaleras donde la luz nunca asiste. Los condominios son viviendas sí, pero viviendas sin hogar. El gobierno olvidó apoyar a la gente de a pie y los jóvenes ven como puntos de reunión algunos de estos condominios para los vicios. Familias de 4 o 6 integrantes en un espacio de 4 y 6 metros, hacinados en una civilización del 2018. Vendí ese condominio, a personas no asesinas, no putas, no infieles y humildes, y al parecer aún viven felices allí, la incomodidad queda en segundo plano cuando se tienen valores firmes.

Sin embargo, como vendedor, la palabra condominio para mi experiencia es tenebrosa, pero más terrible es la falta de atención del gobierno hacia esos lugares que desalojados, alojan vicios. El gobierno algo hace muy mal, y eso es amparar a los que tienen, y desamparar a los que no tienen. Las oportunidades que tiene el que procede de familias empresariales son utópicas para el obrero.

Los condominios eran otra cosa en Grecia, existían condominios, pero bien organizados, a estos le llamaban δωμα (dooma), edificio o morada, cuarto o sala, la palabra del griego, pues, sufrió algunos cambios a partir del latín domus. Se puede entender que la palabra condominio deviene de cum-δωμα, condomo˃ condomis˃ condominio. Recordando que la preposición cum, es entendida como compañía, edificios acompañados o casas acompañadas sería la idea primigenia de la palabra condominio.

Asimismo, condominio es una expresión de unir sociedades, consorcios. Además de tener esa acepción, está la de tener corazón de condominio, donde también sería tétrico tener un pedacito, siempre sólo un pedacito, un cacho lamentable de amor.