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Confesiones

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Quiero confesar que he pecado. Confieso que a pesar de haber sido bien educado en las escrituras de la fe, muchas veces he encontrado en ellas respuestas a preguntas que la religión no se ha hecho. Aprendí del Nuevo Testamento que Cristo vino a definir un nuevo pacto entre los hombres y Dios, en el que nos enseñó a no juzgar al prójimo, sino a amarlo; pero creo que he aprendido mal, porque me dicen que muchas personas que yo quiero, que yo respeto y que yo admiro, no son dignos de ser amados, que son unos pecadores y que irán al infierno. Acúsome entonces tener afecto por muchos de esos pecadores, de tener entre mis amigos a gays, a lesbianas, a transexuales, acúsome de creer que lo que hacen en sus vidas debe ser su decisión y sólo de ellos, me acuso de pensar que nadie debería decidir sobre sus cuerpos y sobre sus afectos, me acuso de verlos y pensar que serían unos excelentes padres y unas excelentes madres, me acuso de pensarme en sus bodas ilusionado, de sentir felicidad cuando veo que expresan su amor frente a mí y cuando los llamo por sus nombres, aunque no hayan sido los mismos o del mismo género que los que les dieron sus padres.

Supongo que es pecado el entender mal las palabras de Cristo y yo entiendo que en el evangelio de Juan se nos enseña que el juicio de los hombres, aunque sea coherente con las leyes de Dios, no nos da derecho a oprimir a quien creemos pecador, porque al final todos somos pecadores, y que esto es evidente cuando Cristo exclama “quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra” (Jn 8: 7); pero al escuchar a los ministros de mi religión y de muchas otras me doy cuenta de que según sus dichos estoy equivocado, porque ellos nos enseñan que sí podemos juzgar y apedrear a los quienes nos digan que son pecadores. Tal vez mi pecado más grande sea la soberbia porque entiendo las palabras de Juan de una manera que me parece más precisa que la que he escuchado de los ministros y los obispos en las últimas semanas.

Debo confesar también que algunas palabras del Credo cada vez resuenan menos en mi corazón, en especifico ésas que dicen que la Iglesia es una Santa, porque a pesar de la profunda fe que siento, la fe que mi abuela nos transmitió con tanto amor, la que me fue enseñada durante muchos años en la escuela, la que se le enseña a mi hijo hoy en su educación diaria y que define a toda mi familia, la misma de mis amigos sacerdotes y de mis amigas monjas que tanto aprecio, la fe que me ha llevado trabajar en pastoral desde hace décadas, no es coherente con la que veo en las instituciones religiosas y me acuso de creer que estas instituciones a veces pervierten la palabra de Dios y que por eso ya no sé si creo en la Iglesia, o en sus ministros, aunque crea fielmente en las palabras de Cristo.

Me acuso de disentir con lo que las instituciones religiosas trasmiten cuando convocan a una marcha para limitar los derechos de terceros, porque porque creen que lo que hacen esos terceros es una aberración, y me acuso de creer que muchas veces esos terceros, quienes forman parte de la comunidad LGTBI, están llenos de más amor que la que veo en esas instituciones, y me acuso de creer que la verdadera aberración está en esos actos que no demuestran amor al prójimo, sino una obcecada y muy limitada visión de las palabras de Cristo.

Me acuso de pensar en la parábola del trigo y la cizaña (Mt 13: 24-30) y que al pensar en la cizaña que el enemigo sembró junto con el trigo, pienso en quienes hoy transmiten un mensaje de odio contra quienes han definido una identidad de género o una práctica sexual diferente a la que ellos consideran “normal”, porque aprendí de mi profesión que que esas prácticas han sido tan comunes y han sido definidas de tantas formas a lo largo de la historia, que creo que el pensar en una idea de matrimonio o de familia inamovible no es más que ignorancia de lo que es el hombre, de lo que es el prójimo.

Pero mi confesión final es más grave, porque me acuso de que defenderé a esos hombres y a esas mujeres que algunos llaman “pecadores”, “diferentes” o “anormales”, en contra de las acciones que limiten sus libertades, porque reconozco en ellos a mi prójimo, y que como Cristo hizo con quienes en sus tiempos eran juzgados tan duramente, voy a amarlos y a acompañar la defensa de sus derechos.

Jonatan Gamboa
Jonatan Gamboa
Es el orgulloso papá de Dante, historiador y escritor, catedrático del Tecnológico de Monterrey Campus San Luis Potosí y de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí.