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Darío, el vocero

Óscar G. Chávez

L a muerte del presbítero Darío Pedroza Martínez pareciera que viene a cerrar un ciclo dentro de la arquidiócesis potosina. No me refiero a la conclusión de los ciclos propios de los relevos ideológicos, que pareciera no son necesariamente comunes en los procesos evolutivos de la iglesia católica en general, sino en los relevos generacionales al interior de la misma.

Darío Pedroza que supo romper con los esquemas tradicionales de una generación de sacerdotes en los que se tuvo como elemento común una retórica engolada repleta de latinajos y elevadas citas bíblicas, fue practicante de un lenguaje coloquial apegado a las necesidades inmediatas del pueblo. Su parroquia, ubicada en una zona popular cercana a los mercados, era concurrida los domingos por una feligresía identificada con los sectores populares inmediatos al centro de la ciudad.

Mucho determinó también en la conducción verbal de Pedroza, el haberse desempeñado como encargado de la pastoral penitenciaria durante varios años; conoció, pues, y supo emplear en el momento preciso la palabra llana y cruda, pero también manejar –como pocos dentro del sacerdocio– la picaresca y el sarcasmo, para acercar las bondades del mensaje de su ministerio a un gran número de reclusos y reclusas en los momentos más álgidos de sus condenas.

Tampoco debemos pasar por alto cuando en una de las fuertes crisis políticas que atravesó nuestro estado, y concretamente nuestra ciudad, durante el siglo veinte, fue de los pocos sacerdotes no oficialistas que firmaron un desplegado en el que se manifestaban solidariamente a favor de la democracia en San Luis Potosí, y por ende con la gran mayoría del pueblo.

De la misma manera pudo sortear, torear y responder con gran habilidad, los cuestionamientos de reporteros y entrevistadores ávidos de llevar a los diarios alguna mala respuesta de la fuente diocesana; de ser de otra manera en muchas ocasiones hubiera acabado metido en camisa de once varas. Bastaba leer las versiones impresas de las ruedas de prensa de los lunes, para conocer la capacidad argumentativa del que por muchos años y cuatro prelados se desempeñó como vocero de la curia potosina.

Campechano en el hablar y deshilachado en el vestir, supo hacer creer que se adecuaba a los requerimientos de los reporteros del momento, cuando en realidad era él quien los adecuaba a sus formas y acababan cuestionando lo que él quería que se le cuestionara. En el mismo sentido es fácil comprender que las mismas autoridades eclesiásticas lo conservaron en ese encargo por ser la persona que convenía a las necesidades e intereses de los años que estuvo encargado de esa labor.

Recuerdo, a manera de anécdota, alguna ocasión en que algún reportero le cuestionó sobre la necesidad de desterrar u ocultar a las prostitutas de la zona roja inserta en el primer cuadro de la ciudad, a lo que él respondió “no puedes ni cuidar tus nalgas y quieres cuidar las de ellas”.

* * * * * *

Difícil es suponer cuál hubiera sido su postura durante la crisis de pederastia clerical que enfrentó la iglesia potosina a mediados del año pasado; sin embargo lo más probable es que aunque sus declaraciones hubieran sido de respaldo a la iglesia, nunca hubiera cometido los dislates y las posteriores necesidades de rectificación que a las que tuvo que recurrir el actual vocero.

Fueron los problemas de salud que enfrentaba, y las necesidades propias de la iglesia potosina las que hicieron que Pedroza dejara su labor como vocero y fuera sustituido por un especialista en comunicación. Sin embargo quedó visto al poco tiempo que la experiencia y la simpatía de aquel no iban a ser reemplazadas de una manera fácil por su sucesor.

En este sentido podemos observar que Pedroza fue un personaje que en la medida de las posibilidades de sus lineamientos sacerdotales e institucionales, supo adaptarse medianamente a un encargo encomendado por los dirigentes episcopales de la diócesis; situación que en la actualidad se dificulta ante las posturas rígidas que observa la iglesia potosina.

Como muestra están las declaraciones absurdas y erróneas que de manera recurrente emiten los sacerdotes encargados de las homilías dominicales, principalmente en el delicado tema de la homosexualidad, las que luego de ser publicadas, llevarán su consabida ola de críticas, derivadas de las cuales los emisores tendrán que salir a enmendar plana y señalar que no fue lo que ellos quisieron decir o que se malinterpretaron los dichos.

Estamos frente a una iglesia que no ha sabido adaptarse a las necesidades de una feligresía con nuevos requerimientos y necesidades; que tampoco ha sabido abarcar ni integrar a sus filas, o al menos hacer sentir como parte de ella sin exclusiones, a diversos sectores que pudiéramos considerar vulnerables, pero no de minorías.

Vulnerables en muchas ocasiones por los comentarios de sacerdotes que no han sabido ser incluyentes ni han sabido colocar sin miedo alguno declaraciones a favor de estos grupos, que les guste o no forman parte de ella, por el simple hecho de haber sido incorporados a ella por el sacramento del bautismo.

Recientes declaraciones sacerdotales, hablan de excluir de la iglesia católica, y concretamente de la arquidiócesis potosina, a aquellos sacerdotes que acepten y declaren de una manera pública su homosexualidad, cuando es más que evidente y bien sabido que hay varios de ellos dentro del estado eclesiástico. Una vez más se hacen notorias las prácticas represoras que en materia de naturaleza emplean los sacerdotes; parecieran no considerar que ir contra natura es también ir contra el Dios de amor y tolerancia que predican.