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De homenajes, apropiaciones y ‘white saviors’

Pilar Torres y Regina Ortega

No se debe juzgar un libro por su portada. Pero en cuanto me regalaron Usos rudimentarios de la selva me entusiasmé, porque reconocí el tradicional diseño otomí de los pajaritos: ese tan vistoso y lleno de colores que todos hemos visto. Además, Jordi Soler es uno de mis escritores favoritos. Pero estoy segura de que me dieron ganas de aventar el libro por la ventana cuando vi que la edición de Alfaguara daba crédito a una tal Nora Grosse por la autoría de la ilustración de aquella portada. ¿Cómo que Nora Grosse? No tenía —ni sigo teniendo— idea de quién diablos es Nora Grosse; pero de lo que sí estoy absolutamente segura es de que ese es un plagio de los artesanos de Tenango de Doria, la comunidad otomí.

Como buena tuitera, reclamé airadamente desde la comodidad de mi sillón y hasta firmé la petición de change.org; esa y muchas más. Me peleé con mi amigo Gustavo, especialista en propiedad intelectual, cuando me explicó que, legalmente, no hay ninguna falta; y me dio un montón de razones dentro de la lógica jurídica que mi lógica de activista tuitera no entiende.

Todavía no se me bajaba el coraje de aquello, cuando la prestigiada firma Carolina Herrera anunció con bombo y platillo el lanzamiento de su nueva colección, con diseños de Wes Gordon (¡!), inspirados en los colores y texturas de México. Uno más de los groseros casos de apropiación cultural de gente cuya idea de homenajear a una cultura, radica en enriquecerse a costa suya. Volví a hacer coraje y hasta volví a pelearme con Gustavo a pesar de que él, y no yo, es quien tiene la razón.

Después leí la indignada respuesta de la firma CH, y de otros defensores, que calificaban como “una locura” acusarla de apropiación cultural, porque es un homenaje a México (https://twitter.com/soledadbravo531/status/1138868384249065473).

Con desilusión leí no pocas opiniones, de extranjeros y mexicanos, según las cuales, deberían los indígenas agradecer que tan prestigiada firma llevara sus diseños al nivel más alto de la moda internacional.

Cuando una cultura dominante (como la multimillonaria industria de la moda) toma elementos pertenecientes a una cultura minoritaria (como la indígena), los saca de su propio contexto y los utiliza con fines de lucro, no se llama homenaje, se llama apropiación cultural. Y, aunque no sea ningún delito, es moralmente inaceptable. Esta historia es lo más cotidiano del mundo moderno.

A veces es muy evidente que el mundo es una de esas películas gringas de white saviors: esas en las que el güero es el héroe que lo mismo enseña a los músicos de raza negra cómo salvar el jazz, a las mujeres de la servidumbre a exigir sus derechos civiles, a los nativos norteamericanos a “danzar con lobos”, a los monjes tibetanos a ser mejores… y un largo etcétera.

En la vida real, también debería de haber un lugar reservado en el infierno para quienes creen que, solo con acudir a una comunidad marginada, ya merecen el nobel de la paz. Ya saben, personas probablemente de buen corazón que, desde su cómoda posición de privilegio, llegan a las comunidades marginadas con ideas bien intencionadas, pero mal ejecutadas. Generalmente todo acaba en las selfies que compartirán en sus historias de Instagram —eso sí, con la firme convicción de haber puesto su granito de arena. A manera de burla en las redes les llaman whitexicans, pero tal vez todos, sin darnos cuenta, al menos alguna vez hemos incurrido en eso… y a lo único que hemos contribuido es a hacer un poquito más profundo nuestro narcisismo.

Cuando la persona occidentalizada, casi generalmente blanca, pretende tomar a las culturas originarias como afiches que puede colgar a manera de trofeos, para resaltar su bondad y benevolencia, está realizando un acto en donde se asume a sí mismo como el héroe que rescata al “buen salvaje”, ese que es pobre, desprotegido, marginado e ignorante. Le brinda su luz, sabiduría, compasión y reconocimiento; pero lo que deja de lado es el punto de partida fundamental de la construcción social: el reconocimiento del otro, como su semejante.

Este arquetipo del héroe blanco, se centra en sí mismo, y solo crea acciones encaminadas a dar las “soluciones” que, desde el exterior de su arrogancia, considera las adecuadas para las necesidades y problemáticas de ese otro a quien, directa o indirectamente, considera inferior a él mismo.

Por otro lado, también existe el que no busca “darles la luz o sabiduría”, y que tan solo busca convertir su asistencialismo en una forma de turismo auto complaciente, en donde es él quien debe resaltar como el héroe bondadoso o personaje cool, al elegir la pose fotográfica con los desprotegidos y necesitados del mundo.

Por último, están los que retoman los elementos y artículos de las culturas originarias como meros disfraces que les permitan mostrar en sus contextos su supuesto ser incluyente, intelectual, comprometido con causas sociales, pero que, más allá de eso, no realizan ninguna acción donde reconozcan al otro, sus necesidades o su cultura. Al ser un disfraz, lo mismo da que sea un diseño original Mazahua, una blusa pirata made in China, o un Carolina Herrera.

No hace falta ser radicales, tal vez bastaría con asumir la responsabilidad moral de no propagar imágenes o ideas que refuerzan estereotipos. De no poner nuestras ideas o iniciativas por encima de las comunidades, sus tradiciones y costumbres. De respetar su cultura.

Ya sé que dije que no se debe juzgar un libro por su portada, pero sinceramente me niego a otorgarle el beneficio de la duda a los “carolinos herreras”, porque la industria de la moda es, ante todo, un negocio. No es promoción del arte ni mucho menos homenaje, por muy inspirados en el profundo amor que le tienen a México. Además, algo me dice que, si nos juntáramos unos cuates para hacerles un homenaje inspirado en su “homenaje”, a los de la firma CH no les iba a gustar, ¿o sí?

@vasconceliana/@MProductoras*

*Manos Productoras es un colectivo de mujeres que trabajan bajo los esquemas del comercio justo, promoviendo los derechos humanos y el respeto al medio ambiente.