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De pactos y traiciones

Óscar G. Chávez

R ío de Janeiro, Brasil, Noche Buena de 1932; diecinueve años, diez meses y quince días después. En qué rincón del tiempo nos aguardas,/ desde qué pliegue de la luz nos miras? / ¿Adónde estás, varón de siete llagas, / sangre manando en la mitad del día? / Febrero de Caín y de metralla: / humean los cadáveres en pila. / Los estribos y riendas olvidabas / y, Cristo militar, te nos morías… / Desde entonces mi noche tiene voces, / huésped mi soledad, gusto mi llanto. / Y si seguí viviendo desde entonces / es porque en mí te llevo, en mí te salvo, / y me hago adelantar como a empellones, / en el afán de poseerte tanto.

La sombra del padre; el peso de la figura que nos marca durante toda nuestra existencia. Mientras la madre define nuestra emotividad personal, el padre es quien enseña la ley, quien transmite la connotación masculina de la esencia particular del individuo. Nunca, o difícilmente el hijo podrá liberarse de la figura más admirada o más temida de la infancia; la madre forma, el padre define.

Bernardo Reyes, el general golpista de la Soledad; amanecer y crepúsculo en la obra de Alfonso Reyes. La sangre del padre como rúbrica en la obra creadora del hijo; explosivos cabos de su frágil y sensible naturaleza literaria. Imposible escapar del recuerdo del militar arremetiendo –a galope–, contra Palacio Nacional; las ráfagas de metralla esparcida por las tropas defensoras comandadas por Lauro Villar, el último leal, contra los asaltantes a la secular fortaleza, hacen blanco preciso en la humanidad de Reyes. El primero en ser abatido; el primer y último recuerdo del gran polígrafo mexicano. El padre en la memoria.

El asalto al Palacio Nacional, sede del poder presidencial detentado legalmente por Francisco Ignacio Madero, forma parte de los sucesos recordados coloquialmente como Decena Trágica. Difícil pasar por alto los días comprendidos entre el 9 y el 18 de febrero de 1913; es abierta la caja de Pandora, la traición sienta sus reales y se consolida como rúbrica común del actuar en esos años. La espuria era del terror huertista.

La asunción –que no ascensión– de Huerta al poder, fue posible gracias al respaldo del nefasto embajador de los Estados Unidos en México, Henry Lane Wilson. Sangre mexicana empapó una vez más las páginas de la historia, derivado del nefasto intervencionismo yanqui.

Ignorante del primordial papel que jugaba en el tejido de la traición contra su marido, Sara Pérez busca protección con el embajador estadounidense, quien lejos de presentar una faceta de cordialidad y respeto que matizara su vil actuar, deshonrando las elementales caballerosidad, cortesía y diplomacia, arremete contra la persona de Madero señalando que Madero debió consultarlo respecto a las directrices que debió tomar su gobierno. Prestó oídos sordos a las súplicas de la atribulada mujer, al tiempo que la reconvenía sobre la necesidad de recluir a Madero en un manicomio.

Manuel Márquez-Sterling y Loret de Mola, digno embajador de Cuba en México, acertadamente describiría al diplomático estadounidense como un hombre que hablaba lo que debía callar y callaba lo que debía decir; el hombre más indiscreto concebible.

La cuota de sangre exigida por los ídolos sedientos, fue cubierta con la vertida por el presidente Madero y el vicepresidente Pino Suárez; Basso, Oviedo y Gustavo, hermano del presidente, también contribuyeron, en medio de bárbaros suplicios, a apaciguar las ansias de sangre y poder del chacal Huerta. La traición sentó sus reales; el poder legalmente constituido fue entregado al dipsómano usurpador.

Pocos personajes en la historia de México han merecido el repudio generalizado de los estudiosos; escasos fueron los corifeos que hicieron apología del indigno militar quien acabaría su vida consumida por la cirrosis en una húmeda cárcel estadounidense. Mal paga el diablo a quien le sirve.

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Días aciagos aquellos de febrero de 1913. Un pacto de traición y sangre enturbió las posibilidades de cambio que tres años antes habían absorbido los esfuerzos de Madero.

Un nuevo pacto al parecer, también ha sido rubricado en las antesalas del poder; pareciera que San Luis Potosí será entregado de nueva cuenta al gobierno de la corrupción y la anarquía; inestabilidad y negación al triunfo de la democracia. Todo indica que una vez más, un candidato priísta en apariencia ocupará la gubernatura luego del proceso electoral que este año se realizará en el Estado.

Ninguna garantía ofrecen los candidatos de oposición. Pareciera que los dados han sido cargados desde origen para garantizar el encumbramiento por otros seis años de un personaje carente de ideología, y aunque en algunos momentos ha ejercido como funcionario en las filas del partido que hoy lo promueve, en el pasado no vaciló en incorporarse al servicio de un partido que le debería ser ajeno y opuesto. Como tampoco vaciló en algún momento, en levantar la mano del entonces candidato panista Felipe Calderón. Recompensa a la vieja usanza, una dirección federal.

Carreras, por sus vínculos añejos con el grupo silvanietista, puede ser ubicado dentro de las corrientes desideologizadas del Revolucionario Institucional, en el que camaleónicamente se adecúan al entorno político que garantice su posicionamiento y permanencia dentro del mismo partido. De origen pareciera que él era el candidato esperado por la presidencia del PRI en el estado; pronunciada voz en cuello, la frase recipendaria y absolutoria: la puerta está abierta incluso para aquellos que en algún momento levantaron manos enemigas.

La falta de dominio de los viejos lenguajes priistas, de los códigos no escritos formulados por el poder, desvió atenciones y nadie consideró en ese momento la posibilidad de consolidarse como el hombre fuerte del proceso electoral, al hasta ese momento secretario de Educación estatal. Ciertamente, a mediados del sexenio torancista, algunos lo consideraban como una posibilidad viable, pero al poco se diluyó la expectativa.

Los vínculos de Carreras con el poder, y con la sociedad potosina, son los que dificultan considerar el triunfo de otro candidato que no sea él. Las propuestas de la oposición, al margen de su flaqueza en desempeño y trayectoria, parecieran consolidar la idea de la victoria para el candidato del Revolucionario Institucional.

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Las nebulosas figuras de los precandidatos emergidos de Acción Nacional, no garantizan en absoluto el triunfo de esta organización política. Octavio Pedroza, la única carta fuerte en su momento, y que ofrecía la posibilidad de un triunfo razonado por parte de los votantes, fue sacrificado para permitir la llegada de miembros apadrinados por grupos centralistas del mismo partido.

Las figuras de los dos ex alcaldes son las de personajes sin ningún futuro promisorio, ya no digamos en la política local, sino dentro de su mismo partido. Si partimos del coloquial adagio santo que no se ve, no se venera, nos encontraríamos frente a un Mario Leal totalmente desvinculado del entorno en el que pudo haber sido carta fuerte, de haber permanecido dentro de él; sin embargo apostó por la trayectoria diplomática por designación. Lejos de ser considerado un diplomático de carrera, en sus designaciones pareciera haber mediado la recompensa a algún grupo político.

Sus estancias diplomáticas en Hong Kong y Chile, ocurrieron sin mayor gloria y más cercanas al drama que en algún momento generó la desaparición de su hijo, que al poco se supo que sus andanzas juveniles fueron las que lo alejaron del hogar.

Alejandro Zapata, quien hace un sexenio pudo ser considerado la esperanza azul en San Luis Potosí, y cuyo papel como alcalde de la capital había sido bastante encomiable, fue inmolado por ser persona ajena a los intereses del anterior gobernador. Era el preámbulo de la muerte política, de la que fue rescatado por Gustavo Madero, nuevo cacique albiazul; sin embargo su participación en el escándalo mediático de las jolgoriosas sexoservidoras en Villa Balboa, asestó la puntilla que lo convirtió en cadáver político. Escarnio y burla a la gran familia potosina.

La figura femenina de la senadora Sonia Mendoza, aportada quizá, más por cuestiones de género que de capacidades, es la de una panista con trayectoria de más de veinte años. Encomiable ascenso propio de la cultura política del esfuerzo; no es –pese a lo anterior– una figura cuya trayectoria y habilidad políticas puedan ser reconocidas ampliamente por la sociedad potosina.

Analizando este caso sin mayor apasionamiento, y desde la objetividad total que merece la mentalidad característica de los potosinos, no existen los elementos culturales que permitan la llegada de este personaje a la gubernatura del estado. Razones de fondo no manifiestas derivadas de subconscientes atavismos, son las que imperan en la selección subconsciente que se hace sobre los candidatos al momento de ejercer el voto.

En definitiva, la trayectoria política, que en muchas ocasiones no implica imagen y popularidad, no favorecen los intereses de la candidata; que de ser realista y objetiva, debería aterrizar sus energías en el campo del sensato razonamiento, y considerar que su única expectativa de triunfo, podría ser, aunque no lejana de esfuerzos, la alcaldía de Matehuala.

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La fragmentada izquierda atraviesa por un panorama todavía más sórdido y deplorable; las figuras que en algún momento han repuntado para representar esta opción, en los tres casos que pueden mencionarse, son las de personajes desideologizados, cuyo único objetivo es el protagonismo político o el incremento de la red clientelar que han estructurado en torno a ellos. El caso del ex edil soledense, un joven y populista político de mentalidad enturbiada por los afanes protagónicos; es el de un sujeto que ha perdido el piso de la realidad y consideró en realidad que tenía fuertes posibilidades de alcanzar la gubernatura. Al igual que en el caso anterior, su cortedad de visión no le permitió considerar que su única posibilidad real de triunfo, era la de una diputación por el distrito que comprende su antiguo prebostazgo. Políticos pueblerinos de relumbrón ocasional.

Las pugnas perredistas, y obscuros pactos políticos, han hecho permisible el coqueteo con dos personajes emergidos del resentimiento partidista por haber sido en su momento rechazados para alcanzar sus intereses. Eugenio Govea Arcos, formado dentro de la ideología panista, y amparado hoy por su parentesco con la mujer fuerte del PRD, Amalia García, pareciera buscar alcanzar a toda costa la ansiada candidatura; en esta ocasión, sin embargo, lejos de hallar el campo libre, se tendrá que enfrentar al capital económico y político que ha formado a su alrededor el resentido tránsfuga priista Fernando Pérez Espinosa.

Nada garantiza el triunfo de la oposición, de nueva cuenta la gubernatura será entregada al partido en el poder: el mismo PRI de siempre. Pese a la batalla en las urnas, el personaje ya ha sido elegido; pactos a la usanza antigua, propios de épocas espurias y de anarquía, posibilitarán su encumbramiento. De nuevo la negación a la democracia, a partir de la selección de personajes que nada representarán para los votantes. Elección de estado.