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El imbatible pandillerismo capitalino

Ayotzinapa

Carlos López Torres

L os chavos que transitaban por la avenida Salk detuvieron su andar al verse copados por el operativo. De una de las patrullas descendió el uniformado quien de inmediato en tono golpeado exigió a los desconcertados jóvenes su identificación, misma de la que tomó los datos más importantes: nombres y domicilios.

Acto seguido bajaron otros tres guardianes del orden para cachear a los “sospechosos”, advertidos de que si no accedían a entregar dinero, celulares y cuanta pertenencia se les ocurriera llevarse a los cuicos serían acusados mínimamente de resistencia de particulares.

Una última advertencia: no se le ocurra denunciarnos, ni a ustedes ni a sus familiares, porque ya tenemos sus nombres y domicilios. ¡Pórtense bien cabrones y no les pasará nada!

El relato de uno de los afectados estuvo acompañado de la siguiente reflexión: “los pandilleros por lo menos te dan chance de que les sueltes algo, pero los polis te bajan todo, hasta la ropa si está buena y es de marca”.

La explicación del jefe Calvario Ramírez de que sólo hay 10 remisiones en barandilla por semana de jóvenes presuntamente pandilleros habrá que buscarla en el modus operandi de los cuerpos de seguridad y no otro tipo de conjeturas de corte policiaco.

Sólo en la capital potosina existen 380 pandillas registradas por la fuerza policiaca municipal, sin que hasta ahora se conozca un plan integral que permita visualizar las verdaderas causas del crecimiento incesante del fenómeno del pandillerismo, que incluye cada vez más a menores de 10 años.

Aunque el jefe Arturo Calvario Ramírez, a falta de un diagnóstico preciso, que vaya más allá del reconocimiento cuantitativo del problema, cuya cifra más abultada se concentra en la zona sur de la ciudad con un 60 por ciento de pandillas del total reconocido, habla preferentemente de operativos conjuntos con otras corporaciones de seguridad, el Ejército y la Marina, lo cierto es que la cifra de 10 presentaciones en barandilla por semana de integrantes de algunas de las 380 pandillas, da cuenta de la inutilidad de la estrategia de combate puesta en práctica hasta ahora por la Dirección General de Seguridad Pública Municipal.

Sobre todo si, como está suficientemente demostrado, las llamadas fuerzas del orden han escalado en su descomposición, a partir de su vinculación con la delincuencia o en su conversión en delincuentes con uniforme, aunque como en el caso relatado los atracos no sean cuantiosos, ni se produzcan episodios de violencia extrema.

Sin embargo, al decir de la Comisión Estatal de Derechos Humanos, la tortura y los malos tratos van a la alza entre las corporaciones, según algunas denuncias investigadas por la propia CEDH en diferentes municipios de la entidad, incluyendo la capital.

Lo cierto es que estos hechos que afectan a miles de niños y jóvenes capitalinos, cuya problemática tiene que ver con la complejidad de problemas económico-sociales prácticamente invisibles para quienes están más preocupados por brincar a otro huesito, o convertirse mínimamente en pensionados para continuar viviendo del presupuesto, van en aumento, como también va en aumento la corrupción y el descontento social.

JSL
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