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Del KKK al CCC

Guillermo Luévano Bustamante

El filósofo Slavoj Žižek publicó hace unos años un provocador ensayo que se titula En defensa de la intolerancia en el que básicamente denuncia que el discurso de la racionalidad liberal de la modernidad ha despolitizado el debate sobre el funcionamiento del sistema económico. Con un discurso por la tolerancia y el respeto al multiculturalismo, el neocolonialismo que propugna por universalismos desarma las posiciones disidentes al acusarlas precisamente de intolerantes.

Un fenómeno semejante se ha hecho presente en el campo de batalla de los derechos humanos. Es común presenciar a elites políticas, núcleos empresariales, grupos de poder asumiéndose como víctimas de las disputas en las que se les denuncia y se combaten las opresiones que ejercen, y usar ese supuesto argumento para pronunciarse contra el reconocimiento de los derechos de subjetividades y poblaciones vulneradas o excluidas del estatuto pleno de la ciudadanía política. Y parece que el discurso de los derechos humanos diera para eso y más. Y no, no es así. Los derechos humanos no han de servir para preservar formas de dominación y opresión, sino en todo caso para contenerlas y para emancipar a las poblaciones y personas excluidas y violentadas.

No es igual la lucha de ciertas personas o movimientos por el reconocimiento de un derecho-libertad propio, que las movilizaciones de organismos que se pronuncian por la restricción del derecho de otras personas, que se configura como un derecho-poder.

Un derecho que amplía las libertades de quien lo reivindica tiene legitimidad en tanto que busca escapar de un estado de invisibilización, exclusión y desplazamiento político y jurídico. En cambio, las arengas de grupos y sujetos que se pronuncian por negar libertades civiles, políticas y sociales de otras personas, aunque se funden en argumentos pretendidamente jurídicos, serán en todo caso una reproducción de formas de poder y de violencia política. Ya lo he dicho antes: la libertad de expresión no contempla el derecho a violentar, a ofender, a discriminar.

Hace unos días, un grupo que se hace llamar “Consejo Coordinador Ciudadano” ha emprendido en la ciudad de San Luis Potosí una campaña mediática para oponerse al eventual reconocimiento jurídico del derecho al matrimonio a las parejas del mismo sexo. Han llegado al absurdo de postular la defensa del “matrimonio natural”, figura retórica o licencia poética que no tiene concordancia con ninguna institución familiar existente en la historia de la humanidad, como lo ha demostrado desde sus orígenes la antropología social: todas las formas de organización social, política, incluida la familia, han sido construcciones culturales e históricas. Pero al CCC parecen no importarle los argumentos antropológicos, tal como han desestimado el constructo crítico de los derechos humanos para sustituirlo en cambio por un discurso perversamente deformado a contentillo con supuestas bases jurídicas.

La posición de Žižek, en defensa de la intolerancia, implicaría entonces dejar de aguantar que grupos como el “Consejo Coordinador Ciudadano”, homofóbico y sexista, por decir lo menos, se escude en un lenguaje pretendidamente armonioso y cordial para encubrir, por encimita, su discurso de odio y exclusión. No es inocente su participación activa en la batalla de negar derechos. Han incluso transgredido la barrera de los dichos y han agredido verbal y físicamente a activistas por el reconocimiento a los derechos de la población lésbica gay bisexual transexual transgénero trasvesti e intersexual. El fin de semana, en la realización de manifestaciones públicas a favor y en contra del tema, uno de los representantes del CCC agredió al activista LGBTTTI Paul Ibarra.

Entre los membretes que respaldan la convocatoria a la manifestación por “la familia natural” destacan dos universidades, la San Pablo y la Vasco de Quiroga, con dicha anuencia me hacen desconfiar fundadamente de su formación educativa, pudiera pensar de forma válida que enseñan “creacionismo” en sus aulas, en vez de evolucionismo.

Hay que denunciar públicamente el discurso de odio de los grupos que niegan derechos humanos, porque su actuación no es inocente, pone en riesgo a activistas y a las personas LGBTTTI. Hay que condenar los hechos y los dichos del CCC, de sus aliados abajofirmantes de los desplegados que han publicado, que si no se deslindan significa que los respaldan, la Confederación Patronal de la República Mexicana, por ejemplo.

El CCC, como parodia involuntaria del Ku Klux Klan, sería gracioso si no encubriera bajo su lenguaje místico y piadoso un discurso de odio, exclusión y discriminación, que es inadmisible.

(El cartonista del periódico Pulso. Diario de San Luis publicó ayer un magnífico cartón con esta misma idea, haciendo un comparativo entre el KKK y el CCC, se la tomo prestada porque la comparación se antoja sumamente ilustrativa)

Twitter: @guillerluevano

Guillermo Luévano
Guillermo Luévano
Doctor en Ciencias Sociales, Profesor Investigador en la UASLP, SNI, columnista en La Jornada San Luis.