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Derecho a la protesta y violencia de Estado

Renata Terrazas

El derecho a la protesta ha sido fuertemente atacado en años recientes en todo el mundo con intentos de regulación que parecen más limitaciones y violaciones al derecho legalizadas.

Sus ataques provienen también de la movilización de fuerzas policiales para la represión de quienes toman las calles exigiendo justicia, es el Estado respondiendo a grupos vulnerados con el brazo represor y eliminando la posibilidad de diálogo.

La facilidad e impunidad con la que las autoridades responden violentamente a las manifestaciones se lleva a cabo en un ambiente de permisibilidad por sociedades que se muestran cada vez más hartas de quienes atentan con su derecho a transitar por las calles y quienes con un desdén digno de citadinos privilegiados, rechazan la validez de las demandas sociales, –y aquí surge un tema preocupante, cuando al interior de la sociedad comenzamos a identificar lo que es válido y no para ser llevado a las calles–.

El caos vial derivado de la toma de las calles (caos producto del exceso de automóviles y la falta de transporte público, en su mayoría) sirve de perfecto pretexto para que cada vez más voces comiencen a apoyar la regulación del derecho a la protesta, el cual se va integrando en paquetes de leyes de movilidad u ordenamientos viales.

Si bien el argumento del choque de derechos es válido –mi derecho a transitar libremente por las calles con tu derecho a exigir justicia por tus desaparecidos–, hay que señalar que el choque de derechos es algo cotidiano en sociedades que pretenden ser democráticas. Día a día las acciones de cada individuo se ven limitadas por los derechos de los demás habitantes de nuestras ciudades. Sin embargo, la lectura del derecho a la protesta como limitante del ejercicio de otros derechos, digamos, el de la movilidad, debe realizarse a los ojos de una sociedad desigual y bajo una óptica que nos permita identificar la relación del derecho a la protesta con la garantía de otros derechos.

El derecho a la protesta no es un derecho más, es un derecho que permite garantizar otros derechos. Las personas que se lanzan a las calles, que se manifiestan, que ejercen su libertad de expresión, no lo hacen por el mero ejercicio de expresar su opinión. Detrás de cada manifestación hay una injusticia, un derecho violado, un Estado ausente que está siendo llamado para garantizar un derecho, para reparar un daño, y éste puede ser por temas de desaparecidos, homicidios, parquímetros, talas de árboles o cualquier asunto que las sociedades consideremos deba ser llevado a la arena pública.

La respuesta de los estados democráticos a las exigencias de sociedades que se vuelcan a las calles no puede ser la violencia mediante la movilización de fuerzas policiales. En una sociedad democrática el diálogo debe privilegiar la interacción entre las sociedades y sus autoridades.

La protesta evidencia un conflicto dentro de una comunidad política el cual debe ser resuelto bajo estándares de derechos humanos. Detrás de cada protesta hay un derecho en riesgo, una comunidad en conflicto, una exigencia de respuesta.

Esta semana Veracruz fue el ejemplo de una respuesta autoritaria, carente de perspectiva de derechos, hacia la exigencia de un grupo de jubilados que tomaron las calles por la falta de pago de sus pensiones desde noviembre.

El grupo de jubilados, en el ejercicio de su derecho a protestar, evidenció la flagrante violación a sus derechos laborales y sociales por parte del estado de Veracruz, el cual respondió con represión, sumiendo todavía más a Veracruz en el fango del autoritarismo.

La respuesta de la sociedad a esos hecho debe ser condenatoria, porque no podemos quedarnos con los brazos cruzados cuando a la exigencia de justicia se le responde con el tolete y la macana. No debemos olvidar jamás que en Veracruz las voces se pretenden apagar con balas y macanas. La violencia en ese estado es institucionalizada, el miedo es hacia el narco y hacia un gobernador que opera como capo.

* Investigadora de Fundar, Centro de Análisis e Investigación