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Derramar en el lecho

Luis Ricardo Guerrero Romero

De entre todos los sujetos que Erasmo Imbernón llegó a tratar en su viaje a México, le sorprendió el comportamiento del portero de la colonia en donde albergó. Aquel hombre para Imbernón era poco menos que deshonesto, oportunista, egoísta, era uno de esos tantos tipos que por desgracia siguen reproduciéndose. Como a Erasmo se le había educado en los altos valores nórdicos, le fue sencillo antes de irse de esta ciudad, acercarse al celador y diagnosticarlo con el síndrome de Procrustes (nombre original del griego) o bien, como se conoce en el argot propio: síndrome de Procusto.

Aquel pseudo centinela de una prestigiosa privada no tuvo más remedio que entretenerse a la vez de apurarse de lo que el médico de visita le había dicho, un tanto espantado, pero también con rabia se dedicó a investigar tal anomalía que el galeno observó en él. Luego de un par se semanas, el hombre del cual hablamos aquí, no amaneció con vida en aquella reducida cabina de vigilancia, al parecer la pena, al tiempo de la toma de conciencia pudo más que sus ganas de seguir envidiando las vidas de los demás. Yo le reporté tal noticia a mi colega Imbernón, justo antes de colgar por Skype a lo que él me respondió: —no me siento culpable por haber ayudado al mundo, ya estará en su lecho de muerte tu velador obstinado.

Nada lo que se dijo tuviera sentido en mi vida, pero aquel hombre que descansa en su lecho me había ensañado a decir papá y por desgracia también me educó en la venganza, y hace no más de tres horas que Erasmo Imbernón lo acabó de entender. Al fin de cuentas, a todos nos llega nuestro lecho perpetuo.

Lamentable es la historia que concluye con las muertes en sus lechos, como a todos nos ha de pasar. Pero hay mentes que pueden acelerar tal asunto, y hay otras mentes que ejecutan a la vida. Como lo hacía en la mitología el propio Procusto, quizá el primer descuartizador, matancero caprichoso. La forma de matar para él era sencilla, su mayor y más fuerte arma: una cama, el lecho de muerte

Lecho, es una palabra de las enlistadas a mi juicio que se quedó reposando en el pasado, casi direccionándose al terreno de los arcaísmos. Pues según mi humilde percepción lingüística, hay un mínimo de hablantes que emplean lecho en lugar de cama, o catre. Siendo este sustantivo tal vez exclusivo para las dos acciones más bajas y carnales del ser humano: lecho de muerte (fallecer), lecho de pasión (copular). Fue la voz λεχος (leshos> lectus (latín)> lecho) lo que originó nuestro como lecho. Según se conoce en Roma era en el mueble lectus en donde las personas se ponían a comer, pero también a leer, ya sabemos que, el verbo leer viene de la idea de recoger con la mirada, de comerse con los ojos las palabras, así que ese lectus sigue implicado con el acto de alimentarse en un lugar, en el lecho.

Hoy parecer ser que hay lechos para toda clase de antojos, los lechos más cómodos son lo propios, los del hogar, y los lechos más incómodos, los que copian a los de Procusto, donde a nadie le damos gusto.