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Crisis de régimen
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El descaro como decisión pública

capital

Héctor Alonso

En México la clase política no vive como el grueso de la mayoría. Para demostrar este axioma basta observar con atención los privilegios que tienen los políticos y altos funcionarios públicos, los cuales se pagan con los impuestos cobrados a todos los ciudadanos y que esta élite política se aferra a conservar.

En medio de la muy justificada inconformidad social y la evidente y latente crisis de legitimidad política que provocó el gasolinazo, vemos como en nuestro entorno local, en SLP, la clase política defiende sus privilegios y gastos desmedidos con un total descaro y cinismo público. Pues con toda desvergüenza desde la crisis del desabasto de combustible en las gasolineras del estado que se sufrió en diciembre del año pasado, el Gobernador Carreras se paseaba en su helicóptero y asistió a una fiesta de XV años gastando miles y miles de pesos en el combustible de su helicóptero y minimizando las quejas de los ciudadanos que esperaban por horas las pipas de abasto Pemex.

Por si esto no fuera demasiado, el 9 de enero de 2017 la ignominiosa LXVI Legislatura del estado de SLP aprobó una millonaria compra de coches para uso de los 27 Diputados[1]. Para ser precisos, se gastaron 6 millones 200 mil pesos en renovar el parque vehicular del Congreso, argumentando tonterías como el que los coches que se iban a sustituir estaban ya muy desgastados. En medio del incendio público y la rabia de trabajadores que no pueden costear con su gasto los ya caros productos de la canasta básica y mucho menos pensar en mantener un coche, los desvergonzados diputados potosinos -cual Nerón al ver a Roma arder- echan más leña al fuego tomando la atrevida decisión de comprar nuevos vehículos.

Ya no se trata de que las prioridades de política estén mal tomadas, de que se decidan cosas menores y se dejen a un lado las mayores, esta vez se trata de que los principios que orientan a la mayoría de la clase política, son principios egoístas, que ven primero por su beneficio y luego por el beneficio de la mayoría que los votó para que tomen decisiones de poder político. Cuando esto pasa el régimen político se corroe y se pudre. Puede llamarse democrático en el discurso, pero en la práctica es cleptocrático, la clase política se comporta como una cacocracia;  pues no solo se gasta mal el dinero de todos, lo desvían, lo roban, la clase política se vuelve cínica y mentirosa. Y la mentira por lo general -y también aplica a la política- es un vil robo. Porque nos roban como ciudadanos el derecho a saber la verdad de porqué se toman las decisiones que se toman y porqué se gasta tan mal el presupuesto que tienen a su disposición. La rendición de cuentas se elude con retóricas burocráticas y se evade por todos los medios.

Aunado a esto, el descaro también se nota cuando los políticos utilizan con toda saña el momento de crisis para aparentar que ellos se lavan las manos y que están con el pueblo, con los trabajadores. Pues no les importa que a pesar de que ellos hayan apoyado y votado a favor de la tramposa y mal diseñada reforma energética, ahora hasta se solidaricen y regalen vales de gasolina, violando de forma flagrante los principios electorales y lucrando en términos políticos con la desesperación de la gente. Por cierto, hasta ahora los carísimos y flamboyanes funcionarios del INE que también forman parte de esa clase política millonaria, no se han manifestado respecto a esa violación electoral de que varios diputados se hagan una promoción tan asquerosa regalando vales de gasolina.

Le pido al lector me dispense el excesivo uso de adjetivos negativos en este texto, pero la indignación lo requiere. También es requerido que denunciemos a esa clase política que nos sale tan cara y es tan mala a la hora de entregar resultados. Ahora más que nunca es necesaria que toda esa indignación y coraje pase a la acción política desde la arena cívica. Es muy necesario salir a manifestar nuestro descontento, pero lo es aún más traducirlo en una demanda de cambio al sistema político, porque las razones sobran.  No solo es el gasolinazo. Aunque este hace presente una coyuntura que desenmascara la lista de agravios que la clase política insiste en seguirle haciendo a las mayorías.

En este orden de ideas, no es para nada sorpresivo el enojo popular. La política es una cuestión de símbolos y de intenciones. Los actos, los hechos dicen más que las meras palabras. Y como hace notar Mauricio Merino[2], en esta crisis el ciudadano solo sabe que su ingreso no se ha mejorado en más de veinte años y que vale aún menos con la escalada inflacionaria provocada por la decisión política tomada sobre el precio de las gasolinas. En síntesis, no ganamos mejor y nos alcanza para menos. Además la clase política se niega a vivir como los demás, eso en cualquier sistema político es motivo de exigir un cambio acompañado de varias dimisiones.

Tal como dijo Enrique Peña Nieto: “se acabó la gallina de los huevos de oro”. Pero se le acabó a toda esa clase política tan cínica y desvergonzada que no tiene congruencia con cómo vive la mayoría. A falta de esa gallina que de huevos de oro, ahora la gallina somos nosotros y los huevos de oro se recolectarán vía impuestos al consumo, a los productos y a los servicios, para seguir financiando a políticos ineficientes y seguirles pagando sus lujos. ¿No enfurece esto?

Enfurece y mucho. Pero los vientos cambian y ahora –en medio de la zozobra– hay una muy buena noticia. Y esta es que tenemos el momento político en nuestras manos. No está por primera vez en mucho tiempo en manos de ellos. Está en manos de todos los que nos indignamos y padecemos por las malas decisiones políticas y ahora nosotros seremos la balanza que los tumbe del poder y coloque a personas más congruentes para tomar decisiones. En consecuencia, es válido protestar, pues es muy necesario hacerle saber a esa clase política descarada que no se tolerarán más oprobios. Pero ahora de nosotros depende el que en efecto comience un cambio político distinto a lo que se ha hecho treinta años seguidos.

Canalicemos la rabia en ideas. En una equivalencia que todos entendamos. Más allá de la muy necesaria tarea de exigir replantear la política energética nacional, exijamos que se combata con hechos lo que duele y enoja: la corrupción, la impunidad y la falta de posibilidades de mejorar la calidad de vida.

Reclamemos demandas que se conviertan en principios públicos distintos a los que se han practicado hasta ahora: es tiempo de exigir Honestidad, Justicia e Igualdad. Quien no garantice con hechos  estos tres aspectos no se merece el voto en el 2018.

[1] http://www.jornada.unam.mx/2017/01/09/estados/028n1est

[2] http://www.eluniversal.com.mx/entrada-de-opinion/articulo/mauricio-merino/nacion/2017/01/4/la-gota-que-derramo-el-vaso

Hector Alonso Vázquez
Hector Alonso Vázquez
Politólogo por la UCEM; Candidato a Maestro en Asuntos Politicos y Políticas Públicas, por el COLSAN.