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Despotismo y cerrazón en el Ceart

Ignacio Betancourt

S alir a caminar por las calles del centro de la capital potosina actualmente es la incursión por una especie de Corte de los milagros, poblada de amplia diversidad de menesterosos: mujeres ancianas y solitarias caminan hablando con seres invisibles o quizá consigo mismas (muy probablemente ya no pueden atenderlas en sus casas ni comprarles los medicamentos necesarios), muchos hombres maduros con ropa limpia y una extraña dignidad piden una moneda para el pasaje del camión; ciegos, cojos o mancos entonan melodías desvencijadas mientras aguardan por una moneda; ancianos con saxofones, niños y niñas con acordeones, jóvenes con guitarras, enfermos con maracas en silla de ruedas, personas con problemas mentales bailan y tararean canciones indescifrables, soldados y policías merodean entre los caminantes mientras el número de víctimas sociales crece a la misma velocidad en que crece la desvergüenza gubernamental, mi país se hunde en la miseria más boyante en tanto gobiernos federales, estatales y municipales ineptos (la ineptitud es otra forma de la criminalidad) e impunes se llenan de billetes el corazón (su corazón tiene bolsillos) y el alma se les pudre con crimenes inenarrables, todo bajo la protección de la ley y en cumplimiento del orden establecido por los más corruptos.

Mientras la deuda del sector público del gobierno de quien hasta los calcetines se pone al revés crece un treinta y tres por ciento en lo que va de su gestión, ¿qué más debe soportar el ciudadano que mal vive de un trabajo honesto? ¿Hasta dónde el límite de la dignidad aplastada por cerdos humanos y carroñeros humanos y funcionarios y políticos deshumanizados? (o lo humano ¿será la deshumanización?) ¿Qué falta? ¿Qué sigue? ¿En qué justicia recargarse para no caer? ¿En qué esperanza detenerse para resistir? ¿Hasta cuándo seguir pagando el sueldo de funcionarios y políticos envilecidos por los poderes más viles? Si evidentemente la tolerancia hacia los ojetes es una forma de complicidad ¿cuál es el colmo? ¿Habrá muerto la ciudadanía, seremos sólo zombis? ¿Qué es lo que son quienes dicen gobernar este país? ¿Qué opinarían los niños si alguien se ocupara de preguntarles por el porvenir? ¿Y los jóvenes sin empleo y sin escuela y sin los más elementales derechos? ¿Será la única opción la delincuencia, especialmente para aquellos que piensan que solamente los pendejos no son corruptos? Sin embargo, como dice el poeta César Vallejo, hay hermanos humanos muchísimo que hacer. Cruzarse de brazos frente al horror sería una enorme equivocación, los niños y los jóvenes van a crecer, se casarán, tendrán hijos y todos seremos culpables por haber tolerado a los depredadores del futuro, (del pasado y del presente) de millones de hombres y mujeres; y si aún señalar lo anterior sólo fuese igual a predicar en el desierto, habrá que seguir haciéndolo…

Mientras se cumplen ya once meses de la desaparición de los 43 de Ayotzinapa sin que aparezcan los culpables (más bien protegidos por el propio gobierno), y mientras los empleados del Copete Parlante lo exoneran “legalmente” de sus múltiples conflictos de interés (las raterías de su grupo político y de su propia familia) por lo pronto cambiemos de tema. Hoy viernes a las siete de la tarde en la casa del Poeta (Vallejo 300, barrio de San Miguelito) se presenta el libro Imágenes y testimonios del 85 (el despertar de la sociedad civil), editado por la Unión de Vecinos y Damnificados 19 de septiembre de la ciudad de México; a dicho evento asiste Alejandro Varas, dirigente de la UvyD 19 de septiembre, para hacer los comentarios de este libro con el que conmemoran el treinta aniversario del terrible sismo del año de 1985, cuando en la ciudad de México en pocos minutos hubo decenas de miles muertos y de pronto salió a la luz la corrupción más explícita de constructores gubernamentales y privados.

Y mientras don Beltrone dice que los priístas deben ser autocríticos (sin darse cuenta de que en realidad estaría llamando al suicidio del partido que hasta los colores de la bandera se robó), localmente la bronca en el Centro de las Artes sigue escalando gracias al despotismo y la cerrazón de la directora del Ceart, Magdalena Mas Fuentes, histérica, autoritaria e inaccesible funcionaria quien con el acompañamiento del nefasto y caduco (sí, ya sé, exceso de adjetivos) secretario de Cultura Xavier Torres Arpi, a dúo, con monocordes voces siguen desentonando al ignorar los justos reclamos de trabajadores del Centro, a quienes no sólo se niegan a pagar su sueldo sino que además pretenden obligarlos a firmar documentos absolutamente atentatorios de los derechos laborales de cualquier trabajador mexicano. Cada día crece el número de empleados de las instancias culturales del Estado afectados por los abusos de funcionarios que más pronto que tarde deberán rendir cuenta de sus atropellos, aunque para llevarlos a comparecer primero tendríamos que unirnos los ofendidos (actuales y futuros) que ya son legión y día a día incrementan su número. Las salientes autoridades culturales (en franca huida pero sin dejar de cobrar) agreden directamente a las casas de cultura de los barrios, al Centro de las Artes, al Centro Cultural Mariano Jiménez, a la Orquesta Sinfónica del Estado y a centenares de artistas excluidos por los mafiosos del quehacer cultural estatal y sus infaltables incondicionales. Es el momento de anotar sus nombres, sus fechorías y sus complicidades, pronto tendrán que responder, el cambio no ocurrirá sólo entre los funcionarios, tendrá que darse también en la actitud de artistas y académicos hartos de la cotidiana impunidad y el tradicional autoritarismo de funcionarios nuevos y reciclados; la lucha no es por el poder, es contra la ilegalidad. O el beneficio es para muchos o no se beneficia nadie. Los enemigos no son los semejantes, casi todo mundo entiende contra quien hay que ir ¿por qué no intentarlo?

Del poeta, narrador y dramaturgo potosino Manuel José Othón (1858-1906), va el fragmento de una de sus obras teatrales titulada Lo que hay detrás de la dicha (escrita el año de 1886); la cita es parte de un monólogo de la protagonista del drama: Nos enseñan a disimular, nos infunden un miedo terrible al qué dirán, nos llenan de soberbia, nos mandan ocultar nuestras faltas; y en cambio, no nos enseñan a guardarnos de las acechanzas, no nos infunden la virtud sólida, no nos llenan de verdadera piedad, no nos mandan obrar bien aunque aparezcamos mal. Entre nosotras, la mujer más virtuosa es la que reza más, la que más funciones religiosas paga, la que pertenece a más sociedades benéficas que hacen la caridad a gritos por los salones y las calles, convirtiendo una aria de “La traviata” en un mendrugo de pan que no llena, y el requiebro de un torero en un jergón que no abriga.