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23 noviembre, 2015

Dicen que, quien tiene antojo de mermelada…

Luis Ricardo Guerrero Romero

Para aquellos que dentro de su rigurosa dieta matutina está presente el pan tostado con mermelada, o disfrutan hot cakes untados de confitadas frutas dulces. Tanto para las y los maestros de laboratorio que en la educación media enseñan a sus estudiantes un poco de repostería para explicar procesos de algunas frutas o fermentación, así como esterilizar el recipiente o frasco donde se vertería la mermelada; –causa  de crear en los pupilos el afán por la experimentación–, les hablaremos de la mermelada, –la palabra, un sustantivo dulce– que tiene en distintos idiomas parecida pronunciación debido al intercambio en las lenguas romances y a la similitud física de un par de frutos: la manzana y el membrillo.

En algunas regiones existía sólo uno de ellos mientras que en otras no carecían de manzanas ni membrillos. Según sabemos las primeras mermeladas fueron elaboradas de membrillos y miel y que al hacer la mixtura de palabras, pero también la física originó la mermelada. Sin embargo con acierto Tagliavini Carlo, explica que esta palabra sufre un proceso desde el inicio del latín y portugués (ambas lenguas romances) marmellata˃ marmelada; ya entendidas en el latín como: malimelum, que en explicación del lingüista se traduce como manzano enano; no obstante, el significado propio es el de manzana dulce.

Esto llega a tener más razón ya que en el italiano (otra lengua romance) el fruto manzana se dice méla (se escribe mela). Vr.g: Voglio una mela (quiero una manzana). Así que la manzana “extra dulce” –la mezclada con miel–, le ganó terreno al membrillo, tal vez por ser ésta más basta en las regiones donde se fue popularizando esta dulcísima combinación, que hoy sabemos las hay como mermeladas de hortalizas y de frutas, como reza ese refrán del repostero: “Con besos de mermelada y abrazos de mantequilla, te envío todo mi amor envuelto en una tortilla”.

Aunque no sean de mermelada los besos al ver el panecito con mermelada acompañado de su cafecito, se nos antoja, más si el clima lo sugiere, y esto es innegable, ya que la  palabra antojo surgió de un simple capricho, de una forma de querer expresar algo que deseamos ya sea a la hora de la comida, ya sea al querer comprar un libro, en las relaciones humanas y de pareja, en fin, antojo, es utilizada de un modo tan común que parece obvio (ob-vius: ob, delante; via, camino) explicarla, pero se me antojó escribirla con esto de la mermelada.  Antojo, es la combinación sencilla y sensible de dos palabras latinas pegaditas y bien formadas: ante y oculum, es decir, ante: prelación de espacio, y oculum: ojo; generaron el sustantivo antojo: lo que está delante, lo que tiene un espacio entre el ojo y el objeto deseado. Naturalmente, se nos antoja lo que vemos y aunque no lo veamos físicamente tenemos el registro de ese deseo en la memoria. El antojo es parte de los motivos que nos invitan hacer algo, Savater los explica de modo muy pertinente, el motivo es la razón que tenemos o creemos tener para hacer algo y estas son tres: “cuando alguien nos manda hacer algo, el motivo es la orden, al actuar porque la mayoría lo reconoce como aceptable y es algo habitual en nosotros, el motivo es la costumbre y al motivo que parece carecer de motivo, el que sólo se apetece sin más ese le nombramos capricho; y el capricho es porque nos sentimos inclinados a obedecer nuestros antojos”. Usamos la palabra antojo para actividades que, fuera de contexto serían difíciles de entender, así por ejemplo podemos decir que la pintura de Les deux soeurs (las dos hermanas lectoras),  del siglo XIX del pintor Renoir, se antoja para una biblioteca, o ir a la tienda de ropa y por antojo comprar  una prenda: –mira este pantalón, se me antoja para Eduardo–. O bien en el uso de los inigualables “antojitos mexicanos”.