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Dictadores hablando de humildad

Ignacio Betancourt

Las palabras no sustituirán nunca la realidad, mucho menos se volverán la cotidianidad en que la demagogia se manifiesta; sin embargo, si los políticos mexicanos reconocieran tal obviedad se autodestruirían. Por supuesto en el caso de tales políticos no es solamente el verbo quien les sostiene, son las leyes hechas a modo para que ellos sigan medrando “legalmente” y para que la brutal represión por parte del Estado se justifique en defensa del orden establecido.

Una vez entendido que no son los discursos los que resolverán los problemas que mantienen en la más complicada sobrevivencia a las mayorías mexicanas (simplemente algo más de cien millones de seres humanos), las soluciones se tornan impredecibles y pueden diluirse en la institucionalización del palabrerío, por lo tanto la acción resultaría insoslayable. Somos lo que hacemos, no necesariamente lo que hablamos. Tal vez ha llegado el momento de las acciones populares (entendidas como lo masivo), lo definitorio en el porvenir de millones de futuros y presentes ciudadanos mexicanos.

Cómo seguir tolerando un presidente de la República que sólo se sostiene en su autocomplaciente discurso y en la acción represiva (siempre inútil solución). Una sarta de palabras que se limitan a afirmar torpe y temerariamente: “Debe consolidarse lo logrado hasta hora para no poner en riesgo las avances que juntos hemos alcanzado”. Por supuesto sin decir en qué consisten esos “avances” ni cómo es que “juntos” se han conseguido. Evidentemente no puede hablarse de avances, entendidos como logros o beneficios generalizados, ni mucho menos que se hayan logrado “junto” con la población. El más descarado autoritarismo excluye toda participación (no sólo la de los propios políticos cautivos del poder sino evidentemente a la participación ciudadana). Quien sólo se escucha a sí mismo para decidir sobre el destino de millones de seres humanos resulta inadmisible. Frente a tal realidad cómo afirmar con tan magnífico cinismo que lo que se hace es colectivo. Cuando sólo actúa el voluntarismo de quienes gobiernan, resulta inevitable el abuso y el abuso es lo que ha determinado y determinará (si no se hace algo) las desventuras de millones de hombres y mujeres de todas las edades.

Peña Nieto reunió hace unos días a sus incondicionales para autoelogiarse, y frente “a mil quinientos servidores públicos de diversas jerarquías (así se autodenomina la burocracia) y de todas las dependencias del gobierno federal”, reunidos para agradecer con jolgorio los malos tratos que cotidianamente padecen (pareciera que la única opción para mostrarse es solamente como burócratas agradecidos). Nada más en ese tipo de contextos las palabras sustituyen a la realidad, pero los millones de excluidos qué piensan, o qué opinan en su interior, qué ocurre bajo sus camisas, qué sentimientos bullen en sus desvencijados corazones.

Juan Antonio Meade, el prepotente candidato del PRI habla de “humildad”. El ejemplo máximo del autoritarismo pide humildemente “defender mucho lo que hemos construido”, sin señalar nunca qué es lo “construido”. Y mejor no preguntarlo porque el peso de la ley caerá sobre el “transgresor”; el grado de autoritarismo es tan tenaz que la simple duda es desacato. ¿A quién pretenderán convencer los deplorables argumentos de los dictadores hablando de humildad? Sólo a los priístas que tanto dudan hoy en día de su propia eficacia como eternos propietarios del país.