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Digamos no a la simulación

Carlos López Torres

U no no sabe si vale la pena creer que los diversos candidatos a los diferentes cargos de elección popular, durante las pasarelas ante algunos grupos sociales organizados como los empresarios, serán capaces de sostener una propuesta realmente sustentada y por lo mismo creíble, que mínimamente aproxime los cambios que se requieren en las áreas centrales que tienen que ver con el desarrollo del estado.

Nos conformamos con poco. Algunos, en aparente desplante crítico, condicionamos al dinosaurio electrónico a llevar al máximo su esfuerzo si es que quiere ganar las elecciones, sin ahondar en las verdaderas causas que mantienen a nuestra entidad como la más atrasada de la región.

Haciendo abstracción del resto de los municipios, como si no fueran parte importante de nuestra geografía, con una visión centralista, denunciamos el desastre prevaleciente en el municipio capitalino con obras inconclusas heredadas o emprendidas, más por motivaciones electorales que como atención a la transformación urbana de la demarcación endeudada y en quiebra que heredara el alcalde Mario García Valdez.

Después de los lamentable acomodos y reacomodos escenificados por la flaca caballada al seno de los partidos políticos, cuyos desfiguros pragmáticos entre acusaciones de compra de conciencias, exhibiciones de camaleonismo extremo y falta de representatividad, amén del alejamiento de adherentes desencantados con las acostumbradas escaramuzas, ciertamente el electorado está cada vez más escéptico e indeciso sobre el ejercicio del derecho al voto.

Todo mundo sabe, porque lo ha vivido y lo ha dejado entrever el ejercicio de gobierno de los diversos partidos en los diferentes niveles de la gestión pública que, frente a los graves problemas, ancestrales algunos de ellos como el del rezago educativo, la falta de oportunidades y el consecuente desempleo, la pobreza y marginación; en fin, la práctica incesante de la corrupción y la opacidad en el ejercicio de la administración pública son el pan nuestro de cada día.

Pero no sólo eso, sino la misma incapacidad y el pobre desempeño de nuestros gobernantes, más atentos a la simulación, a la realización de pequeñas obras clientelares que denigran la participación política, ha terminado por reforzar una resistencia pasiva por ahora a la participación electoral.

En su afán por mantener el statu quo, algunos políticos recurren incluso al chantaje, condicionando a los supuestos beneficiarios del manejo de programas y hasta del uso de sus impuestos y contribuciones en algunas obras, a que ejerzan en los próximos comicios el voto, como si tal derecho, como cualquier otro, no dependiera de la voluntad propia y la decisión de ejercerse o no, en determinadas circunstancias.

Apostarle a la continuidad de la simulación, sin hacer la necesaria reflexión sobre la imperiosa necesidad de organizarnos como sociedad, para obligar a quien temporalmente ocupe un puesto de elección popular a que adopte otras conductas y administre el erario en beneficio de la mayoría, es continuar ejerciendo inocentadas frente a quienes intencionalmente tienen como divisa el enriquecimiento rápido y efectivo, sin rendirle cuentas a nadie. Es la hora de la participación política trascendental y organizada desde el ámbito donde actuamos.