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Dignidad zapatista

Óscar G. Chávez

S in detenernos en las críticas surgidas en los momentos respectivos de las administraciones panistas al frente del Ayuntamiento de la capital potosina, podemos considerar que fueron las mejores gestiones que en materia de desarrollo administrativo y urbano ha experimentado la ciudad. Tuvieron, indiscutiblemente, sus deficiencias que se vieron reflejadas en la evolución de la misma, sin embargo en lo general son recordadas benévolamente por una gran cantidad de sus habitantes.

La excepción la constituye la mala y pusilánime administración de Jorge Lozano Armengol, que a resultas de su deficiente gestión, posibilitó la llegada a la alcaldía del priísmo corrupto y nebuloso encarnado por Victoria Labastida, quien al amparo de la carta de impunidad avalada por el fatigado Murillo Karam, se ha constituido en el perfecto ejemplo del libertinaje político priísta que impera descaradamente en San Luis Potosí.

Salvo el referido Jorge Lozano, el resto de los alcaldes que le antecedieron han sido considerados como acertados en su desempeño en la capital; Alejandro Zapata, Octavio Pedroza, y Marcelo de los Santos, fueron en su momento al frente del Ayuntamiento quienes lograron, a partir de sus desempeños, posibilitar la permanencia panista en las directrices de la presidencia municipal.

Mención particular merece Alejandro Zapata Perogordo, quien utilizó de una manera certera su paso por la alcaldía potosina, para constituirla como punto de impulso de su notable carrera política en los niveles local y nacional. Sus tránsitos en repetidas ocasiones como legislador federal –diputado y senador–, le permitieron constituirse como un referente potosino en materia política fuera de los crípticos ámbitos locales. Poseedor de una amplia cultura política y capacidad de negociación, logró ser designado coordinador de su grupo parlamentario.

A pesar de su notable desempeño en las esferas nacionales, el entorno potosino no le ha sido particularmente benévolo; en un primer intento por alcanzar la gubernatura de su estado, contendió internamente contra Marcelo de los Santos, quien finalmente logró llegar a la meta establecida, y posteriormente se posicionaría como una figura central en las directrices del panismo potosino.

La derrota para Zapata, lejos de mostrarle las posibilidades de sus alcances, significó un acicate personal manifiesto en un permanente deseo por contender de nueva cuenta por la gubernatura. Así, en 2009 con la representación de su partido contendió frente a Fernando Toranzo, quien finalmente se posicionaría como triunfador en aquel proceso electoral. Triunfo que por desgracia ha constituido un lastre en materias política y administrativa en el desarrollo del estado. No se recuerda, porque no ha existido, una peor gestión de personaje alguno como gobernador.

Es necesario recordar, sin embargo, que durante el proceso electoral y el triunfo de su opositor, mucho se mencionó en las altas esferas del panismo potosino, la aversión de De los Santos a Zapata, y la carga de dados a favor de su ex secretario de Salud. Rumor no comprobado, pero que sin embargo causó mella en los ánimos, la imagen y trayectoria del senador con licencia.

La derrota no fue obstáculo; no claudicó en esfuerzos, y decidió participar una vez más en la contienda por la pretendida gubernatura. Luego de la escandalosa difusión de un incendiario video en el que apareció junto a un grupo de legisladores panistas alternando con mujeres profesionales, según decir del mismo Zapata, su prestigio y solvencia moral se vieron afectados frente a un importante sector de la sociedad potosina.

La contienda interna panista en 2014, no fue fructífera en la selección de un candidato de unidad. El controvertido proceso para elegirlo no fue tranquilo; la ropa sucia no se lavó en casa, y fue exhibida frente a propios y extraños, por dos de los aspirantes a la estafeta del PAN.

Octavio Pedroza que hubiera sido el candidato idóneo, con una trayectoria de lucimiento político, en un acertado desplante de dignidad optó por abandonar el proceso de selección. Las denuncias, en las que manifestó su total descontento con el cochinero en que se había convertido su partido, se hicieron públicas en los medios de comunicación. Y de una manera civilizada, pero no exenta de cierta agresividad, manifestó su incapacidad para colaborar en la campaña de la elegida como representante del partido.

Mario Leal Campos, también ex alcalde de la capital, ante la total imposibilidad de alcanzar el triunfo, actuó con prudencia, y aceptó con la resignación propia de quien es consciente de sus limitados alcances, y decidió levantar la mano de la vencedora. Ya vendrán tiempos en que su solidaridad sea recompensada, si es que su partido y su abanderada llegan a la meta.

A diferencia del su anterior correligionario, Alejandro Zapata, desde el primer momento hizo evidente y público su descontento con la selección de la candidata panista. No desperdició oportunidad para cuestionar de una manera permanente el proceso en el que resultó electa.

Las acusaciones por él vertidas, hicieron del conocimiento público el favoritismo grupal que impera al interior del partido. Así, lo que era más que evidente, la tribalización de Acción Nacional, fue evidenciada frente a la opinión externa.

Las acusaciones no sólo fueron vertidas frente a medios de comunicación, optó por la vía jurídica y presentó una impugnación ante el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación; impugnación que la instancia correspondiente resolvió desestimar.

Más que cuestiones de democracia interna, o de dignidad partidista y personal; los señalamientos de Zapata Perogordo, han marcado una muy delgada línea con las actitudes de quien siente lesionado lo que él pudiera considerar un derecho viejo. Por fortuna, hoy sabemos, por declaraciones en días anteriores del mismo Zapata, que ha desistido de continuar con la querella, en sus afanes para no afectar al PAN, con un proceso legal en su contra.

A pesar de lo señalado por Zapata, su caso se constituye como emblemático, porque a más de protestar e inconformarse jurídicamente con los procesos al interior del partido al que ha pertenecido a lo largo de su carrera política, y señalar su posterior abandono a la vía legal, pareciera ofrecernos hoy otra respuesta: la incorporación de su hija, Marcela Zapata Suárez del Real, como regidora en la planilla edilicia de Xavier Azuara.

Interesante resulta que quien se ha mostrado especialmente crítico de la creación de grupos familiares al interior de su partido, impulse la participación de su hija. Quizá Zapata no ocurra como delegado de su partido en Michoacán, quizá tampoco obtenga de nueva cuenta una diputación, sin embargo la sangre pesa. Finalmente la dignidad, frente a la ascendente carrera política de una hija, puede pasar a segundo nivel, o incluso al olvido.