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Diplomáticos y paradigmáticos en la cultura

Óscar G. Chávez

N o resulta extraña la conjetura que el día de ayer, a manera de posibilidad, dejó entrever la columna Campanario de este diario, en el sentido de que Tomás Calvillo Unna sea uno de los posibles candidatos a ocupar la titularidad de la Secretaría de Cultura.

En ningún sentido parece remota la idea, ya que el investigador de El Colegio de San Luis se ha caracterizado a lo largo de su carrera laboral por incursionar en diversas actividades relacionadas con el ambiente cultural potosino.

Se le ha visto ejercer lo mismo como pintor que como literato, donde ha producido como prosista y poeta; se ha desempeñado también como editor y corrector de estilo; ésta última actividad, incluso, le mereció los nada elogiosos comentarios de Fidel Briano en un texto titulado Fraude cultural, en el que lo señaló como responsable directo de alterar en totalidad, como al efecto ocurrió, un texto sobre notas de platería, del que no era autor, publicado en un número que la revista Artes de México, dedicó a la ciudad de San Luis Potosí.

La carrera académica de Calvillo también ha sido un semillero de variantes y sorpresas; se le recuerda en sus años de ayudante de investigador en el Archivo Histórico, de donde transitó al Centro de Investigaciones Históricas, antecedente directo de El Colegio de San Luis, del que se convirtió en su primer presidente. Dentro del mismo ámbito es pertinente mencionar que es licenciado en Relaciones Internacionales por El Colegio de México; maestro en historia por la Universidad Iberoamericana, y doctor en Ciencias Sociales por el CIESAS-Occidente.

Pudiera parecer que el polifacético historiador halló el máximo reconocimiento, y quizá epítome de su carrera, cuando fue nombrado embajador de México en Filipinas, por el presidente Felipe Calderón, con quien dicho sea de paso tiene un parentesco político, por ser primo por consanguinidad en segundo grado de su esposa, Margarita Zavala Gómez del Campo. Recuerdo de aquella experiencia diplomática en el archipiélago filipino fue la Gran Cruz de la Orden de Sikatuna, que le otorgó el gobierno de aquel país.

El ámbito potosino en su esencia tampoco le es desconocido; los recovecos políticos y sociológicos los conoció por haberse convertido en su exégeta, un aporte y testimonio de la política potosina en la segunda mitad del siglo XX lo hace en su obra El navismo o los motivos de la dignidad, publicado en 1986.

La médula de la historia potosina también fue un tema en el que cooperó por haber sido coautor de una Breve historia de San Luis Potosí. Muy breve, pero obra de consulta al fin para aquellos interesados en conocer grosso modo los avatares la historia local.

Ocioso resultaría hablar de sus conexiones políticas y familiares, que también son muy versátiles, las primeras, como de trascendencia y renombre, las segundas. Pudiera parecer, en síntesis, un personaje acorde a las necesidades del nuevo gobierno y con ciertas similitudes con la figura del gobernador electo.

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A pesar del en apariencia deslumbrante currículum de Calvillo, es conveniente considerar si es su persona la que en estos momentos se necesita para poner al frente de las instituciones culturales potosinas.

En ocasiones anteriores, y no sólo en los sexenios, la directriz cultural de la entidad ha sido encomendada a personalidades que en apariencia tenían el calificativo de cultos y se encontraban posicionados como tales en el provinciano entorno. Culteranismo al gusto y encanto del poder.

Así diversos proyectos culturales que fueron puestos en funcionamiento según los dictados y caprichos de la administración en turno, acabaron convertidos en verdaderos elefantes blancos que más que convertirse en atractivos comenzaron a generar lástimas y penurias a las subsecuentes gestiones.

Museos inaugurados y puestos en función en atención a las epifanías momentáneas de los cultos iluminados acabaron convertidos en bodegas malolientes o en espacios de exposiciones de fotostáticas sujetas con tachuelas y alfileres. Proyectos condenados al fracaso pero ideados por los cultos del poblado.

Juristas, damas cultas y vates, tuvieron a su cargo la dirección cultural del lugar, dos de ellos pueden ser recordados, por encomiables desempeños acordes a sus tiempos; en otros sin embargo se navegó con el toque que sólo la frivolidad y la ignorancia mezcladas con el dinero pueden otorgar y deslumbrar al poder. Ignorantes en la materia, al fin, se contentarían con aplaudir los actos de sus colaboradores.

El sexenio marcelista no obstante los puntos negros que pudo generar en su entorno, tuvo el buen tino de encomendar la dirección de la recién creada secretaría de Cultura a un polifacético y controvertido personaje, que sin embargo y a pesar de las críticas ganadas a pulso y gratuitas, supo otorgar un buen nivel al encargo que se le delegó. El proyecto cultural al gusto del emperador, también se hizo llegar al pueblo, que en su momento  cuestionaría, pero en futuro compararía.

Gris, deslucida, y abúlica fue la propuesta del sexenio torancista, inútil como improcedente sería el realizar una evaluación de la misma; partamos de que no se puede tasar lo inexistente. Nunca la política cultural ha atravesado un peor momento.

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Queda claro que no es un individuo que abarque las categorías de artista, académico, diplomático, e historiador, lo que necesita nuestro estado; no se puede otorgar un nombramiento de este tipo a quien en algún momento fue catalogado como autor de un fraude cultural; tampoco puede ser puesta en manos de quienes darían continuidad a los improcedentes proyectos de este o anteriores sexenios. No debe ser un burócrata que organice mediocres festivales en quien debe recaer; como tampoco podría ser quien por afinidades políticas se encuentre vinculado a ideologías liberales –de ficción literaria–, y conciencias políticas de regentes arrepentidos. Paradigmas arcaicos y preestablecidos.

El detalle de fondo en la administración cultural del sexenio que está por iniciar, es que ésta debe ser encomendada a algún personaje que más que ser ponderado como culto, sea alguien de administración, acción y empresa, pero que también posea la sensibilidad para hacer revivir la cultura asesinada durante este sexenio y acercarla a la totalidad de los contextos en que se requiera.