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Discriminar en privado

Jaime Nava

E l viernes pasado en la página de Internet de este medio publicaron una nota sobre la discriminación de la que fueron objeto dos personas de origen indígena en el estacionamiento de la multinacional Costco. La nota relataba cómo el personal de seguridad privada de la empresa persiguió y ordenó, a una señora mayor y a su nieta, que se fueran del lugar porque no tenían permiso para vender artesanías y dulces en el estacionamiento de la tienda club.

Se desató una breve pero significativa discusión entre el agente de seguridad encargado de ejecutar la orden, presuntamente emitida desde la gerencia del establecimiento, y las dos mujeres. El primero argüía que sólo cumplía órdenes y que no estaba dispuesto a verse afectado en su trabajo por ellas; la señora y su nieta, por su parte, esgrimieron dos argumentos impecables: trabajo honesto y derecho a vivir.

Al gerente se le preguntó cuáles eran las razones por las cuales se determinaba actuar de esa manera contra esas personas, a lo cual respondió que se trataba de un asunto de “orden” y “propiedad privada”. La propiedad privada, por más que lo sueñen los mirreyes neoporfirianos, no convierte al pedazo de tierra con cemento en un lugar autónomo y extraterritorial donde los derechos humanos estén sujetos al arbitrio de la gerencia en turno.

Me pregunto, si de mantener el orden se trata ¿por qué permiten el ingreso a la tienda de escoltas de seguridad con armas? A nadie engañan las bolsitas con las que tratan de ocultar las armas y ponen en riesgo a personas que, como yo, sólo vamos a comprar cacahuates japoneses. Si, por ejemplo, personas en autos lujosos pueden permanecer en el estacionamiento sin ser molestados no queda la menor duda de que lo ocurrido el viernes fue un acto discriminatorio donde se vulneraron los derechos y la dignidad de dos mujeres por su origen indígena.

El viernes fue sólo un día más para añadir a la lista de rechazo y humillación acumulado. “Nos han aventado las cosas a la calle y nos han dicho piojosas”, comentó la joven mientras su abuela lloraba. Se les discrimina porque no existen. Y, cuando se hacen visibles, un simple “ahorita no” las regresa a la inexistencia que tranquiliza la conciencia porque, si se les visibiliza, tendríamos que ponernos en contacto con nuestra propia miseria, no la material, la humana. ¿Cuántos estamos dispuestos a develar y soportar nuestra imagen plasmada en el lienzo que ocultamos, como Dorian Gray, debajo de cortinas de indignación solidaria contra los abusos y las injusticias que se cometen a miles de kilómetros de nuestros muros de Facebook?

La bella imagen de asfalto y vehículos estacionados alterada por dos personas que deambulaban con la esperanza de encontrar a algún comprador que hubiera sido capaz de resistir la tentación de entregarle todo su dinero a Costco para así poder jugarse el volado entre la subsistencia o la invisibilidad. Burlar al hambre y al cuasi vecino que juega a ser “seguridad privada”; soportar el rechazo, la mirada despectiva y el diario ir y venir de los carritos del supermercado de los que nunca se asoma la respuesta a la pregunta: “¿Por qué nosotros no?”

Confrontar nuestros actos, ocurran en la vía pública o en el estacionamiento de un centro comercial, implica que la existencia de otras personas y sus diferencias es reconocer su derecho a tener derechos por encima de gerencias y títulos de propiedad.

¡Que la UASLP baje los costos de posgrados y licenciaturas! #EducaciónParaTodos

¡Ni un día más en el silencio, ni un día más sin Carmen Aristegui!

@JaimeNavaN

Jaime Nava N.
Jaime Nava N.
Estudiante de maestría en Derechos Humanos por la UASLP. Activista en Amnistía Internacional.