dotación
“Se hacen tarugos” con recursos de la dotación complementaria: custodios
29 diciembre, 2015
LEALidad
29 diciembre, 2015

Dos libros carnales: Ecos del corazón y Rosas caídas

Emiliano Canto Mayén

Contrario a la opinión irreverente e irrespetuosa que se ha construido en torno a los poblanos y su carácter, un par de hombres de letras, nacidos en esta entidad durante el siglo XIX, me lleva a creer que algo hay en aquella tierra, acaso sus paisajes o sus aromas, que dan pabilo al nacimiento de ciertas personas dotadas de un exacerbado carácter romántico y de una fina sensibilidad poética.

Hablo de José María Lafragua y Manuel M. Flores. Estos literatos poblanos tuvieron un par de similitudes y un millón de divergencias en cuanto a su actuar en este mundo. Comenzaré con el parecido, en lo símil, tanto Lafragua como Flores fueron poetas, compositores de versos apasionados al estilo sentimental de nuestros tatarabuelos, con rimas sencillas, metáforas sensuales y súbitos arrebatos de pasión. Son poemas de amor, de seducción y decepción amorosa que nadie lee ya y cuyo más consumado ejemplo es el Nocturno a Rosario de Manuel Acuña.

Otra similitud a destacar es la atracción gozosa que tanto Flores como Lafragua profesaron hacia la mujer. Flores lo hizo, como su apellido, en plural y sedujo a muchas damas; Lafragua, por su parte, en singular como su apellido, fue fiel siempre a una sola señorita a quien jamás sostuvo entre sus brazos pues le fue arrebatada por la muerte poco antes de la consumación de su matrimonio.

A partir de esta diferencia, los extremos entre nuestros personajes se vuelven abismales; fue Flores un libertino, burlador que tuvo amantes por doquier, ingenuas que caían encantadas por la acción melódica de sus versos; Lafragua amó tan solo a Dolores Escalante, la mujer que se comprometió con él, luego de mil peripecias, y a cuya memoria erigió una pirámide de mármol en el Panteón de San Fernando de la ciudad de México. A Flores lo consumió el exceso y a Lafragua su luto.

Pasando a sus obras, José María Lafragua, en junio de 1863, concluyó el prólogo a sus Ecos del corazón, libro manuscrito en el que narró con sinceridad conmovedora su romance con Dolores, las dificultades y obstáculos que se entrometieron a su compromiso, la erección posterior de su monumento mortuorio, obsesión que le salvó del suicidio y que lo llevó a proponerse el conservar a toda costa el recuerdo de Lola y de su amor frustrado.

Manuel M. Flores comenzó a escribir Rosas caídas los últimos días de la primavera de 1864, lo hizo con cierto remordimiento pues comparaba a las mujeres de su vida con capullos tiernos a los cuales había deshojado durante su impetuoso paso por la existencia. Su cinismo, promiscuidad y carisma de seductor son inimitables y si bien hay momentos en los que provoca una sonrisa, cuando el poeta revela sus ardides para burlar la vigilancia de los padres celosos de la virginidad de sus hijas, también las Rosas caídas tienen páginas repugnantes por su ponzoña y perversidad.

Libros de excesos pasionales, Los ecos del corazón de Lafragua con su devoción inefable hacia una muerta y las Rosas caídas de Flores con su manía incontrolable por el sexo, son obras hermanas por el siglo de su creación, por su apetitosa carnalidad, su erotismo desbordado. Referentes emblemáticos del romanticismo en México y, sobre todo, de la literatura poblana, los Ecos y las Rosas debieran leerse más y salir así del olvido al que los han condenado nuestros gustos actuales.