Derramar en el lecho
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Julio Hernández López

La urgencia de entregar buenas cuentas al norteño vecino supervisor ha hecho que la administración obradorista se arriesgue en una serie de movimientos de gabinete que resultan tempranos y descuadrados a poco más de medio año efectivo de gobierno.

El primer desajuste es chirriante: Olga Sánchez Cordero fue despojada de origen de las tradicionales atribuciones de fortaleza política (y policiaca) que durante muchos años convirtió a las oficinas de la calle Bucareli en un rudo centro de control político. Y lo poco que le quedaba a la notaria y senadora con licencia en ambos casos, y ministra retirada, le ha sido arrebatado de un golpe por la extraña nueva estrella refulgente en el cambiante firmamento andresino: Marcelo Ebrard consiguió que en la crisis migratoria se le asignara una especie de minigabinete intrusivo que de inmediato cobró su primera víctima y logró su primera posición de buen nivel: el académico Tonatiuh Guillén fue sacrificado al retirarle la conducción del Instituto Nacional de Migración (Inami), lo cual significa para él una suerte de sentencia política y administrativa totalmente adversa, y en su lugar fue colocado el personaje que Ebrard tenía a cargo de lo migratorio en su citado minigabinete: Francisco Garduño Yáñez, un activista de Morena que tiene larga experiencia en asuntos carcelarios y manejaba los centros penitenciarios federales.

No es una buena señal que se pase de lo carcelario a lo migratorio, pues tal movimiento fortalece la visión del ejercicio represivo que ya había adelantado el hecho del envío de seis mil militares a la frontera sur, con el nuevo etiquetado de Guardia Nacional que no cambia la esencia del contenido castrense. Garduño agudizará la predisposición carcelaria, al tiempo que se anuncia la transferencia de agentes de la Policía Federal para ocupar plazas de agentes de migración. Nada de eso es congruente con los planteamientos de amor y paz hacia los migrantes provenientes de Centroamérica ni con las ofertas clamorosas de empleo, educación y servicios de salud para los viajeros del sur.

La caída de Tonatiuh Guillén se produjo unos días después de que el sacerdote Alejandro Solalinde y el doctor Javier Urbano (“migrantólogo”), criticaran “a fondo el funcionamiento de la Secretaría de Gobernación, en especial por cuanto hace al subsecretario Alejandro Encinas, y del Instituto Nacional de Migración, dirigido por un académico que ha sido un fracaso como servidor público, Tonatiuh Guillén. En realidad, señalaron Solalinde y Urbano en un programa de Radio Centro, a cargo de un tecleador astillado (https://bit.ly/2F4f1Mt), la carencia de una política migratoria sustentada, democráticamente apoyada y eficazmente aplicada ha provocado las condiciones que ha aprovechado la administración Trump para presionar y doblegar a México” (https://bit.ly/2F4m3B2 ).

La concentración de poder en el secretario de relaciones exteriores e interiores (SREI) ha significado un desbalance en el gabinete obradorista y le ha colocado de manera tan prematura como ostentosa en una peligrosa condición de precandidato presidencial. De triunfar en sus encomiendas a 45 y 90 días, será un objetivo a derrumbar por parte del círculo íntimo andresino al que no pertenece y en el cual le tienen arraigado recelo. De fracasar, habrá sido el fusible predeterminado por el calculador jefe, el canciller expiatorio.

En otra pista del futurismo, Claudia Sheinbaum ha optado por reciclar una pieza relevante en el peñismo para tratar de enderezar el barco maltrecho de la seguridad pública capitalina. Sin eufemismos, la morenista ha tomado, en su contexto, la misma decisión que Enrique Peña Nieto en 2016: nombrar como jefe policiaco a Omar García Harfuch, quien fue director de la Agencia de Investigación Criminal de la Procuraduría General de la República en la pasada administración federal y ahora es el director de investigación de la policía capitalina de la Procuraduría General de Justicia de la Ciudad de México.

García Harfuch tiene fama de conocedor del ambiente policiaco y en el claroscuro de su historial se registran capturas e investigaciones importantes, de la misma manera que está presente el hecho de que fue jefe policiaco en Guerrero cuando fueron desaparecidos 43 estudiantes en Iguala y que su nombre apareció en una lista de beneficiados que se atribuyó a uno de los jefes de los cárteles de esa entidad al que se ha involucrado con el caso de los normalistas de Ayotzinapa.

El nuevo jefe policiaco chilango en el área de investigación es hijo de Javier García Paniagua, quien fue emblemático jefe de la temida Dirección Federal de Seguridad, secretario de la reforma agraria y precandidato presidencial por el PRI. El padre de Javier, abuelo de Omar, fue el general Marcelino García Barragán, uno de los militares más respetados, quien fue secretario de la Defensa Nacional con Gustavo Díaz Ordaz y mantuvo una lealtad institucional el presidente de la República después del Dos de Octubre de 1968 en Tlatelolco.

Carente de cuadros propios para tratar de resolver la crítica situación de la seguridad pública en la Ciudad de México, Claudia Sheinbaum ha tenido que recurrir a un especialista externo y entregarle las llaves policiacas de puertas clave de una casa chilanga que en las pasadas elecciones creyó estar votando de manera mayoritaria por cambios y no reciclamientos, por renuevos y no confirmaciones. Ya se verá si las urgencias de la jefa de gobierno por salir del cuadro rojo le llevan a prescindir de los desgastados personajes que ocupan la procuraduría de justicia (Ernestina Godoy, físicamente indispuesta para dar más) y la secretaría de seguridad pública (Jesús Orta, economista egresado del Tec de Monterrey).

Y, mientras una parte de la élite priista sigue entusiasmada con un proceso de elección de nuevo dirigente nacional que no emociona a nadie más, ¡hasta mañana!

Julio Hernández López
Julio Hernández López
Autor de la columna Astillero, en La Jornada; director de La Jornada San Luis.