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El adolescente del ‘shemen’

Luis Ricardo Guerrero Romero

Para muchos la escuela siempre es un lugar de encuentro y conocimiento del otro, se vuelve aún más sitio de encuentro cuando llegan los nuevos al salón de clases, y naturalmente así pasó con el joven Melquíades, oriundo de una comunidad kibutz urbana, el joven israelita buscaba integrase con sus compañeros, pero el obstáculo del idioma no es tan fácil de sortear y entre expresiones comunes en inglés y el hebreo se abría paso, aun con eso “el rey de dios” (Melquíades) por su etimología, hacía un notable esfuerzo para convivir con su nueva comunidad educativa.

Cierta mañana de un incierto mes, al momento del timbre que estremece la amígdala del sistema límbico de cualquier estudiante, Melquíades se proponía compartir su peculiar desayuno con algunos de sus más allegados compañeros, y luego de hacer las oraciones correspondientes con un signo de ofrenda convidaba a los demás un poco de pan, aceite y queso. Pero cuando Melquíades vio aproximarse a la chica que robaba su atención pronto acudió a ella señalando su platillo y decía con una sonrisa coqueta: —shemen, shemen, would you like taste shemen? Pronto las risas de los demás compañeros ambientaron el lugar y el rostro enrojecido de la estudiante era el punto de curiosidad para todos. —¡éntrale al shemen de Melquíades!, decían los demás con una entonación algo diferente. Pero la intuición de Melquíades fue mayor y señaló con el pan el aceite de oliva, indicando que, en hebreo este aceite se enuncia shemen. Así que finalmente aquella jovencita con algo de indecisión probó del aceite de aquel adolescente israelita.

La voz (fonética) hebrea shemen en efecto significa aceite de oliva, y éste era usado para muchos rituales, así como en alimentos, del mismo modo era usado para curar los escudos, tanto como para aromatizar. Esta palabra tiene su verbo en shaman: engordar; y su adjetivo shamen: fértil o abundate. Todas las ideas planteadas con anterioridad Melquíades las conocía, pero poco sabia del sentido del albur que envuelve la lengua española y de la imaginación de un adolescente al escuchar palabras fáciles de asociar. Desde ese día a ese joven lo conocen como el adolescente shemen. Yo sin duda a partir de ese mes y hasta la fecha —años después— me sigo interesando por el idioma y la gastronomía de aquel lar, aunque algunas ocasiones mis amigas me recuerdan que una mañana fui la chica que degustó el shemen del nuevo adolescente.

Aquella etapa de vida que es la adolescencia sin duda todos recordamos con decoro y sonrisas, si bien algunos adultos aún piensan como si estuviesen en la pubertad, hay quienes hacemos el esfuerzo por controlar la amígdala y no reaccionar como locos ante el primer estímulo expuesto ante nosotros. Tal esfuerzo obedece a una razón obvia, contundente y natural: crecemos. Digo lo anterior de suerte para entronizar a la divagación sobre la palabra que nos compete ahora: adolescente. Muchas veces he oído —incluso de profesionales psicólogos o pedagogos— afirmar que la palabra adolescente proviene de adolecer (lo cual es impreciso, falso y estólido), que inclusive la misma palabra ya define la etapa temprana de ese sujeto que comienza a disentir y discernir de todo y por todo, quizás para ello adolescente se escribe sin /s/ y sin /c/. Pues bien, ahora distinguimos que, esta palabra es herencia latina y se conformó a partir del prefijo ad: dirección hacia; más la forma incoativa alere: alimentar. Así que es adolescente quien comienza a alimentarse como adulto y crece. Ya desde el griego se encuentra la voz αλω (alo): hago crecer; así que el latín alescere: crecer; antecedido por ad, más el sufijo ente, generó la palabra adolescencia. Por cierto, Melquíades con el tiempo supo del semen y de cómo emplearlo a modo de bálsamo, tal como sabía usar el shemen.