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El candidato de izquierda

María Elena Yrízar Arias

E l 20 de febrero pasado, Fernando Pérez Espinosa anunció su participación como candidato a gobernador de la alianza formada por los partidos de izquierda PRD, PT y Conciencia Popular, como consecuencia de la inconformidad a partir de la designación de Juan Manuel Carreras como candidato de unidad del PRI.

Numerosos priístas criticaron su su decisión y lo tildaron de traidor, a través de declaraciones a los medios de comunicación, así como en publicaciones de redes sociales. Pero, ¿se habrán preocupado realmente los priístas de las consecuencias que esa decisión les puede traer?

La pregunta tiene que ver con varias circunstancias que se están viviendo en el estado. Primeramente, Pérez Espinosa es un político que hizo trabajo muy intenso en todas las regiones y, bien que mal, tiene sus amigos y seguidores. Situación que no se puede soslayar así nada más, como si nada.

Además, Pérez Espinosa debe estar apoyado por los poderes fácticos, empresarios, organizaciones, clubes y por alguno que otro de sus compañeros ex aspirantes a candidato de gobernador, que también salieron afectados con la decisión del PRI a favor de Carreras.

Inclusive, se pudiera convertir con el tiempo en un candidato peligroso, porque nadie puede asegurar que al irse de abanderado de una alianza, eso no signifique que le está haciendo un boquete al PRI.

Calolo no dejará de ser un problema para el PRI, porque está aprovechando el enojo de muchos priístas, para capitalizarlo a su favor, ya que algunos están dispuestos a dar su voto de castigo al partido, al cabo que nadie los verá al momento de votar, como consecuencia de las imposiciones de candidatos que no coinciden con el criterio que estableció el líder nacional del PRI, César Camacho, en una de sus visitas a San Luis en octubre del año pasado, cuando dijo que el tricolor quiere candidatos que no estén relacionados con el crimen organizado y que sean dignos de la confianza de los electores.

Una segunda circunstancia que me parece se deberá considerar es el sentir de la ciudadanía en general, que es que el gobierno del estado no ha cumplido con las expectativas y, consecuentemente, saber que si no hay un relevo de partido en el gobierno, difícilmente podrían cambiar las cosas, ya que se perciben problemas de ingobernabilidad por todos lados, además de crisis de estado de derecho. Como ejemplo en la Huasteca, esta semana suman seis ganaderos levantados y nadie sabe nada.

Es lógico que la ciudadanía, al saber estas cosas, no puedan seguir confiando en el actual gobierno, y no se digan de los campesinos, que hasta sus ex líderes se están sumando a la izquierda. Pudiera ser que se diera una cargada en forma paulatina, que tenga consecuencias adversas para los priístas.

Otro aspecto es el perjuicio que ha causado el asesinato de la presidenta del PRI municipal de Lagunillas, Cecilia Izaguirre Camargo, que fue muerta el lunes de esta semana y que existen serios señalamientos de probable responsabilidad intelectual del diputado suplente Francisco Javier Patiño Arellano, quien se presentó ayer por la mañana ante el Ministerio Público de Rioverde, debidamente amparado, donde al parecer se desligó de las acusaciones de amenazas que le hizo en vida a la lideresa priísta. De cualquier forma, persiste la violencia política en Lagunillas y esta circunstancia le puede hace mella al priísmo regional y estatal.

Algunos priistas, no le perdonan al candidato a Gobernador Juan Manuel Carreras, que haya sido funcionario de gobierno de su amigo, el ex presidente de México, Felipe Calderón Hinojosa, ex compañero de aulas universitarias en la Escuela Libre de Derecho en la ciudad de México y mucho menos, que le haya levantado la mano en un mitin político a su amigo Calderón, en su campaña política en la capital del estado, donde Carreras lucio muy puesto con la camiseta del PAN. En el fondo de las cosas, lo anterior debió de corresponder a un acto de solidaridad con su amigo, pero, hay priistas que no lo miran así de simple. También, lo consideran una traición, pero no lo expresan públicamente por temor a recibir represalias hasta de sus mismos compañeros de partido. Pero, de que hay enojo, lo hay. Indiscutiblemente.

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