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El candidato y sus placeres

Luis Ricardo Guerrero Romero

Justo en la esquina que distingue la zona de tolerancia y el arrabal de las oficinas donde se hornean a los candidatos más plausibles por los sistemas políticos, se encontraba en un escritorio discreto el apuesto secretario de uno de los candidatos del próximo sexenio: el joven Morales Reyes, cuyo nombre artístico cada viernes era Esmeralda del niño Jesús, en realidad él los fines de semana era mejor persona que cuando entre semana redactaba los documentos de los candidatos, sería que en su trabajo no podía mostrar el cariño a las mismas personas que los viernes y sábados trataba como clientes. Los candidatos le hablaban con respeto y cierta distancia burocrática para que no se confundan las relaciones laborales con el placer semanal que entre Morales Reyes y ellos había religiosamente después de cada junta los viernes. Para el Lic. Morales (la joven Esmeralda), consentir las relaciones homosexuales únicamente de placer con cada candidato era no sólo por el pago sino por conservar el trabajo que tanto le había costado luego de sus estudios universitarios y diplomados en derecho y administración pública. Pero como todo tiene al final su recompensa Morales Reyes por causas ajenas a las planeadas del Partido Nacional, fue postulado candidato para cargo presidencial y meses ulteriores integró su gabinete con los clientes que en otro tiempo la veían como Esmeralda del niño Jesús.

Los candidatos, todos oímos de ellos y se dejan ver con ahínco en sus celebradas reuniones masivas. Al escuchar la palabra candidato como lo fue Morales Reyes, una dubitación se despierta: ¿de qué era candidato esencialmente? Habremos de distinguir que este sustantivo masculino no es sinónimo de aptitud política, pero sí de actitud de negociante para el caso expuesto anteriormente. Pero para aclarar qué es un candidato nadie mejor que la antigua Roma que nos salva de cometer intrincadas interpretaciones de significados en las palabras. En Roma, no sabemos con exactitud si en el periodo de Monarquía del S. XVIII al VI (a.C.), en el de la República del VI al I, o el Imperio S. I a.C al V d. C; se estilaba que los hombres usasen un tipo de indumentaria exterior (amictus) que en la mayoría de las veces era de color blanco, pero un blanco brillante, como lo describe la palabra latina, candidus, blanco deslumbrador, un blanco inmaculado. Cabe señalar que sobre todo este tipo de vestido era utilizado por los varones que ejercían la política, y que esperaban ser miembros honorables del quehacer organizativo de la sociedad. Se vestían de este color para resaltar que eran hombres: íntegros, sinceros, francos. Portaban este vestido como signo de honestidad y pureza. Los hombres de blanco eran los hombres cándidos, candidatos. La relación semántica es muy similar hasta nuestros días, por ejemplo: −mira, esa chica es muy cándida−. O sea, esa chica es inocente, simple. Podemos decir también: una luz cándida brillaba en tu aliento, para insinuar que el efecto de lo blanco es lo que ilumina el alma de tal o cual persona al hablar con la verdad. Decimos luz asociado a lo cándido, puesto que a partir de esta palabra surgen otras como: candil, del mozárabe qindil, la candela. En fin, que el candidato es el hombre honestísimo y puro en sentimientos y acciones (tan brillante como un sol). Otra idea de lo cándido, la presenta Voltaire (filósofo y hombre de ciencia), quien en su obra Cándido o el optimismo, se burla de otro filósofo Gottfried Wilhelm Leibniz, que en la obra Voltaire lo disfraza de Pangloss, y se burla de él por ser un cándido, demasiado incauto, al afirmar que todo pasa por alguna razón y decir que vivimos en el mejor de los mundos posibles. A lo que se le conoce como la corriente del “Optimismo”, en pocas y vulgares palabras —y creo muy acertadas— no hay mal que por bien no venga. Ojalá no caigamos en este “optimismo” ahora que en próximos tiempos sepamos quién es el mejor candidato para presidir a nuestra nación.