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El Casbah, protesta efectiva

Óscar G. Chávez

L a población sin lugar a duda representa el primer y último eslabón en la cadena alimenticia y de subsistencia en la que se erigen los políticos como los grandes depredadores y carroñeros. Mientras por un lado se enriquecen de una manera voraz y atrabiliaria de los impuestos mediante los cuales son posibles sus onerosos sueldos, por el otro su conducta rapaz los acerca más a los animales carroñeros que se alimentan lo mismo de cuerpos vivos a punto de su última exhalación, que de pútridos cadáveres en los que sumergen sus voraces hocicos o picos, ávidos de carne, de sangre. Putrefactos y putrefactores, al fin.

En estos días una acción en apariencia dirigida a la reforma del espacio urbano demostró que la ciudadanía potosina es ignorada y relegada por quienes en términos sencillos deberían dedicarse a servirle a partir de las opiniones manifestadas por la misma, y de la que los funcionarios de los tres órdenes de gobierno y de la misma cantidad de poderes, se sirven para posicionarse, encumbrarse y enriquecerse.

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Si nos atenemos a la evolución histórica de la ciudad de San Luis, en la que su traza urbana la totalidad de las ocasiones ha jugado un papel preponderarte al constituirse como un actor social de primera magnitud, observaremos recurrentemente el surgimiento y conformación de un eje imaginario construido dentro de las mismas calles de la ciudad que nos muestra, por un lado y a partir de la hoy calle de Ponciano Arriaga, mal llamada Eje Vial, que se prolongaría en línea recta hacia el norte doblando por la de Pedro Montoya, para continuar de una manera errática por la de Damián Carmona, antigua de la Libertad, hasta hallar su intersección con las vías de ferrocarril conocido como Potosí-Río Verde; en tanto que por el sur el mismo eje se prolongaría por la calle de Constitución que doblará hacia la derecha sobre la antigua Diagonal Sur, hoy llamada Salvador Nava. Eje que evidenció en tiempos pretéritos y de alguna manera también en la actualidad, las condiciones de miseria y relegamiento al que se enfrentaba esa parte de la ciudad.

Por el contrario, el sector ubicado al poniente de esta línea imaginaria, se haría presente y se mostraría como un sector clasemediero aspiracional, en el que también se hacía –guardadas las distancias– espacio común con la aristocracia potosina o con los sectores pudientes, que sin pertenecer a ella, bien podían competirle en su posicionamiento urbano. Ricos viejos; nuevos ricos; aristócratas activos y empobrecidos; ricos de segunda portadores de apellidos empobrecidos; migrantes de otras partes del país que en busca de un rumbo decente se establecieron en esta zona.

Rumbo de la ciudad ancestralmente castigado por el aislamiento y la marginación urbana es el de San Cristóbal del Montecillo, uno de los siete barrios de la ciudad, que por su ubicación tras las antiguas goteras de la ciudad, siempre estuvo a la sombra de la misma. Castigado con exceso durante las sanciones aplicadas por el visitador real José de Gálvez a los tumultuarios de 1767; sólo el crujir de huesos y el chorrear de la sangre de los cuerpos desmembrados apaciguó las reales iras que dejaron detrás de ellas luto y dolor. Una epidemia de peste a mediados del siglo XVIII obligó a que por aquellos rumbos, donde hoy se levanta la llamada Casa Redonda de los ferrocarriles, se contruyera y pusiera en funcionamiento un camposanto que dio servicio a la ciudad por espacio de siglo y medio; en los años diez del siglo XX, un Ayuntamiento amparado por los coahuilos revolucionarios, puso en venta el vetusto cementerio, y los huesos que no pudieron ser rescatados por sus deudos, se esparcieron bajo el concreto de la nueva construcción ferroviaria.

Fue este camposanto el que posibilitó las únicas visitas de acaudalados personajes a aquel rumbo, de ninguna otra manera llegaban hasta él, vivos en cortejo fúnebre, o exánimes ya, dentro de un féretro, sólo así visitaron el rumbo.

La llegada del ferrocarril y el tendido de las vías férreas estrangularon el barrio en dos ocasiones; las vías del ferrocarril Central mexicano sobre la avenida Porfirio Díaz –hoy 20 de noviembre– separaron esa parte; luego las del Nacional mexicano pasaron fuera de templo, obligando a que con posterioridad el acceso principal del templo fuera cambiado a la ubicación actual. Un templo y una feligresía arrinconados y olvidados; hoy ambos en deplorable estado.

Fue durante el gobierno del sátrapa Santos cuando se levantaron las bardas que limitaron las vías, evitando el incremento de mutilados por los trenes, de esos años también es el paso a desnivel que hoy llega a almacenar pútridas aguas frente a la abulia municipal.

Surge entonces el espacio inmerso entre ambas líneas ferroviarias conocido como el Casbah, espacio antiguo –a semejanza de algunos barrios de Medio Oriente– estrangulado por la ciudad moderna, y alejado de su progreso por oposición y en totalidad.

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Hoy nuestras autoridades de nueva cuenta pretendieron constreñir el olvidado rumbo durante la construcción y readaptación de la llamada pomposamente zona de transferencia. Nunca faltan los urbanistas iluminados por extáticos episodios de imbecilidad, que deciden el progreso a costa del perjuicio de terceros, normalmente ciudadanía en situación vulnerable.

Por fortuna en esta ocasión los vecinos del rumbo se organizaron de una manera rauda y lograron ser escuchados a consecuencia de una intempestiva manifestación que tenía como objeto primordial desterrar el tránsito de camiones urbanos de sus apacibles y recoletas calles; se buscaba también hallar una salida emergente hacia la avenida 20 de Noviembre, ya que estas obras bloquearon todo acceso hasta ellos.

Interesante resulta que haya sido un pequeño sector, tradicionalmente olvidado, el que tuvo una certera capacidad de organización a partir de cierto sentido de identidad colectiva, que obligó a las autoridades estatales y municipales a dar una pronta respuesta a sus exigencias.

Pareciera que este sector conserva la vieja capacidad de protestar frente a la miopía de las autoridades; capacidad que los potosinos del otro eje han perdido y ni por equivocación piensan ejercer frente a un ente político saliente, y que desgastado demuestra la incapacidad que hizo pública y notoria desde el momento que ocupó el cargo.

Quizá, y a propósito de la anterior mención de los tumultos de 1767, los potosinos encarnamos la frase acuñada por el virrey marqués de Croix, nacieron para callar y obedecer, y no para discurrir, ni opinar en los altos asuntos de gobierno.