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El clima en la piel

Luis Ricardo Guerrero Romero

Se habían organizado con interés y grandes expectativas para ir a conocer el lago de Camécuaro, en Michoacán. Las características sobre este lago de superficie de 1.5 hectáreas y profundidad de seis metros eran un motivo más para visitar el Parque Nacional. Del resto ya se sabe. Un grupo de papás que desean reavivar su juventud, pero ahora con una responsabilidad marital y ejemplar para sus esposas e hijos acompañantes. Me refiero a ese tipo de padres de familia que reflejan ser los mejores excursionistas, los más hábiles en la carne asada, y en momentos en que sus mujeres e hijos no los ven, los más próceres bebedores de cerveza u otro tipo de bebidas alcohólicas.

El viaje comenzó, iba ser un poco largo el trayecto así que, las atinadas y previsoras mujeres de estos brillantes viajeros llevaban insumos y juegos para los hijos de todos, niños de 10 a 16 años que disfrutaron el trayecto desde el estado de Guerrero a Michoacán. Finalmente llegaron al hermoso paisaje de Camécuaro. Las selfies, las grabaciones en vivo por Face, y demás modas actuales estaban de sobra. El clima, efectivamente favoreció realizar muchas de las actividades que estos hijos no reconocidos de Robert Baden-Powell, tenían pensado. Pero seamos honestos, qué se espera del calor con que se gesta el hombre guerrerense, y del ambiente que se pervive en tierras michoacanas.

Al punto de las 16 horas, mientras estas familias disfrutaban el pan y la sal, se oyeron detonaciones que hacían mella en la imaginación y el corazón de todos —finalmente, lo que crea la imaginación tiene su filtro en el corazón—. Los padres dejaron de ser intrépidos, se trocaron salvajes; las mujeres abandonaron la tranquilidad; los niños, abdicaron a la desobediencia para ser dóciles. Los disparos se acrecentaban en tiempos, se acercaban más al espacio donde estas familias estaban. Era inminente el desenlace. Este grupo de padres habían dejado el oficio —trabajo, vocación, labor, o quién sabe cómo definirlo— del narcomenudeo desde hace tiempo, pero dos de las tres mujeres que participaban en el convivio todavía tenían relaciones no de tipo laboral con uno de los cárteles de Michoacán.

El lago de Camécuaro se ahogó en sangre. Pero el clima seguía propicio para realizar una lista de actividades al aire libre. Pues el clima era cuestión de piel.

Recuerdo a un instructor del INEEA que me apoyó a concluir mi Servicio Militar Nacional, el tipo tenía cicatrices en el rostro, le faltaba un brazo, se quejaba del dolor en las rodillas y tenía un serio problema de halitosis. Este sujeto nos hacía hincapié en ser responsables, y externaba: “el que anda chueco, tarde o temprano el destino le factura”. Cómo no le íbamos a hacer caso, si parecía que su factura traía altos intereses. Pero, en fin, esa frase del instructor me recuerda el escenario de clima bélico que se suscitó allá en el lago de Camécuro. Pero también me recuerda el pensar en el clima (estado de tiempo climático) que hace agradable la estancia en algún sito. Y al seguir la divagación sobre este sustantivo podemos pensar que clima además es denominado al estado de ánimo o bien al ambiente laboral. Asimismo, este sustantivo dio pauta para que se hablara por ejemplo del clímax (en una obra literaria u otra expresión artística es el punto intenso de tal manifestación del arte. Y como no saberlo, que el clímax es la satisfacción en la excitación sexual); también clima se asocia al climaterio, esa etapa en que la mujer deja de ser productiva. La voz clima surgió desde el griego κλιμα  (clima), refiriéndose a una inclinación de una montaña. En los helenos, el tipo de ambiente era interpretado desde y a partir de los fenómenos físicos visibles, como la bruma en las montañas. Sin embargo, clima en la antigua Roma era entendida como cælo la bóveda celeste de donde se “podía observar” la atmósfera: el clima. Así es que el clima es algo que al día es posible pronosticar, pero sin ninguna duda, el clima se vive en la piel.