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El empeño en mentir

Ignacio Betancourt

L o asombroso de la descomposición gubernamental (¿o será crisis civilizatoria?) que hoy conduce al abismo a nuestro país es que la realización de un acto tan vesánico como el cometido por el Estado mexicano y la delincuencia organizada (sí, el poder gubernamental transfigurado en delincuencia institucionalizada) en contra de 43 jóvenes normalistas desparecidos por el Estado, es que luego de un año aún no se haya podido castigar a los culpables de tan desmesurado crimen. El atentado contra los estudiantes de una normal rural del estado de Guerrero por parte de policías, soldados y delincuentes (en general son lo mismo) sigue impune luego de doce meses, y lo inimaginable, desde el presidente de la república hasta los medios de comunicación incluido todo el gabinete federal y los gobiernos estatales, se han mantenido empeñados infructuosamente en mentir y encubrir a los culpables.

En cualquier lugar del mundo una agresión tan salvaje en contra de población desarmada habría sido motivo suficiente para hacer caer no sólo a los funcionarios implicados directamente sino a la totalidad de un gobierno, pero en México el cinismo (se sabe desde hace tiempo) no tiene medida. Los asesinos materiales e intelectuales suponen que la televisión lo resuelve todo y que una mentira repetida millones de veces puede sustituir (circunstancialmente) a la verdad. ¿Cuánto les durará la treta?

La idea de que las mayorías sólo nacen para el servicio de las minorías cada vez resulta más medieval en pleno siglo XXI, debido a ello la exigencia, por lo menos de algo de seguridad y de bienestar para la población es más necesaria y urgente que nunca. Se trata simplemente de que la gandallez institucionalizada ya no se pase de la raya pues si el mexicano tiene fama de aguantador también puede cambiar de rol, la “gallina de los huevos de oro” puede volverse algo diferente, podría ser. Lo único que se incineró (sin desaparecer) en el basurero de Cocula fue el gobierno mexicano en todos sus niveles, especialmente la genética unión de funcionarios y delincuentes.

Como se pudo constatar con la deplorable reunión del pasado día 24 entre el llamado presidente de México y los padres de las cuarenta y tres víctimas de desaparición forzada, el principal encubridor de tal atrocidad es el propio presidente quien embriagado de displicencia no pudo ocultar su desprecio hacia quienes insisten en reclamar por las desapariciones de sus familiares; el señor presidente harto de los justos reclamos asistió a la reunión sólo para poder declarar posteriormente en la ONU que en México se respetan los derechos humanos y que “su gobierno está para protegerlos”. ¿Por qué la ONU no pregunta sobre el porqué de las tardanzas gubernamentales y sus omisiones?

Ahora las protestas no vienen sólo desde la izquierda, germina entre la población despolitizada el hartazgo, todo mundo está hasta la madre, incluso los mismos mandos medios y bajos de la burocracia estatal y del empresariado nacional. Si el presidente de la república miente de la manera más descarada ¿qué se puede esperar de sus subalternos? Los peores han convertido a México en un cementerio, a sus calles en campos de batalla, a sus jardines y plazas en desolación, a sus recursos naturales en propiedades privadas y si los funcionarios no han vendido su propia alma, es porque se quedaron sin ella desde hace muchos sexenios. ¿Lamentos inútiles? ¿Palabras de frustración? Seguramente, pero también conciencia de la necesidad de que el horror termine y haya justicia.

Y mientras la Secretaría de Cultura de San Luis Potosí y sus cómplices mantienen la encubierta campaña de desprestigio (que ya dura más de un año) en contra de algunos integrantes del Colectivo de Colectivos intentando frenar su proyecto ciudadano, habrá que estar atentos a las posibles agresiones contra los mismos todo en nombre del respeto a la ley y al mantenimiento de la corrupción imperante entre la burocracia cultural estatal. ¿Cómo podrán las nuevas autoridades justificar el millón de pesos anuales que pagan a los empleados de la Secult asignados al Mariano Jiménez (ocupados principalmente en boicotear las acciones del Colectivo de Colectivos), mientras para el funcionamiento del mismo no hay presupuesto?

A continuación, la penúltima cita en esta columna del fragmento de uno de los textos que integran Crónicas de Agua Señora: la intimidad de un despojo, libro escrito y publicado recientemente por habitantes de la comunidad de Agua Señora (de Mexquitic, SLP) quienes decidieron escribir lo que les ocurrió cuando autoridades federales, estatales y municipales en unión de grandes empresas constructoras decidieron imponer una carretera encima de la comunidad y sus habitantes. Lo que a continuación se cita es parte de lo escrito por quienes cuentan a los lectores la decisión brutal y deshumanizadora que destruyó su vida cotidiana aparte de constituir un despojo absolutamente autoritario, todo a nombre de una supuesta modernidad que sólo beneficia al poder económico y político establecido; va el fragmento de uno de los cuentos escritos por don Felipe Jacobo, quien significativamente desistió de escribir sobre el específico despojo y prefirió publicar un conjunto de cuentos que hablan de los años veinte y treinta del siglo pasado, época en que los habitantes de Agua Señora comenzaron a viajar hacia Estados Unidos para poder enviar dinero y comprar alguna tierra: Cacahuatito ya no fue Cacahuatito, ahora es el maestro de mucho respeto. Por donde quiera que iba lo veían y no lo podían creeer, un niño ya es un maestro, pero lo esencial es que él quería que aprendieran los niños de la época.

Entonces querían que los niños no aprendieran a leer y  escribir sino que nada más aprendieran a poner su nombre, era todo, no querían que el niño aprendiera otra cosa más que lo esencial, no querían otra cosa más que escribir su nombre y hacer cuentas, no había otra preparación más grande, más superada, que saber leer y escribir su nombre y ya está bien. Si te veía alguien leer un libro cualquiera luego te decía que para qué estabas viendo ese libro, que el libro no te va a dar de comer; o también, que ese libro te lleva por un camino equivocado, porque en aquella época no querían los de más arriba enseñar a los otros, no querían que tú supieras cuáles son tus derechos individuales, así nunca te podrías poner en contra de tu patrón, nunca ibas a reclamar lo que te pertenece o lo que corresponde. Así, hasta la fecha, nadie se quiere atrever a pelear lo que en realidad nos corresponde, nadie quiere enfrentarse con las autoridades.