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El éxtasis habla

Luis Ricardo Guerrero Romero

Para los vecinos de la colonia en donde ahora ya no me encuentro más, pero en la cual viví más de cuatro lustros, no había mujer más misteriosa que ella, me refiero a doña Penélope, quien tenía la fama de loca, por su curiosa costumbre de barrer la calle por las mañanas y por las noches regar flores.

Algunas sospechas hubo de que lo hacía por venganza, pero en realidad nunca se supo la verdad, pues su voz era una sepultura: fría, parca, pesada y triste. Era de las mujeres que prefería escribir, después de todo, qué oficio tan más incluyente el de la constante búsqueda por mezclar lo negro y lo blanco.

Fue la noche antes de ayer cuando ya no hubo flores en la calle, en su lugar sólo la humedad que la lluvia deja a charcos. Penélope, la señora se encontraba mirando por su ventana con un semblante extasiado, que jamás olvido. Me invitó a pasar con su mirada también extasiada y no hubo mucho que esperar, es decir, por qué las cosas buenas deben tardar en llegar.

Con una sombría tonalidad al hablar Penélope me dijo: —Pensemos en eso, realmente no tarda en llegar un pensamiento cuando se nos invita a pensar en eso, sin saber a qué cosa me refiero con tal idea, eso llega, está entre nosotros. Tal cosa puede ser todo lo que desees, incluso podemos llamarle a Dios eso. Dios, logra ser eso, pero no aquello, no esto, ni este. Nada más sutil para el hombre que pensar en eso que le encanta. Digo hombre y me incluyo a mí la mujer, las mujeres en las palabras, y en el concepto de una especie, somos el hombre. Y eso es cierto. Pero sigamos, ¡vamos!, no hay mucho que perder, deja que hable el éxtasis ante la generación que mira hacia abajo para ver y conocer todo lo que pasa a los lados, arriba, lejos, y aún más lejos, somos como quien dice, eso que nunca deseamos ser—.

Entendí entonces que la señora Penélope no estaba sana, por qué hablar para criticar el uso que le damos a nuestros teléfonos inteligentes, no obstante, no podía alejarme de ella, su quietud ante mi presencia me hablaba de aceptación a mi persona. La acaricié, su rostro era de una sensación fría y lisa, no había relieves en su piel, toda ella era una pieza dura pero profunda en su mirada extasiada. La lluvia continuaba y los estrepitosos relámpagos ahuyentaron la luz de la casa, y fue así como pude escaparme de ella.

Ya no la miré a la mañana siguiente, pero en su lugar estaba yo, barriendo trozos de espejos fríos, como la habitación en donde suelo escribir para no escuchar mi voz lúgubre.

La señora Penélope, distinguimos, era las señoras penélopes, su estado de éxtasis la arrobó tanto que la hizo hablarse como otra, y bueno que, hablarnos a nosotros mismos no es un acto tan raro, pero se torna extraño cuando ese otro al que le hablamos está extasiado.

El hecho del éxtasis en su manifestación real y natural, es decir, sin la asistencia del 3,4-metilendioximetanfetamina, nombre semisistemático de la droga empatógena, es lo poco usual, pues según la historia de los arrebatos extasiantes, tal suceso era causa de pensar en eso, el misticismo.

En fin, la idea del éxtasis tiene en alguna de sus tantas concepciones, la noción que los helénicos nos ofrecen, pues ellos, empleaban la voz εχστασις (exstasis> éxtasis) para definir una condición de extravío, estupor, perturbación del espíritu, o bien un cambio de estado. Idea con la cual aún nos quedamos y revivimos, incluso sin ser tan conscientes de experimentarlo. Pues como dijo la señora Penélope, la generación de esta época está extraviada, perturbada, pero sin espíritu ante una ola de tecnologías, que sí, efectivamente, nos hace voltear al piso, a nuestros teléfonos, para saber, experimentar, conocer y descubrir, todo aquello que tenemos a los lados, cerca, lejos, y aún más lejos.