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El fuego frente a la paja

Carlos López Torres

E stando las cosas como están, uno no se explica cómo es que los gobernantes se empeñan en reiterar sus viejas prácticas, aferrándose a esquemas desgastados que sólo despiertan sospechas y disminuyen más la credibilidad en las instituciones.

Algunas actitudes, como la del procurador general de Justicia del Estado, justificando el inexplicable retraso con el que la dependencia a su cargo ha tratado el caso de los funcionarios municipales, acusados de una serie de irregularidades en el manejo de los recursos públicos puestos a su disposición, resultarían francamente risibles de no ser por la gravedad de los hechos y el abultamiento que representan los miles de millones de pesos no invertidos en beneficio de la colectividad que, sin embargo, sigue pagando sus contribuciones.

La insensibilidad de algunos funcionarios, como los del ayuntamiento capitalino, no tiene límite cuando intentan que se les apruebe en el proyecto de Presupuesto de Egresos para el ejercicio 2015 un aumento para otorgarse el bono de marcha al finalizar su gestión, después que se la han pasado todo lo que va del trienio lloriqueando dizque por la falta de recursos financieros que les permita tapar el cráter que les dejara la impune administración priísta que les antecedió.

Más aún, en la propuesta de Ley de Ingresos para el mismo 2015, no vacilan en solicitar se les autorice un nuevo aumento a las tarifas del agua, siendo que en el año que está por concluir se les autorizó un alza de 50 por ciento destinada a la aportación para el funcionamiento de El Realito y el proyecto llamado Mejoramiento Integral del sistema de abasto en la zona metropolitana; lo cual hasta ahora no se ha hecho aunque tampoco se sabe el destino del presupuesto autorizado para ambas mejoras.

La cercanía del puente Guadalupe-Reyes ha activado la presencia policiaca con la consabida mordida, práctica permanente de las autoridades preventivas, pero sobre todo de las encargadas de la vialidad acostumbradas como están a sacar provecho de los automovilistas, con mayor saña de los conductores de camiones repartidores de todo tipo de mercancías y de los materialistas, quienes prefieren pagar al mero jefe mil pesos, en lugar de ponerse a mano con los agentes de tránsito con tres mil pesos para cubrir todos los eslabones de la cadena de cuotas férreamente consolidada en la dependencia.

El colmo, nos comentan los usuarios del trasporte de pasajeros de los diversos camiones que trasladan al DF a los comerciantes pequeños, es el número de mordidas de 300 pesos que tienen que soltar los choferes en cinco ocasiones a los federales que los detienen en el Estado de México, Querétaro, Guanajuato y San Luis Potosí. Todo ello a cargo de los usuarios quienes han visto aumentado el pasaje hasta 25 por ciento.

No cabe duda, esto que parece una minucia es parte de la paja a la que cotidianamente se le acerca fuego. Cuando la pradera se incendie vendrán las lamentaciones, y por supuesto, la represión del Estado.

JSL
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