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El hábito político de falsear

Carlos López Torres

L a desconfianza y el descrédito de las agotadas instituciones pareciera importar poco a quienes pretenden hacernos creer que con el sólo legislar y promover mediáticamente algunos cambios de actitud en la clase política, el Estado de derecho finalmente se hará realidad de la noche a la mañana, como si la crisis de representatividad y el divorcio entre gobernantes y gobernados nada tuvieran que ver con otros factores como el económico y social que, contrariamente al discurso oficial, empeoran ante la creciente inconformidad y el despertar de no pocos sectores de la sociedad cada vez más vigilantes y participativos.

Desde las más diversas posiciones políticas y sociales, desde la misma Iglesia, se cuestiona y exige al reducido grupo gobernante, empeñado en hacer del enroque y el reciclaje de funcionarios una especie de generador de esperanzas que siga manteniendo su inocultable objetivo hegemonista, una mínima congruencia política entre el decir y el hacer ante los escándalos y fracasos que se suceden uno tras otro, cada vez con mayor impacto a nivel internacional.

Mientras la Arquidiócesis de México revela su convencimiento a partir del informe del Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes (GIEI) sobre el caso Ayotzinapa, de que el sistema de procuración de justicia en el país es “viciado y corrupto; está descompuesto. Lleva a la convicción de que en México no existe una verdadera impartición de justicia”, según nota de La Jornada, nuestros políticos güizacheros y algunos guías espirituales se empeñan en seguir cuidando la imagen deteriorada de la institución presidencial, pretendiendo ignorar la gravedad de los hechos y desconociendo algunos calificativos como el de hipócritas, externado por el padre Solalinde a la clase política a propósito de la estrepitosa caída de la “verdad histórica” sobre la tragedia de Iguala y la intención anunciada de dar cabida a miles de emigrantes árabes en nuestro país, respectivamente.

Sin embargo, los defensores a ultranza del viejo “sistema” del presidencialismo autoritario, que se niegan a mudar, sin mayores argumentos no se cansan de pregonar una serie de expectativas que nos esperan durante el último trienio del mandato peñista. Más aún, no obstante el recorte presupuestario anunciado y materializado en el proyecto de Ley de Ingresos enviado a la Cámara de Diputados, todavía intentan hacernos creer que los rezagos ancestrales y los enormes pendientes dejados por Fernando Toranzo, serán cubiertos gracias al apoyo de Los Pinos.

No dejan de llamar la atención en este marco las declaraciones del vicario del arzobispado de San Luis Potosí, Gerardo Vaglienty, al considerar que no es hipócrita la intención anunciada por funcionarios federales de dar asilo a miles de migrantes sirios, en contradicción con el padre Alejandro Solalinde, quien en la víspera en rueda de prensa, calificó de hipócrita la mencionada actitud de los gobernantes que se quieren “parar el cuello” con el tema de abrir las fronteras a los ciudadanos sirios, cuando una y otra vez han demostrado que no tienen una actitud congruente “para nuestros más cercanos hermanos emigrantes centroamericanos”, a quienes se persigue, encarcela, secuestra, extorsiona y desaparece.

Como en otros temas, la polarización es lo que viene caracterizando las políticas públicas fallidas de Peña Nieto y su grupo, aunque el devaluado gobernante prefiera mantener oídos sordos y ojos cerrados ante la realidad. El hábito político de falsear tiene sus costos.